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23.9.11

kirchnerismo para armar



Algo de esto ya está en el prólogo del libro, así que limitémonos al sincretismo de twitter, a los 140 caracteres, que algo nos ha enseñado esa red social, la cultura del eslogan: tan necesaria en democracias de mercado. Kirchnerismo para armar es un libro que saldrá en octubre, co-compilado entre Ernesto Gallegos (geólogo), Andres Gurbanov (profesor de Historia) y quien esto escribe (que es nada, pero que le gusta hacer cosas). La suma de la fuerza dio origen, delineó, escaseó, propuso, retaceó, un libro que me gusta sintetizar con adjetivos polisémicos, en menos de 140 caracteres: epocal, coral, generacional.

La síntesis de esta experiencia se explica en la frase que elegimos (que no sé cómo se denomina) para anteceder al prólogo. “El que no patea no erra”, Sebastián Battaglia, en Yokohama, 2003. Después que Seba errara ese penal. El libro, a mi entender necesario, excluye más que lo que incluye, sí, pero hicimos un puto libro, un puto libro que no había. Y nadie lo había hecho. Así que tampoco nos vamos a clavar cuchillos que no afilamos.

Desde ese triunvirato inicial tratamos de acotar muchas variables: que no sean siempre los mismos, que hablen de diferentes cosas, que se copen, que no cobren, que sean responsables, que tengan el corazón convencido. Probablemente vuelva de todas maneras la autoflagelación, la culpa aprendida en la educación católica (o judía), la desmedida autocrítica, la arena innumerable, Borges.

Fue buscado que no escriban en el libro funcionarios, ministros, secretarios de Estado (con la excepción de Iván Heyn, que es un lujo que nos damos porque es el tipo que mejor entendió la divulgación económica científica desde el kirchnerismo). Así como también fue adrede una serie de separadores de experiencias no textuales literales del kirchnerismo existente: redes sociales, pintura, poesía, esténcil.

A título personal diré que el libro lo leí primero desde la arbitrariedad de la eficiencia de las fechas de entrega, y la segunda de corrido tal el orden que le dimos junto a Andrés y Ernesto en pares almuerzos de fugazzetas con queso en una Continental sobre Belgrano. Con el objeto físico, un largo mes después, ordenado y tenaz, diré que es un librazo.

Kirchnersimo para armar es un librazo por cosas antedichas, porque no existía (es urgente), porque es epocal, porque es generacional y porque es coral. Y como yo no escribí ahí adentro, me doy el privilegio de no escudarme en la modestia (que a veces es falsa y la más imprescindible) para subrayar que es un libro interesantísimo de leer.

Una experiencia colectiva peronista, no te trae el entendimiento desde afuera del proceso político, sino desde adentro del movimiento. Es un libro para los que incluso quieran entender el 51/12.

Es un libro de los protagonistas afectivos (e intelectuales) de estos 8 años.

Ampliaremos.



6.9.11

Las Aventuras de Perón en la Tierra

Todos amigos, los textos de Samurai Jack y El Escritor Portátil, y el enorme dibujo de Demián Aiello. Uno más talentoso que el otro. Hiperrecomendado.

De paso, les recuerdo que pueden ir a ver la muestra de Demián hasta el 30.

24.6.11

visiones irreverentes de un libro complicado

Que los procesos políticos están integrados por personas y que no todas las personas son una unidad, es de sentido común. Incluso dentro del menemismo hubo funcionarios más valiosos que otros, de acuerdo al rol que desempeñaron y a la eficacia lograda en sus quehaceres circunstanciales.

En noviembre de 2007, el Escriba, convocó a los comentaristas de su blog a elegir el Mejor Ministro de la Democracia (léase, desde 1983 a ese lejano día quince del mes once). Los resultados -aún provisorios- a esa encuesta arrojaron (los resultados siempre arrojan) que Ginés González García fue el Mejor Ministro Argentino (quizás ayudado por el recuerdo entonces vívido de la mala gestión de Graciela Ocaña), seguido por Roberto Lavagna (Economía del tándem Duhalde-Kirchner) y por el canciller total Dante Caputto (yo voté a Jorge Taiana, y lo volvería a votar, pese a que nadie le importó en aquel momento ni les debería importar ahora). Sorprendió sí, el cuarto puesto: con meritorios 8 votos en esa acotada encuesta, Carlos Corach, efectivo único vocero del menemismo tardío, se metió en el fab four de los elegidos por la comunidad política web.

Este mes Sudamericana editó 18.885 días de política, visiones irreverentes de un país complicado, una tácita autobiografía de quien será recordado como el mejor defensor del proceso político más incómodo de analizar de la democracia reciente. Su prosa cuidada, su inteligencia especial y su mirada propia de los procesos, ayudan a repensar ese malestar en la cultura política popular que fue el menemismo. No interesa aclarar ahora que “resistimo’ en los noventa (…)”, porque, Natural, diría el General Perón, cualquier chico sensible estuvo en contra de ese proyecto político-económico que determinó un sobreendeudamiento de la Nación a los fines de crear una burbuja de calidad de vida irreal para un país subdesarrollado (Argentina) a costa de condenar a miles de ciudadanos a la pobreza o a la desesperanza, que no es lo mismo, pero es igual. Interesa, ya pasados esos años, revisar sobre qué verdades relativas se cimentó ese proceso, a todas luces masivo, que eclosionó, como la guerra continúa a la política, por otros medios, con la Alianza fallida.

Carlos Vladimiro, que niega la verdad citada al infinito de que su nombre homenajea la dupla Marx/Lenin, acierta en su análisis de la historia argentina reciente, su repaso de nuestro Siglo XX (acierta es un verbo falaz, quiero decir que hace una lectura similar a la que haría yo, para ser honesto). Y en lo que no simpatizamos, obtiene argumentos razonables, para rever posiciones, para pensar, convenciéndome, incluso. Repasa su experiencia militante primero en la UCR, en la UCRI, junto a Frondizi, después en las experiencias moderadas del peronismo, hasta la configuración de la renovación peronista que determinó el liderazgo del Menem gobernador caudillo pasado una vez elegido presidente por el tamiz estético del Consenso de Washington. En el medio analiza todo lo relevante a la política nacional: sindicatos, radicalismo pata pseudodemocrática legitimante de la proscripción justicialista, juventud peronista hija de clases medias gorilas, rol de la orgánica del PJ durante la dictadura, error de miras de esa misma orgánica ya en el 83. Y la defensa del menemismo.

Las peores consideraciones, a veces contemplativas, desde su caballerosidad ominosa, a veces lisas y llanas y temerarias lapidaciones, se las llevan: Illia, la clase media argentina, Chacho Álvarez y los medios de comunicación (preferentemente, los de izquierda). Las mejores, Frondizi, Alfonsín y Menem, y todo lo que sea política en tanto organización que vence al tiempo, la posibilidad del estadista. Resulta curioso como ningunea al Kirchnerismo (ya lo veremos). Su crítica a los medios, discusión que permitió el cristinismo, por otro lado, contiene iguales dosis de elegancia y demolición (en su caso, el adversario es su reverso, Página/12 y la progresía comunicacional, el honestismo). Levantando, claro que sí, la bandera de conferencista de prensa matinal, su marca registrada, pero sin dejar de señalar la incomprensión en general de los medios sobre el proceso menemista.

Hay hacia al final una serie de capítulos que dan en el blanco: discusiones a largo plazo no contempladas desde siempre por la dirigencia argentina, ni exigidas por la prensa, ni por la sociedad, y por supuesto, no desarrolladas tampoco en la década del noventa. El dilema del federalismo posible frente al federalismo utópico; el carácter argentino en tanto ser no patriótico desde su mismo nacimiento en 1810; la necesidad de una nueva universidad pública con una planificación desde el Estado, para encaminar los profesionales necesarios para el desarrollo del país; la reconfiguración de los gobiernos provinciales para el achicamiento del gasto público y el clientelismo, tema complejo si los hay; o la necesidad de una lectura de los procesos históricos lejanos, medidos sí por sus legados y no por sus errores; por citar sólo algunos ejemplos de tópicos posibles a debatir como sociedad que nos debemos.

Interesante es la lectura que hace sobre la supuesta inseguridad en la Argentina: su análisis es exactamente igual al del Gobierno de Cristina Fernández, probablemente porque sufrió los mismos embates sobreinformativos, especialmente la aliteración de la agenda policial de los medios audiovisuales. Su relato sólo se separa en la crítica a la expresión “sensación de inseguridad” debido a su reiterado uso, que tendría peso pedagógico aún, si no. Curioso contrasentido, la crítica a la “sensación” es pariente del tratamiento hacia la “inseguridad”: la reiteración del uso de la expresión se corresponde con una lógica de repitencia informativa. Se vuelve sobre un asalto en Balvanera a la vez que se retacea “dicen que es sólo una sen-sa-ción”.

Así como intenta vanamente justificar las peores políticas del proceso que lo tuvo como jefe de Gabinete también acierta en destacar aquellos legados positivos que la “pesada herencia” se encargó de relegar a un segundo plano. Es su rol, y está bien: durante el menemismo, es cierto, terminó de desaparecer el Partido Militar, se aprobó una buena Constitución Nacional, se anuló el servicio militar obligatorio, se estabilizó una economía hiperinflacionaria. No es sólida (en lo único del libro que no hace pie, justo es decirlo) su defensa: a los indultos (como jugada de ajedrez para debilitar las Fuerzas Armadas y porque en ningún país del mundo se revisa el pasado hasta el enjuiciamiento), a lo realizado frente a los atentados a la Embajada de Israel y a la AMIA (primero porque no hubo conclusiones para esgrimir y segundo porque el mismo aduce que fueron resultantes de los buques enviados al Golfo Pérsico, es decir, fueron ataques respuesta a la gestión errónea e innecesaria de Carlos Menem en política internacional), a la adhesión acrítica al Consenso de Washington (porque era la corriente hegemónica epocal e ineludible), y de la Corte Suprema (en vano, para qué intentarlo; Julio Nazareno, impresentable por donde se lo mire, sólo es nombrado como “un eficiente presidente de la Corte”). De todas maneras, son ejercicios de lógica que a más de una década se pueden leer con menos pasión y por tanto con una mirada más contemplativa.

Su casi nula apreciación del proceso kirchnerista se anota en el debe. Sus pocas menciones se deben a aproximaciones corporales anteriores al 2003 (llegó, se acercó, lo vi) y como críticas elípticas una vez Néstor Kirchner asumiera la presidencia. Un determinado autoritarismo, la incomprensión de los vientos económicos, un mal uso de los organismos de Derechos Humanos, la incapacidad para delegar poder y escuchar a la oposición. Todo esto sin contar los lugares comunes, lo bien que hicieron Chile, Uruguay, Brasil, rayano al eslogan, inexcusable para un político de su capacidad y experiencia. Sólo resalta como positivo el liderazgo Kirchner como articulador de la vuelta al partido del orden. La reflexión de estos años permanece en las vísperas de un ilusorio segundo tomo, el de sus “4.000 y pico de días de No Política”.

Hacia al final, reflexiona Corach, como si la historia su hubiera detenido en su último día como senador: “Nos enfrentamos al hecho de que los únicos jóvenes que participan activa y vocacionalmente de la política son los piqueteros, que cortan calles y puentes, encapuchados y armados con palos”. Una sentencia absolutamente falaz a la luz de la numerosa militancia que el kirchnerismo supo aglutinar, inédita en mucho tiempo en este país, de la que oportunamente el menemismo careció (habrá que preguntarse por qué) y que es sin dudas es uno de las enseñanzas más importantes que el actual proceso político legará el día de su salida: la inexorable necesidad de la participación política para cambiar la realidad.

Jorge Asís termina su crítica al libro de Carlos Corach con palabras a las que suscribo por los motivos opuestos: “Como se trata de un excelente conferencista –actividad cotidiana, en su vereda- Corach aquí clarifica brillantemente sobre los temas que prefiere tratar, mientras cubre, con el positivismo del silencio, los que prefiere omitir”.

30.3.11

País Narco (anticipo)



Capítulo 1 de País Narco, nuevo libro de Mauro Federico, el último periodista de investigación.

Sinopsis: Mitos y verdades de la narcodemocracia argentina: La verdadera historia de los vínculos de Eduardo Duhalde con el narcotráfico. Las denuncias por ocultamiento de una causa judicial que comprometían a su entorno. La complicidad de un ex juez federal que actualmente en miembro de la Suprema Corte de Justicia bonaerense. Las escuchas teléfonicas jamás divulgadas donde aparece mencionado el ex presidente y ex gobernador con el mundo narco.


10.3.11

el techo del cielo

A través de un diálogo entre el cuerpo y el alma el autor contrapone los impulsos juveniles y la inexperiencia a la sabiduría. Esta particular confrontación le permite reflexionar acerca del ser, el cómo ser, la diferencia entre la esencia y la identidad, la relación con el tiempo, la elección entre el vértigo y la vorágine, y las cuestiones metafísicas fundamentales, el arte, la ciencia, la política y el amor.

Por esos desfiladeros se deslizan: los sueños, la imaginación y la fantasía, la razón y los impulsos, el encanto y el desencanto, las utopías, los deseos y las culpas, el apego y el aburrimiento, la amistad y el amor, la felicidad y el dolce far niente, a través de una escritura que recurre a imágenes y lenguaje poético.


En este libro se nos abre sin ningún pudor, partiendo de su propia esencia: la poesía, poniendo en palabras lo que su accionar viene expresando desde siempre, su convicción de que el cielo no tiene techo.


Visto en el escritor portátil.

21.10.10

Blackie en busca de una filosofía para la tele



Terminando de leer la biografía de Hinde Pomeraniec sobre Blackie (Paloma Efron), la dama que hacía hablar al país, mujer adelantada a su época, destacada en mil disciplinas. Probablemente escriba algo en estos días a manera de reseña pero antes me gustaría compartir un texto sobre la TV que firmó la destacadísima periodista y productora, publicado en la revista Todo es Historia, de Félix Luna.


La tv en busca de una filosofía

La televisión lanzó sus primeras imágenes allá por 1951. Desde entonces y hasta el día de hoy, el más joven de los medios de difusión ha batallado para conseguir su lugar bajo el sol. Su historia está llena de vaivenes que van desde su origen de orden casi político, a la solitaria actuación del canal 7, de carácter estatal pero siempre teniendo una orientación semicultural y semicomercial; y abarca el período de la franca competencia con los canales 9, 11, 13, 2 que salieron al aire con una programación totalmente empresaria y comercial.

Así planteadas las cosas es necesario definir las áreas a las cuales está sujeta nuestra televisión. En Europa el estilo es absolutamente distinto ya que el Estado controla las emisiones a través de diversos sistemas, y propugna una televisión con poco o nada de publicidad comercial, usando para atender los gastos de producción, manutención de los estudios y todo lo que hace a una planta televisiva, el dinero que ingresa en concepto que se cobra a cada usuario. De hecho, entonces, el método y la línea son absolutamente diferentes a los que rigen a la televisión norteamericana que es la que ejerce su área de influencia sobre la TV latinoamericana. En este caso las programaciones son realizadas con un definido y lógico criterio de beneficios comerciales, ya que el único ingreso que tienen los canales es la publicidad. A través de una filosofía de esta índole, los canales argentinos se manejan con un fuerte sentido competitivo, en el cual influye notablemente la práctica de la medición de audiencia (rating) que se hace telefónicamente. Esto hace suponer que, de acuerdo a esas llamadas, se puede establecer un puntaje más o menos adecuado para los programas que se emiten.

Este método ha contribuido a crear verdaderas psicosis entre los distintos canales de nuestro país.

Nadie que tenga una cuota mínima de sinceridad frente al medio puede proponer una programación de mejores valores culturales y dar por descontado que el éxito es seguro; pero con la misma sinceridad hay que reconocer que es prácticamente imposible saber el veredicto del público sin hacerle conocer una programación de mejores valores culturales. Es un círculo vicioso que no termina de resolverse; porque con una nota de cultura hecha de tanto en tanto y en horarios generalmente fuera del encendido, no se crea de ninguna manera el hecho más fundamental en el desarrollo de la televisión, que es el hábito.

La televisión es, antes que nada, periodismo e información, después entretenimiento y luego todo lo que constituya una programación. Si la noticia está hecha por gente idónea y especializada; si el entretenimiento está ofrecido por programas de orden teleteatral que consulten un temario veraz pero que contribuyan a la doble función de la unión de la comunidad; si el ingenio se produce a través de programas de factura cómica de buen vuelo y sin recurrir a la chabacanería; si la información científica es transmitida con material ameno y de alcance masivo; si se tiene en cuenta la audiencia infantil que constituye un tremendo aporte a la audiencia general, así como también los adolescentes, ahí se tiene la posibilidad de realizar un ensayo previo con miras e elevar el nivel.

Reparemos en algo fundamental: cuando decimos cultura nos referimos a todos los ingredientes que componen este hecho; pero presentados de una hábil manera. Porque no se trata sólo de presentar a Wagner o Chopin, sino que hay que habituar (y aquí volvemos al concepto inicial) a la audiencia a la música popular -pero la mejor- con excelente imagen y mejor sonido. El buen gusto va siendo elaborado juntamente con la audiencia, y en un tiempo que incluso se puede predecir, el público estará acostumbrado y preparado para espectáculos de mayor nivel. Si Rudolf Nureyev concitó uno de los más altos ratings de la historia de la TV argentina, a no equivocarse; ese hecho no es un índice. Nureyev, además de su talento, viene acompañado de una leyenda ampliamente publicitada que lo convierte en una estrella de show. Narciso Ibáñez Menta constituyó un verdadero suceso con su célebre ciclo “El fantasma de la Opera” durante muchas emisiones: este es un sutil ejemplo de cómo se aunaron la difusión de la célebre novela con una realización creada especialmente para televisión.

Si a la audiencia se la inunda con material de menor calidad, series cada vez más violentas y plagadas de crimen y sadismo; con teleteatros retorcidos y sin esperanza; si los niños y los adolescentes son receptáculo de agresión, violencia y sexo indiscriminados es difícil que mantenga poder de selección, puesto que la han habituado a esto y a nada más que esto.

La televisión es el medio de difusión más penetrante que posee la humanidad. Pero los valores se han invertido y la televisión es la que posee a la humanidad. Su sutil y abrumadora penetración debería ser profundamente analizada; sus rumbos debieran ser estudiados por psicólogos y sociólogos, de tal forma que su uso constituya un verdadero vehículo de honesta información, de correcto entretenimiento, de grandes pautas de buen gusto que es una de las bases de la cultura; debe, en suma ser un medio por el cual la familia argentina reciba en sus hogares la verdad, la belleza estética, el buen lenguaje.

También es muy cierto que la televisión corresponde al medio que la circunda y es bastante dificultoso escapar a su influencia; pero quizás debiera funcionar por antítesis. Ofreciendo un panorama que no sea un escapismo a la fuerte y atemorizadora imagen que da nuestro mundo de hoy, pero sí una revalorización de las grandes fuerzas del espíritu.

Los diarios los leen algunos; las revistas las leen quienes pueden comprarlas; la televisión que ha llegado a todos los estratos sociales, es abordada por todos sin discriminación. Su legendario enemigo (no tan legendario ni tan enemigo) el cine, tiene para su diferencia el hecho que hay que salir de casa para verlo y tiene sus reglas, lo mismo que el teatro. Le cabe a esta joven rama del entretenimiento la tarea más difícil puesto que es un elemento más dentro del hogar; que no tiene reglas definidas, y si las hay, tampoco se cumplen. Existe en nuestro país una ley de Radiodifusión que es una de las más severas del mundo y hay en ella un articulado sumamente interesante para aplicar. La promoción que la TV hace de sus programas se transmite durante todo el día, de manera que el niño, aunque no vea los programas que están fuera del área del menor, de todos modos recibe su cuota de agresión. Como se verá, cada uno y todos los puntos a tocar exigen un estudio profundo y a conciencia basado siempre en la filosofía que la televisión es un servicio para la comunidad, con todo lo que ello implica de responsabilidad y serios acercamientos.

En los últimos diez años la televisión, que practicaba una competencia fuertísima y cuyo regidor era el rating, ha sufrido cambios en su conducción, pero aún no se advierten cambios en su filosofía. Y lo más importante en un medio como el que nos ocupa es eso: la filosofía a seguir. Y una filosofía se basa en hechos resultantes; en investigaciones y conclusiones; en estilos de vida y su reflejo en los medios, y en un cuidadoso uso de la difusión cuyo estado ideal sería la responsabilidad combinada con especialización, conocimiento y severidad. Si se dice que una audición de televisión norteamericana ha contribuido a la asunción a la presidencia de los Estados Unidos de Kennedy y Carter ésa es una de las fases del fenómeno. Pero lo ideal sería que la televisión formara conciencia de una comunidad para elegir un presidente.

Insistimos en el aspecto de la filosofía. Se sabe, y bien claramente, que cada canal, como las radios, puede definir un estilo; pero el concepto global incluye un compendio de distintas disciplinas de las que no pueden ni deben evadirse los conceptos de serios estudios dedicados de lleno a satisfacer los deseos de un pueblo; y al mismo tiempo combinar para que este medio se aplique a un concepto de formación y educación de ese mismo pueblo. En algunos países la televisión educativa es un hecho; y si bien no se trata de convertir nuestra televisión en una escuela en el estricto sentido de la palabra, sí se puede convertir a una cámara en un vehículo de noble cuño que contribuya al mejoramiento de una nación.

En el último y gran conflicto que se produjo en Washington con la toma de edificios y rehenes, un juez dictaminó que la tremenda publicidad dada al hecho fomentaba los secuestros y los ataques a personas e instituciones. Pero la televisión no puede dejar de estar presente con la radio, los periódicos y las revistas en la cobertura de noticias. La diferencia reside en la forma que se da a ese tipo de noticia.

En suma, en los últimos años este joven monstruo moderno ha demostrado su fuerza. El resto les compete a quienes lo manejan y trabajan en él. Hábito, respeto a la audiencia, conocimiento, veracidad y manejo idóneo de la profesión son los elementos con los cuales se conseguirá que la audiencia sea la dueña de la televisión para usarla para su mejoramiento.

Blackie
Revista “Todo es Historia”
Nº 120 - Mayo de 1977
Especial 10º aniversario

7.9.10

la involución de la insensatez

Estaba leyendo esta nota de Alejandro Rozitchner sobre la vida y las cosas (?) y me acordé de este libro:




Veamos algunos fragmentos:


No es necesario esperar a que el presupuesto nacional de la educación pública llegue a ser el que todos querríamos que fuese, ni es necesario que el gobierno del país se replantee el sentido de la educación. Incluso puede ser que nunca lo haga. Se apruebe o no se apruebe una u otra ley, haga lo que haga el gobierno, hay otro campo de acción y es el lugar concreto en el que estamos. Lo principal no ocurre en los ministerios sino en la clase, en el momento en que nos sentamos a estudiar y no podemos hacerlo, o en el momento en el que nos entendemos o no nos entendemos con los profesores.


Estamos demasiado acostumbrados a pensar en los problemas de forma general, y así todo se vuelve imposible.


Si la educación es un problema

del GOBIERNO y del PAIS,

pareciera que

entonces sólo nos queda

esperar que alguien haga algo.

Pero si en vez de pensar en esos términos tan

GRANDILOCUENTES Y GENERALES

pensamos en

las clases a las que asistimos,

en la posibilidad de aprender algunas cosas útiles

y en nuestro colegio de todos los días,

entonces aparecen, como veremos

ALGUNAS ALTERNATIVAS

REALES E INTERESANTES.


(…)


Y lo que hace que algo pueda cambiar no es

putear y putear

todo el día

sino

ABORDAR SITUACIONES CONCRETAS

Y TRATAR DE CAMBIARLAS.


Nuestras posibilidades creativas son inmensas. El colegio no las reconoce. Tampoco las conoce. Tal vez ni siquiera las conocemos nosotros, porque en vez de desplegarlas nos hemos contagiado el vicio adulto de la crítica, ese vicio que parece inteligencia pero es profunda estupidez.


En cuanto sintonicemos con esas enormes posibilidades creativas, vamos a ver mil maneras de conseguir lo que queremos.


Esa es una de las cosas buenas de ser joven, tener la posibilidad de inventar. Porque para nosotros el mundo no está quieto y ya hecho, sino que es un cambio constante que permite crear cosas nuevas. Todo esto va a poder conseguirse


si dejamos de ser escépticos

y aprendemos a ser estrategas.


Mario Pergolini y Alejandro Rozitchner se reunieron para analizar y proponer un tipo de escuela nueva, donde la educación esté al servicio de los estudiantes y los alumnos no estén sometidos a los caprichos de resentidos profesores amparados por un sistema obsoleto. Saquen una hoja es una apelación al humor, a la creatividad y a las ganas de cambiar la educación y el aprendizaje, y de infundirles un espíritu joven.


Otro libro de la dupla Pergolini-Rozitchner fue Cómo educar a los padres, sería bueno que sus hijos se sienten a leerlo con ellos.

Un tweet: Cuando tenía 13 años también tomé el colegio. El Bartolomé Mitre. Era militante trostkista. No entendía nada de nada. Era chico.

31.5.10

el otro víctor hugo

Mientras leía Borracho estaba, pero me acuerdo de Víctor Hugo Viscarra, terminado de imprimir en 2002, me autoconvencí de dos verdades, que acabo de confirmar. Estaba muerto y era un escritor de culto.


Hablábamos sobre cualquier cosa con Mariano el día que volvió de su periplo latinoamericano hace unos meses: no recuerdo por qué me lo prestó, al libro, señalado casi por el final por un pasaje La Paz/Oruro de la línea sindical transporte pullman Nobleza, sus páginas de papel barato ya aureoladas de mate.


Venía a cuento, me parece, que muchas veces se viaja mejor leyendo que haciendo turismo.


Este libro casi cronológico de textos cortos así lo confirmaría. Para conocer el 10 por ciento de la vida cotidiana de los bolivianos de a pie que se vivencia en la lectura de Estaba borracho… habría que pasarse al menos 6 meses de bohemia en el submundo paceño.


Viscarra vivió en La Paz y se pasó gran parte de su vida en la calle, suponemos que además escribiendo, dejando este legado, que se me antoja imprescindible.


Porque poco sabemos de la vida de los pueblos latinoamericanos en sus urbes contadas en primera persona. Las únicas lecturas de países latinoamericanos que se editan extramuros de cada país son las de las elites formadas y virtuosas, que no dudan en subrayar la mirada que desde el mundo se busca de sus países, cuyo mayor acierto fue la invención del género realismo mágico, con tan buenos exponentes, por cada país sudamericano. La realización de un mundo imposible que sólo puede darse en tierras que debieran ser mágicas, como cuentos para niños pero para grandes, dado en “el salvajismo” de sus habitantes, pero más que nada precisamente en la ignorancia del mundo sobre esos mismos pueblos.


Viscarra con el lenguaje seco de los hechos hilvana un mundo real, nada mágico, alejado de las hermosas fantasías de la pobreza: la gente se muere de frío, de a miles, cada noche. Ahí está la horizontalidad asesina del machismo, la violación como suceso cotidiano, la changa como excusa diaria para conseguirse el trago de la noche, la pederastia y el maltrato familiar.


Y después del trago, problema y solución de todos los pesares, a repechar las calles con cualquier excusa hasta que se ponga el sol para no quedarse dormidos presos del pedo en cualquier esquina del frío de La Paz.


En sus infinitos periplos nocturnos, Viscarra conoció a cada persona, cada rebusque, cada bar, basural, neuropsiquiátrico, cárcel, comisaría, cabaret y feria de la capital boliviana. Y recuerda cada cosa, a pesar de estar borracho, con memoria de prodigio: cada nombre y cada anécdota que se leen individualmente configuran un mapa acertado de lo que es (o o debe ser –o fue-) la vida metropolitana en los confines de La Paz.


Con simpática sordidez Viscarra narra los pesares más inquietantes desde una mirada, si se me permite, amena; desde la sabiduría de quien sabe que el mundo es este y no el ideal y que hay que vivir lo más alegre posible el tiempo que nos toque. Y claro, dan ganas de ir a echarse unos traguitos en su ronda mortal de bares.


Todos los textos de Víctor Hugo Viscarra: blog.