
Se estrenó El Puntero, ficción seria de Pol-Ka para este 2011, año electoral, sobre un militante barrial del Conurbano, interpretado por el enorme Julio Chávez. Y generó mucho ruido en las redes sociales, se vio bastante, fue lo más conversado de la tarde noche de ayer en twitter, día del superclásico y el comienzo del fin de la era Palermo en Boca, que no representaba un tema menor de charla, por cierto.
Y las repercusiones fueron variadas. Gustó mucho en una audiencia amplia y generó bronca en la twittósfera nac&pop. Malestar entre los militantes, entre los que miran con buenos a ojos la militancia y entre los exégetas de cinchar por la política en esa líquida discusión política vs. antipolítica.
Entre las cosas a favor destacan las actuaciones, cosas del guión y un supuesto halo de realidad que lograron plasmar que se parece “tanto a la realidad”, según dicen, lo que se ve en los noticieros. Determinada clase media que dice que la realidad es lo que los noticieros dicen que es la realidad. Ir a confirmar lo que se piensa, nadie debería ser condenado a prisión por comodidad intelectual. En líneas generales la serie entregó lo que se esperaba de ella.
Hablaba con un amigo el día sábado de El Puntero, nos esperanzaba la complejidad de los actores escogidos (De la Serna, Luque, el mismo Chávez) y que el sólo hecho de hablar de un tipo de personaje tan malhadado como un puntero sólo sería beneficioso, porque abundaría en una profundidad, una humanización del demonio del ser político de base.
Por su parte los libros son de Mario Segade, un tipo que viene de hacer Lo que el tiempo nos dejó y que tiene en su haber Resistiré, es un hiato a la confianza.
El tema de los estereotipos fue subrayado a su vez, que los personajes hacen lo que se espera que hagan y dicen lo que se espera que digan, y está bien la crítica desde una esperanza de arte, pero El Puntero busca ser un programa popular, visto, no un segmento de prestigio, por lo que un poco de “estereotipamiento” no sólo es lógico sino necesario, al menos, al principio.
Y un puntero no es un militante romántico, no es el Padre Mujica. Es un tipo con ambición, rosquero, pillo, muchas veces sórdido. No se puede edificar la autoridad en una villa sin una dosis de violencia, verbal, y también física. Criticar eso en términos de la política en tanto cosa prístina es no entender el funcionamiento de una autoridad barrial. A pesar de estar difusos los límites zonales, no sabemos quién podría ser el intendente Hugo Iñiguez ni cuál sería ese municipio raro, por momentos demasiado Villa Urquiza. El Gitano (Chávez) habla con su ex por webcam (?) y rosquea por Blackberry (contra la lógica organizativa total del Nextel), un gesto pop que lo pinta como un valiente al Gitano.
Sus salieris son Luis Luque (Levante) y Rodrigo de la Serna (Lombardo), dos estereotipos, a su vez, el abnegado militante bienintencionado, y el pibito ambicioso malhablado y violento, que representan también dos estilos de conducción y de lealtad. Esas dinámicas se desarrollarán más adelante, en los avances del próximo capítulo, pero El Gitano como buen dirigente mantiene ambas subconducciones porque le proporcionan distintas cosas a su estructura. La ausencia, su privación temporaria de la libertad, posicionará los diferentes estilos de conducción de sus subalternos. Luque es el héroe del militante sensible (portaba un Nesternauta en la dorsal, es abnegado y compañero) mientras que De la Serna es un héroe del whisky, más.
Volvamos al comienzo, está bueno que se hable masivamente de política, y Chávez es el protagonista, el puntero, y el protagonista de una serie popular es siempre querido por su audiencia, el lado luminoso del puntero invariablemente se verá y humanizará al rosquero barrial. Se debatirá el tema. Excederá la miniserie. Los dirigentes barriales asistirán a programas de televisión, carne y hueso, a contar verdades, sus experiencias.







