24.6.11

visiones irreverentes de un libro complicado

Que los procesos políticos están integrados por personas y que no todas las personas son una unidad, es de sentido común. Incluso dentro del menemismo hubo funcionarios más valiosos que otros, de acuerdo al rol que desempeñaron y a la eficacia lograda en sus quehaceres circunstanciales.

En noviembre de 2007, el Escriba, convocó a los comentaristas de su blog a elegir el Mejor Ministro de la Democracia (léase, desde 1983 a ese lejano día quince del mes once). Los resultados -aún provisorios- a esa encuesta arrojaron (los resultados siempre arrojan) que Ginés González García fue el Mejor Ministro Argentino (quizás ayudado por el recuerdo entonces vívido de la mala gestión de Graciela Ocaña), seguido por Roberto Lavagna (Economía del tándem Duhalde-Kirchner) y por el canciller total Dante Caputto (yo voté a Jorge Taiana, y lo volvería a votar, pese a que nadie le importó en aquel momento ni les debería importar ahora). Sorprendió sí, el cuarto puesto: con meritorios 8 votos en esa acotada encuesta, Carlos Corach, efectivo único vocero del menemismo tardío, se metió en el fab four de los elegidos por la comunidad política web.

Este mes Sudamericana editó 18.885 días de política, visiones irreverentes de un país complicado, una tácita autobiografía de quien será recordado como el mejor defensor del proceso político más incómodo de analizar de la democracia reciente. Su prosa cuidada, su inteligencia especial y su mirada propia de los procesos, ayudan a repensar ese malestar en la cultura política popular que fue el menemismo. No interesa aclarar ahora que “resistimo’ en los noventa (…)”, porque, Natural, diría el General Perón, cualquier chico sensible estuvo en contra de ese proyecto político-económico que determinó un sobreendeudamiento de la Nación a los fines de crear una burbuja de calidad de vida irreal para un país subdesarrollado (Argentina) a costa de condenar a miles de ciudadanos a la pobreza o a la desesperanza, que no es lo mismo, pero es igual. Interesa, ya pasados esos años, revisar sobre qué verdades relativas se cimentó ese proceso, a todas luces masivo, que eclosionó, como la guerra continúa a la política, por otros medios, con la Alianza fallida.

Carlos Vladimiro, que niega la verdad citada al infinito de que su nombre homenajea la dupla Marx/Lenin, acierta en su análisis de la historia argentina reciente, su repaso de nuestro Siglo XX (acierta es un verbo falaz, quiero decir que hace una lectura similar a la que haría yo, para ser honesto). Y en lo que no simpatizamos, obtiene argumentos razonables, para rever posiciones, para pensar, convenciéndome, incluso. Repasa su experiencia militante primero en la UCR, en la UCRI, junto a Frondizi, después en las experiencias moderadas del peronismo, hasta la configuración de la renovación peronista que determinó el liderazgo del Menem gobernador caudillo pasado una vez elegido presidente por el tamiz estético del Consenso de Washington. En el medio analiza todo lo relevante a la política nacional: sindicatos, radicalismo pata pseudodemocrática legitimante de la proscripción justicialista, juventud peronista hija de clases medias gorilas, rol de la orgánica del PJ durante la dictadura, error de miras de esa misma orgánica ya en el 83. Y la defensa del menemismo.

Las peores consideraciones, a veces contemplativas, desde su caballerosidad ominosa, a veces lisas y llanas y temerarias lapidaciones, se las llevan: Illia, la clase media argentina, Chacho Álvarez y los medios de comunicación (preferentemente, los de izquierda). Las mejores, Frondizi, Alfonsín y Menem, y todo lo que sea política en tanto organización que vence al tiempo, la posibilidad del estadista. Resulta curioso como ningunea al Kirchnerismo (ya lo veremos). Su crítica a los medios, discusión que permitió el cristinismo, por otro lado, contiene iguales dosis de elegancia y demolición (en su caso, el adversario es su reverso, Página/12 y la progresía comunicacional, el honestismo). Levantando, claro que sí, la bandera de conferencista de prensa matinal, su marca registrada, pero sin dejar de señalar la incomprensión en general de los medios sobre el proceso menemista.

Hay hacia al final una serie de capítulos que dan en el blanco: discusiones a largo plazo no contempladas desde siempre por la dirigencia argentina, ni exigidas por la prensa, ni por la sociedad, y por supuesto, no desarrolladas tampoco en la década del noventa. El dilema del federalismo posible frente al federalismo utópico; el carácter argentino en tanto ser no patriótico desde su mismo nacimiento en 1810; la necesidad de una nueva universidad pública con una planificación desde el Estado, para encaminar los profesionales necesarios para el desarrollo del país; la reconfiguración de los gobiernos provinciales para el achicamiento del gasto público y el clientelismo, tema complejo si los hay; o la necesidad de una lectura de los procesos históricos lejanos, medidos sí por sus legados y no por sus errores; por citar sólo algunos ejemplos de tópicos posibles a debatir como sociedad que nos debemos.

Interesante es la lectura que hace sobre la supuesta inseguridad en la Argentina: su análisis es exactamente igual al del Gobierno de Cristina Fernández, probablemente porque sufrió los mismos embates sobreinformativos, especialmente la aliteración de la agenda policial de los medios audiovisuales. Su relato sólo se separa en la crítica a la expresión “sensación de inseguridad” debido a su reiterado uso, que tendría peso pedagógico aún, si no. Curioso contrasentido, la crítica a la “sensación” es pariente del tratamiento hacia la “inseguridad”: la reiteración del uso de la expresión se corresponde con una lógica de repitencia informativa. Se vuelve sobre un asalto en Balvanera a la vez que se retacea “dicen que es sólo una sen-sa-ción”.

Así como intenta vanamente justificar las peores políticas del proceso que lo tuvo como jefe de Gabinete también acierta en destacar aquellos legados positivos que la “pesada herencia” se encargó de relegar a un segundo plano. Es su rol, y está bien: durante el menemismo, es cierto, terminó de desaparecer el Partido Militar, se aprobó una buena Constitución Nacional, se anuló el servicio militar obligatorio, se estabilizó una economía hiperinflacionaria. No es sólida (en lo único del libro que no hace pie, justo es decirlo) su defensa: a los indultos (como jugada de ajedrez para debilitar las Fuerzas Armadas y porque en ningún país del mundo se revisa el pasado hasta el enjuiciamiento), a lo realizado frente a los atentados a la Embajada de Israel y a la AMIA (primero porque no hubo conclusiones para esgrimir y segundo porque el mismo aduce que fueron resultantes de los buques enviados al Golfo Pérsico, es decir, fueron ataques respuesta a la gestión errónea e innecesaria de Carlos Menem en política internacional), a la adhesión acrítica al Consenso de Washington (porque era la corriente hegemónica epocal e ineludible), y de la Corte Suprema (en vano, para qué intentarlo; Julio Nazareno, impresentable por donde se lo mire, sólo es nombrado como “un eficiente presidente de la Corte”). De todas maneras, son ejercicios de lógica que a más de una década se pueden leer con menos pasión y por tanto con una mirada más contemplativa.

Su casi nula apreciación del proceso kirchnerista se anota en el debe. Sus pocas menciones se deben a aproximaciones corporales anteriores al 2003 (llegó, se acercó, lo vi) y como críticas elípticas una vez Néstor Kirchner asumiera la presidencia. Un determinado autoritarismo, la incomprensión de los vientos económicos, un mal uso de los organismos de Derechos Humanos, la incapacidad para delegar poder y escuchar a la oposición. Todo esto sin contar los lugares comunes, lo bien que hicieron Chile, Uruguay, Brasil, rayano al eslogan, inexcusable para un político de su capacidad y experiencia. Sólo resalta como positivo el liderazgo Kirchner como articulador de la vuelta al partido del orden. La reflexión de estos años permanece en las vísperas de un ilusorio segundo tomo, el de sus “4.000 y pico de días de No Política”.

Hacia al final, reflexiona Corach, como si la historia su hubiera detenido en su último día como senador: “Nos enfrentamos al hecho de que los únicos jóvenes que participan activa y vocacionalmente de la política son los piqueteros, que cortan calles y puentes, encapuchados y armados con palos”. Una sentencia absolutamente falaz a la luz de la numerosa militancia que el kirchnerismo supo aglutinar, inédita en mucho tiempo en este país, de la que oportunamente el menemismo careció (habrá que preguntarse por qué) y que es sin dudas es uno de las enseñanzas más importantes que el actual proceso político legará el día de su salida: la inexorable necesidad de la participación política para cambiar la realidad.

Jorge Asís termina su crítica al libro de Carlos Corach con palabras a las que suscribo por los motivos opuestos: “Como se trata de un excelente conferencista –actividad cotidiana, en su vereda- Corach aquí clarifica brillantemente sobre los temas que prefiere tratar, mientras cubre, con el positivismo del silencio, los que prefiere omitir”.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

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bel.martinez dijo...

Que buena info..
una critica muy buena.
Buen aporte.

Saludos!