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26.5.08

No seas tan turra Nancy

01 - Share on Ovi

Héctor es divorciado y sólo puede ver a sus dos hijitas, Laura y Natalia, los sábados desde la mañana hasta las 19 horas. Ese es el régimen de visitas que un juez de familia le otorgó por algunos malos tratos que tuvo con su ex mujer, Nancy. Él perjura nunca haberle levantado una mano. Dice que ella se salió con la suya, que quería una mensualidad alta, que no quería trabajar, que nunca lo hizo, que él favoreció su vagancia dándole todo, y que se la pasa todo el día con el culo en el sillón mirando a la Canosa. Nancy no sé qué dice sobre este tema. Sus hijas están contentas con Héctor. Es un buen padre. Es medio corto, sí, siempre fue medio corto, hasta es un milagro que alguna vez Nancy le haya visto algo interesante, pero es un buen tipo y le da todos los gustos a Laura y a Natalia y hasta que crezcan y lo vean realmente como es lo van a querer incondicionalmente, a pesar que Nancy se dirija a él como “el boludo de su padre”. Está enchapado a la antigua, usa un maletín imposible, negro, incómodo, con ese encastre de la década del setenta que semeja ser un dedo gordo de bronce. Se lo cuelga de un hombro, el derecho. Todas las mañanas se recorta sus bigotes negros. Está orgulloso de sus bigotes aunque no piense casi nunca en sus bigotes. Siempre quiso tener bigotes, cuando encane se los va a teñir. No se le ocurren muchos lugares adónde llevar a sus hijas los sábados; ellas siempre quieren ir a ver Casi Ángeles o Patito, las dos quieren ser de las divinas, odian a las populares, aunque les cae bien Patito, pero quieren que se haga divina y se deje de joder. No dicen joder adelante del padre, pero sí de Nancy. Nancy vive diciéndole a ellas que se dejen de joder, y que Héctor, su papá, “es un pelotudo” o “¿qué le vi al pelotudo de su padre?” Héctor ama a sus hijas; Nancy también. Pero Héctor todavía la quiere a Nancy, quizás porque no la ve todos los días y se le imagina igual a cuando se enamoró. Sigue enamorado. Héctor es contador público, tiene un estudio en Villa Ortúzar, no le gusta la música y es hincha de Huracán. No va a la cancha, mira los partidos en el bar con los muchachos. Todavía no resolvió quién tiene razón, si el campo o los Kirchner, pero quisiera que las discusiones se terminen. Le gusta el café amargo, lee Clarín (en realidad lo dobla y lo pasea bajo su sobaco; sólo otea los títulos deportivos) y sueña con conocer las Cataratas del Iguazú. Si logra ahorrar unos mangos y el juez se lo permite quizás se lleve este verano a Laura y a Natalia a Misiones y hasta les compre alguna chuchuería en la Triple Frontera. No es feliz pero no piensa en eso.

Este perfil lo fui haciendo día a día a partir de la foto que a modo de retrato falso adorna un estante inútil en una casa de venta de muebles en Corrientes casi esquina Gallo.

02 - Share on Ovi

8.4.08

cabezón

- Todavía falta que lleguen algunas personas, ¿no? -preguntó, impertérrito, habituado, el señor de negro.
- Falta mi novio.
- ¿Les molesta si dejamos pasar otros autos?
- No… está bien.

La misteriosa señorita J. es una relativamente flamante compañera de trabajo. No hará más de 7 meses que trabaja conmigo. Hará unos meses el padre se enfermó. La semana pasada murió. Fuimos al entierro. No lo velaron.

- ¿Qué hace ese tipo con la camiseta de Boca? –dije, por decir algo.
- Será algo que arreglaron con el que murió. Onda, si me muero vení con la camiseta.
- No sé, para mí que no, para mí es un desubicado.
- Para mí arreglaron eso, muchos lo hacen.
- Yo qué sé… ahora… el novio se zarpa.
- Capaz que le pasó algo.
- ¡Dejate de joder! Se murió tu suegro, lo mínimo que podés hacer es pasar la noche con tu novia.
- Andá a saber cómo arreglaron.
- Qué arreglaron qué…
- …
- No sé si lo pensaste, pero en total, contando los familiares, somos 7 chabones, así que es muy probable que tengamos que llevar el cajón nosotros.
- Ah… no lo había pensado.
- Y estoy contando al novio, que esperemos que llegue.
- …
- Fui a dos entierros en toda mi vida, un tío y mi abuelo, y nunca tuve que llevar el cajón.
- Yo tampoco.
- Y llevar al cajón de un tipo que no le conozco la cara ni por celular cuanto menos es raro.
- Y… sí.
- Ahora, sólo un amigo del trabajo y un primo, la mujer, la hija, y una hermana es poquísima gente.
- Sh… boludo.
- ¡Shh qué! Somos 6 del trabajo y 5 familiares, sin contar al novio de la hija. Si no cambiaba de trabajo no había gente ni para llevar el cajón. Tenían que contratar extras. ¡Es raro!
- Sh…
- Ni las amigas vinieron, es muy raro, no me digas que no.

Apareció el novio. Se había perdido en los laberínticos pasajes del Cementerio de la Chacarita. Saludó como si nosotros fuésemos los deudos y no él. Después abrazó a la novia y le dijo algo.

- ¿Ya están todos? –preguntó el hombre de negro.
- Sí –respondieron la mujer del finado y la misteriosa señorita J. al unísono.
- Por favor, necesito 6 caballeros.

Cuento: el novio, el primo, el amigo del trabajo; se necesitan tres más. Somos 5 flacos del laburo. Se emancipan 2; otros 2 se hacen los boludos. Me mando. Me queda la manija del medio a la izquierda. Tengo más fuerza con la otra mano. Tendría que haberme anticipado y elegir manija, pienso. El tipo de negro da instrucciones como un cuidacoches te explica cómo estacionar. En menos de 20 segundos estamos ante un cura que lee unos pasajes de la Biblia. No rezo. No rezo porque no creo y no rezo porque me parece al pedo, si ni lo conozco, pienso. Las oraciones las sé del colegio. Le tiran agua bendita. Alguno llora. Los demás están ahí de compromiso, al menos la mayoría.

- Esperemos que por lo menos sea nicho –digo, caminado, siguiendo la procesión mínima de coches, que se alejan hasta que la perdemos de vista.
- ¿Por qué?
- Porque nunca fui a un entierro entierro y que esta sea la primera vez es too much.
- Me parece que es entierro eh.
- Uf…
- ¿Ves los coches?
- No, creo que los perdimos, apurémonos.
- ¡Qué esperen! El novio llegó media hora tarde y ni siquiera se ofreció a llevarnos en el auto. Además nos necesitan.
- …
- Ahora aparece la amante de toda la vida con un velo negro y le deja un rosa.
- Sh… boludo.
- ¿Qué?
- Ahí están.
- Ah…

Cinco empleados municipales vestidos estrictamente de celeste grisáceo nos dan unas indicaciones prácticas para que saquemos el cajón y lo apoyemos “por ahí”. Tienen las botas tan recubiertas de barro que parecen la Unión de Fabricantes de Zapatos Ortopédicos (UFZO). Pasan unas cintas de cortina americana por las manijas. Antes que nos demos cuenta ya lo metieron en el foso. En un santiamén lo cubrieron de tierra: lo enterraron.

- Che, qué bajito que lo entierran.
- Psí…
- Y ahora qué onda.
- Esperemos un rato.
- …
- …
- Bueno, vamos al pasillo.
- Dale.
- …
- …
- Estoy pensando que uno empieza a ser más viejo que joven cuando tenés que ir a más entierros que minas te cojés.
- …es cierto, no lo había pensado así.
- ¡Sí es así yo soy viejo desde los 20 años!
- ¡Yo desde que nací!
- Shh…
- Perdón.

- ¿Pesaba mucho mi papá?
- Y, no… no sé, igual éramos seis.
- Era grandote él.
- …
- De huesos grandes.
- …
- Igual en el último tiempo había adelgazado mucho.
- Y sí…
- Era cabezón, ¿sabías?
- Mmm… no.
- Le decíamos cabezón porque era terco.
- …
- …
- ¿Pero era cabezón por terco o por cabezón?
- Por la dos cosas.

2.10.07

las penas son de nosotros; las maizenas, son ajenas

- Natanael alguien pregunta por vos en la recepción.
- Voy…

- Hola.
- Hola, ¿Natanael?
- Sí...
- Tengo este sobre y unos paquetes para vos.
- Mmm… No sé de qué serán, pero bueno –me puse contento, me gusta recibir paquetes.
- Me firmás acá que lo recibiste ok -me dice el señor y me da un libretita.
- Ok.

Firmé y aclaré como corresponde. Después abrí el sobre. Pensaba que serían unas revistas que me debían, aunque nunca antes me las habían echo llegar en paquetes a sueldo. El sobre decía At. Natanael y la dirección de mi laburo; adentro del sobre una papeleta señalaba Certificado sanitario de exportación provisoria y, más abajo, Aeropuerto de Ezeiza. No entendía nada. En eso el tipo deja a mis pies un paquete con un plástico traslúcido que dejaba ver algo como maizena "triple 0". Y al rato otro más grande, de papel madera, con una tarjetita a nombre de un tal Benigno García.

“Cualquiera”, pensé.

En eso llega mi jefe, y me dice si lo que llegó es para la reunión sobre adicciones que vamos a organizar mañana, y le digo que no, y me reí porque me lo preguntó en serio, no como chiste. Me preguntó qué es. Le dije que ni idea. Y me seguí riendo. Le aclaré al tipo que debía haber un error; que yo no estaba esperando maizena, ni mirra, ni nada, que llegué a Ezeiza desde Brasil hace poco pero que no compré harina de maiz ni nada parecido, que no me retuvieron ninguna bolsa y que no es para mí por más que me llame Natanael.

Miré de vuelta el sobre y donde debía decir 832 decía 836 y donde debía decir PB decía 7 piso, de una calle cuyo nombre no voy a mencionar para que no vengan a visitarme mis fans.

6.9.07

entre la vida y la muerte, una crónica

Estaba pensando muy seriamente qué hacer. Pensaba con un rictus solemne qué hacer. Estaba en la Plaza Francia. Una anciana de unos 73 años y monedas –y con otras pertenencias- se desmayó a mis pies; cayó redonda, cuesta abajo, facilitada por las colinas de la plaza gala y por su caída circular per se. Me acerqué presuroso, no sin habilidad sorteando un imitador de Arjona y dos puestos de artesanías. Alguien ofreció algo por el imitador de Arjona. Lo vendí en el acto, preguntando si alguien ofertaba más por él. Martillé. “El señor de traje gris se lleva al imitador de Arjona en 20 pesos.” Seguí con mi inesperada responsabilidad de salvar la vida de la abuela. Me acuclillé. Tenía signos vitales, estaba con Vida. Vida era su dama de compañía. Paraguaya de nacionalidad. Tenía unos tristes ojos negros redondos como la caída de su patrona, y brillosos, supongo que por el contratiempo. Intercambiamos unas palabras. Le cambie dos “catalejos” con 4 años de antigüedad por un “añamembuí” casi sin uso; hice negocio. Conforme con la transacción lingüística le dije a Vida que le saque el celular a la señora para que me permita llamar al Pami. Vida con delicadeza metió una mano en el bolsillo de la chaqueta de la señora Emilia y me alcanzó el Nokia 6030DX. Marque el 113, era la hora. Marqué el 115, no me contestaba nadie, corté, empezó a sonar. Me reí. Marqué el 102, El teléfono de los chicos. Me volví a reír. Le pregunté a Vida si recordaba el teléfono de consultas de Movistar. “¿112?”, me preguntó confirmándome. “No sé”, le dije, “yo te estoy preguntando a vos”. “Sí, creo que es el 112.” “Sí, es el 112”, balbuceo la señora Emilia a diez centímetros del suelo, horizontal. “Tiene reflejos”, le dije a Vida. “Sí, se hizo los claritos ayer”, me respondió. Le quedan bien, pensé, la hace ver más joven. “Coqueta…”, le dije a Vida como para decir algo y finalizar el confuso episodio mientras el pseudo Arjona de sumaba al grupo de curiosos con preocupación: “¡Señora, póngale Vida a los años, que es mejor!”, la alentó; entreví a la dama de compañía con una postura de orgullo. Marqué 1 1 2. “¿Hola mi nombre es Margarita en qué puedo servirle?” “Hola Margarita. Quería saber el teléfono del Pami”. Me holdeó. I'm walkin' on sunshine...whoa, and it's time to feel good! All right now, it's time to feel good...hey, oh yeah now. “Anote por favor.” No llegué a decirle gracias cuando ya una voz robótica me dictó: “0 2 9 6 6 4 2 8 5 8 9; repito: 0 2 9 6 6 4 2 8 5 8 9.” Levanté mi mano derecha -aunque soy zurdo- e hice un montoncito hacia abajo, moviéndola en círculos, como batiendo. Vida no entendió el gesto –más tarde me explicaría que en Paraguay para pedir una lapicera se agita un puño cerrado hacia arriba y abajo, frenéticamente-. Arjona me alcanzó un lápiz negro. Intenté escribir en mi mano el número pero no se llegaba a anotar nada: era como escribir un código de barras con el lápiz óptico en vez de usar el lápiz óptico para leer el código de barras. Además ya me había olvidado el número y estaba escribiendo 0-800 y no sabía qué le seguía. Agarré un papel del piso, pulsé el 2 para repetir el mensaje, y le saqué la rodilla de la boca del estómago a la Señora Elisa, que no entendí como llegó hasta ahí. Oscurecía. Anoté a la par que el robot me redactaba: “0 2 9 6 6 4 2 8 5 8 9”. Volví a escuchar de vuelta el mensaje tres veces mientras comprobaba que hubiera anotado bien los números. El ruido ambiente que generaban los curiosos era estereofónico. Los callé con un manotazo al aire y un shhh sonoro. Marqué el número con relativa impericia. “Pami Escucha.” “Hola, señorita.” “Pami Escucha.” “Sí, ¿qué tal? Estoy con una señora que rodó por el parque.” “¿Está en el Parque Rodó?” “No, señorita, eso es Uruguay, déjeme terminar.” “¿Qué?” “Qué estoy con una anciana en la Plaza Francia.” “¿Hola?” “Sí” “Sí, Pami Escucha” “¿Me escucha?” “¿Esta con una señora en Cucha Cucha?” “No, ¡que si me escucha!” “Ah, sí, lo escucho, diga.” “Que estoy con una vieja que tuvo un accidente” “Está en Guardia Vieja y Lafuente.” “No, no se cruzan.” “Claro, no se cruzan, se lo iba a decir, entonces dónde está” “…” “Sí, Pami Escucha.” “Sí” “…” “Me cortó.” “Está muerta”, dijo Vida. “Mierda.” “Pobre Señora Elvira”, dijo Vida. “Sí, pobre”, dijo Arjona, mientas se alejaba con el hombre del traje gris. Llegué extenuado a casa, me saque el camperón y descargué los bolsillos sobre la mesita de luz: un añamembuí, el teléfono de Pami Escucha y veinte pesos.

17.8.07

De su estadía en Portugal Lau! aprendió:

gfsd

- que los taxis son Mercedes Benz cremitas, como los de Punta del Este.

- que hay 2 puentes que unen las costas del Tajo: el 25 de abril, y el Vasco da Gama.

- que el primero de estos, conmemora la Revolución del 25 de abril de 1974, que restauró la democracia en Portugal derrocando al régimen de Salazar. Revolución conocida como “de los claveles”.

- y que para llamar a la insurgencia ese día, se usó como contraseña un tema que sonó en las radios “Grândola, vila morena” (¡Lindo!).

- que a la zona donde se hizo la Expo'98 y para la que se construyeron muchas cosas, se la conoce sencillamente como "expo".

- que los portugueses son un poco distantes, al menos trabajando.

- que no entiendo nada cuando hablaban entre ellos y que esto me hizo sentir demasiado ajena e ignorante.

- que en sintonía con lo anterior, no soy tan mala defendiéndome en inglés.

- que la ciudad esta llena de sol, sol y más sol. Hermoso.

- que es verano y anochece 21.30.

- que Coimbra aloja a la primera universidad de Portugal, una de las mas antiguas de Europa.

- que a las 8, cierran todos los locales como si los persiguiera la cana y sólo quedan abiertos algunos lugares para comer.

- que en el centro de Lisboa, hay casi cero movimiento excepto turistas. Quizá porque era época de vacaciones…

- que un departamento promedio, para comprar, no baja de los 100.000 euros.

- que tienen desde el vamos 20 días hábiles de vacaciones (hábiles, no corridos, ¡atención!). Y que al año se convierten en 25.

- que las conexiones con otras ciudades europeas desde Lisboa son alevosamente menos que desde otras como Madrid o Barcelona.

- que están hinchados las pelotas de los turistas españoles.

- que el Marquês de Pombal es una figura emérita, con sus rulos al estilo Luis XV.

- que en 1755 se sucedieron 3 tsunamis que destrozaron por completo la ciudad y lo que quedo lo liquidó un incendio.

- Y que fue este buen hombre, el afamado marqués, quien en 1 año ya tenía a la ciudad de pie reconstruida, según el criterio de los más modernos arquitectos del momento, que se inspiraron en las tendencias constructivas de París.

- y que cuando le preguntaron: “Pero Marqués, ¿estas calles no son demasiado grandes?”, respondió: "Algún día serán pequeñas". Mito o no, me encantó. (Extra: a su estilo constructivo se lo llamo sencillamente arquitectura pombalina.)

- que el pueblo de Portugal se enorgullece de haber descubierto la mitad del mundo. Al menos, lo proclaman sin descaro desde billetes, nombres de calles, estaciones de metro, museos y souvenirs.

- que fue Vasco da Gama el que finalmente descubrió la ruta que buscaba Colón (a la india pasando por África), en 1498.

- que en el VIP de la era de los descubrimientos, sobresale "Enrique, el navegante" [ndn*: Infante Dom Henrique], quien fundo una escuela de náutica en Sagres a la que supuestamente asistió Colón, entre otros (tengo que estudiar más sobre esto..)

- que la cerveza más popular se llama casualmente Sagres, estimo que por lo que dije antes.

- que en las cercanías (20 kilómetros) hay más cosas para ver: Cascais, Estoril con su famoso casino y Sintra con sus castillos.

- que Lisboa es llamada “la ciudad de las 7 colinas” y que por este motivo, esta híper-difundido el uso del tranvía.

- que las veredas prolijamente adoquinadas no son un brillante invento de nuestros vecinos brasileros, sino que se inspiran en la "calzada portuguesa", haciendo dibujos en negro y blanco en absolutamente todas las calles.

- que en verano no hace taanto calor en Lisboa, porque el río refresca mucho.

- que al Tajo se llama aquí también Tagus o Tejo. Y el Duero (en Oporto), Douro.

- que la Casa de Gobierno es un edificio que pasa absolutamente desapercibido, y el Congreso también.

- que Lisboa se divide en 3 grandes zonas: Barrio Alto, Alfama y Baixa-Chiado. Los 3, encantadores.

- que el saludo de cumpleaños es "Parabens!". : )

- que el equivalente al Quijote de Cervantes para España, lo es “Os Lusíadas” de Camões para el pueblo portugués.

- que según la leyenda, los portugueses descienden de Luso, hijo del dios Baco, que conquistó por las armas un territorio que después será Lusitania, o sea, Portugal. Y que fue Camões quien usó ese término primero.

- que Pessoa es el poeta dilecto de este pueblo, y que tiene una estatua sentado en una mesa de un bar emblemático, A brasileira.

- que se come mucho pescado y que se promociona mucho los pastéis de Belém, que es una masita de hojaldre con crema pastelera.

- que Oporto es una ciudad que se destaca por sus varios puentes que cruzan el Douro. Y por sus bodegas, claro.

- que en el sur está Algarve, zona top como destino de verano. Y un poco elitista, dicen.

- que Loulé, la ciudad de donde vino el abuelo de Hernán, queda cerca de Algarve, pero que me reserve esa visita para hacerla juntos. : )

- que los hoteles de lujo se parecen. Y aburren y hacen que todos los días parezcan clonados.

- que me gusta lo que elegí hacer de mi vida, porque me permite aprender de primera mano cosas como estas. Y compartirlas.

- que tengo ganas de volver a casa y vivir mi vida.

- que extraño si paso bastante tiempo lejos.

- y que en Europa las cosas funcionan y muy bien y es todo muy lindo, pero que soy un ente fuera de mi contexto.

- ¡¡y que si no dejo de escribir voy a perder la combi al aeropuerto!!

Lala Around, como su nombre lo indica, está girando por el mundo: en esta oportunidad mandó sus notas de viaje desde Lisboa.

¡Ah! nos deja un beso además.

*ndn: nota de natanael


27.6.07

cumbia china

“T.” “J.”

Yo me esfuerzo en saludar a las chinas y a los chinos pero me responden con consonantes. Les digo “hola, qué tal, cómo estás” y ellos me responden cosas como “S” o “G”.

Eso debe pasar en todos los supermercados chinos, pero mi supermercado chino de confianza se caracteriza por dos cosas: está más iluminado que otros y escuchan música muy rara.

Joya, nunca FM, discos, música rara, por épocas. Hay cuando escuchan una música pop china frenética que recuerda al grupo Aqua -I'm a Barbie girl, in the Barbie world. Life in plastic, it's fantastic!- Hay también cuando eligen la música incidental de una película oriental que nadie verá, y, hay veces, también, cuando, como en este caso, ponen cumbia. Váyase a saber por qué.

La cosa es que el otro día estaba definiéndome en el vino cuando empieza a sonar una cumbia cadenciosa y amigable que hizo mover mi cadera. Empezó a cantar el cantante y con tino ya de entrada me dijo como se llamaban, por si se me ocurría buscarlos en el google: Agrupación Marilyn.

Encontrar la canción fue más difícil. Se llama, Su florcita. Y la letra dice así: Tan bonita, tan chiquita, tan llena de sonrisa, es una flor que crecía. Doce años cumpliría, de la escuela no volvía. Preocupada se la ve a mamá, cuatro horas se demora. “¿Qué pasó? ¿Por qué lloras?”, dijo una mujer y luego la abrazaba. De repente suena fuerte el teléfono y quien atiende es la mamá. Secándose las lagrimas, ¡su florcita!, la encontraron en un gran descampado. Su madre grita sin compasión. Sin vida estaba tirada, golpeada. ¿Por qué? ¿Quién fue? ¿Cómo es que matan a una niña tan pequeña? Sólo tenía 12 años, toda una vida por vivir.

Me compré dos vinos.

bsas

1.3.07

Arquero


Al Flaco Vivalda

Se había ido ya Agustín a otra habitación; me había quedado toda la cancha para mí solo. La ventana daba al perro de turno, a un descanso de escalera lleno de bártulos, al paredón verde del vecino, y, más atrás, a la calle; pero no me importaba el afuera más que para que entre luz. Mi pieza era un patio grande, que duplicaba su espacio real gracias a la pared más lejana.

Armaba listas de arqueros por club. Boca, River, Mandiyú, San Lorenzo, Deportivo Español, Platense, Vélez… En primera ronda el campeonato de arqueros se arelaba rápido, los arqueros se reducían a la mitad en una ronda. El sistema era simple: pateaba una pelotita de tenis contra la pared (4 metros) y el rebote (otros 4 metros) buscaba anotarse debajo del escritorio de fórmica empotrado en la pared opuesta. Pateaba, la pelota recorría 8 metros en menos de cinco segundos en los que pasaba de pateador único, Batistuta, a cada arquero de cada equipo del torneo clausura o apertura de aquellos años. De más está decir que los tiros más difíciles de atajar eran los que pateaba con los ojos cerrados: cuando abría los ojos la pelota ya estaba casi en el cuerpo, puro reflejo lo mío, arrojándome, kamikaze, contra la pared del costado, para evitar la hecatombe, el descrédito, el deshonor, la derrota. Mamá a veces dormía la siesta tras esa pared que me trastocaba en arquero. Nunca se quejó mucho, o sí lo hizo pero no con el suficiente ahínco como para que le creyera. Muchas veces ganaba el Mono Navarro Montoya, pero mi preferido era Vivalda, el de Ferro, no sé por qué, y ganaba muy seguido. El que tenía mala suerte, pobre, era Comizzo. A Batistuta con él le salían los tiros más fuertes, más esquinados, y extrañamente, además, el arquero, Comizzo, no era lo suficientemente rápido como para alcanzar las pelotas, medio como que se acalambraba, cedía la final, se daba por vencido antes de tirarse; era un muy mal arquero Comizzo la verdad.

Me cuentan que los torneos virtuales -que podían durar toda una tarde, especialmente los domingos, cuando no existía el cable y Caldiero relataba el Mundo Boca por Radio Mitre- eran relatados con soliloquios aflautados y constantes bastante molestos. Parrafadas como: le pegó Batistuta, Bati, Bati Bati, gol, gooooooool, goooooooool de Boooooooooooooooca, del Bati, qué golazo, Bati. O bien, le pega Medina Bello, el Menchoo… Viavaaaaaaaaaaalda, Vivaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaalda, qué arquerazo.

Cuando nadie se acordaba más de él, un día, el Flaco Vivalda se tiró abajo de un tren. Fue un día muy triste para mí. De esos días guardo una extraña simpatía por Ferro. Cada tanto en casa vuelvo a patear una pelotita pero ya no me tiro a atajar.

4.10.06

huido bro

Hubo dos publicidades con complejo de Edipo por estos días; ambas de celulares. La de Movistar del día de la madre tiene una canción linda (Rufus Wainwright - 14th Street) y el protagonista se parece a mí, cuando era más pequeño, aunque nadie coincide con esto y me responde que “yo soy (era) más lindo”.

La otra es de Personal y es más linda y el protagonista es gordito y simpaticón. El conflicto surge cuando la madre le profiere zalamerías a una planta opulenta en tono susurral. El niño entreoye, se siente desengañado, anda en motoneta lloriqueando y después intenta fugarse de su casa. El remate es un “Me llevás” a la madre por parte del niño, que denota de qué manera uno muta de enojo a olvido, en esos años, con facilidad.

Me dio sonrisa y dos anécdotas parecidas vinieron a mi cabeza. Creo que todos tenemos algún intento de fuga entre tierno y patético en la niñez.

La huida de Nolugareña

Se había enojado con Madre por cuestiones trascendentales, entonces Nolugareña se dijo a sí misma “Así no, con Don Cámara, no”. Y se decidió a emanciparse cuanto antes. Aprovechando que Madre subió a tender a la terraza oteó el pasaplatos y le robó plata. Una suma suculenta que la ayudaría a sobrepasar el crudo invierno a la intemperie con sus 9 octubres. Sin el fantasma del paco -el único paco peligroso era el tío carpintero-, hurtó un billete de dos pesos y se aventuró a la aventura de la sobrevivencia. Habiendo caminado 2 cuadras, parece ser que cambió de opinión y empezó a dudar sobre si recular. Transitada la tercera calle llegó a Murguiondo y Santander -para esa edad era una mundo lejano Murguiondo y Santander, como Villa Pueyrredón o Antioquia-. La aventura estaba terminada. Entonces se compró un Tofi blanco en el kiosco de la esquina y volvió rápido antes de que mi mamá hubiera bajado de la terraza y antes de que empiecen Los Pitufos.

La casi huida de Natanael

No sé qué había pasado –pero seguro le habían dado la razón a alguno de mis hermanos ante algo, o eso creí yo, que es lo mismo- pero me enojé mucho y refrendé –con el dedito a lo Rocamora- que me iba de casa, lejos, a buscar mi destino, lejos ya de la injusticia del amor fratrial. La disyuntiva encontró su lugar –como tutor al tallo- ante la decisión de qué escoger para emprender la huida: no me podía llevar todo. Alienado con la idea del exiliado de los dibujitos no se me ocurrió mejor idea que buscar un palo de escoba y un pañuelo lo bastante grande como para anudarle a uno de sus vértices, a modo de bolsito. El primer inconveniente fue que el único pañuelo grande que recordaba era de mi mamá y tuve que sigilosamente ir a la cómoda –porque ella no iba a venir, porque, se sabe, es cómoda- y robárselo. Ya sentía culpa. De todo lo demás que me quería llevar lo único que quería preferentemente era las bolitas. Debía ser una de esas épocas en las que se jugaba a las bolitas, en mi infancia era cíclico ese tema; a veces se jugaba, a veces no, en la cancha de tierra del colegio-. Las acumulaba en un adorno que era una representación de una plancha de planchar de madera que se abría como una boca de pelícano por uno de sus costados y dejaba ver una concavidad en la que las bolitas dormían el sueño de los justos. La cosa es que justo que había abierto el pañuelo sobre el piso y quería verter las bolitas sobre el lienzo verde y negro de seda de Madre, Madre abre la puerta de la pieza. El escozor me empujó a acelerar el proceso para que no descubriera qué estaba haciendo, con tanto ímpetu que las bolitas dieron saltitos por la pieza –con su ruido característico- y Madre no entendía. Tuve que explicarle que me iba a ir de casa, que el pañuelo era para el palo, que lo único que me iba a llevar eran las bolitas: le exigía con los ojos que me pidiese que me quede. Menos mal que me lo pidió. Después tuve que juntar una por una cada bolita, que fueron a parar a confines tales como el priorato de Sión, debajo de la cama, Estambul o adentro de una zapatilla.

4.4.06

tesoro

El sábado a la tardecita saqué la basura semanal y descarté los tubos (y empiecen a correr; la yuta está muy cerca, no de para correr). Estoy clavando promedio tres quintos de vino Titarelli cabernet sauvignón por día. Es decír: saqué 4 botellas el sábado. La metodología es la siguiente: los diarios, papeles y cartón los pongo doblados con cinta de papel en correcto paquetito a la derecha y abajo perpendicular al tacho rojo, donde deposito la basura en bolsa –restos orgánicos, plástico, pequeños papeles y demás: no clasifico este tipo de desecho- y lo que es botellas (de plástico o de vidrio, lo mismo da), las pongo paradas a la izquierda y abajo, en fila, contra la pared. Esto es un proceso sumamente agitado ya que la competencia que encaro contra migo mismo dispone de dos variables: que no se cierre la puerta por la correntada que nace al abrir la puerta y que en ese trajín no se me desplome ningún recipiente (las botellas de plástico son las más jodidas, ya que no tienen buen contrapeso).

Habiendo terminado el proceso desbasurizante, más tarde, tipo 8 de la noche, escuché un lío de botellas caídas, Girondo diría en su Milonga de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía: De pronto se oye un fracaso de cristales. Las mesas dan un corcovo y pegan cuatro patadas en el aire. Un enorme espejo se derrumba con las columnas y la gente que tenía dentro; mientras entre un oleaje de brazos y de espaldas estallan las trompadas, como una rueda de cohetes de bengala. Bueno en realidad no fue para tanto.

Al rato fui a la calle, a cuento de no sé qué necesidad imperiosa que me sacó de las doce paredes (porque mi casa no tiene 4; tiene 12, o una larga y zigzagueante, como quieran verla). Y me acordé de los ruidos y fui a echar un vistazo y me encontré con un tesoro dignísimo y sorprendente, compuesto, a saber, por: un cubo fucsia flúo de plush de unos 20 centímetros a estrenar, nuevito y con los colores en su lugar; un autito tipo 4x4 de carrera bastante grande, nuevo y con las ruedas sin trabar (dato importante si los hay); una mochila de peluche infantil de un tamaño pequeño con una vaca mimosa que sobresale como bebé de chola de la realidad mochileril; una especie de almohadoncito, que es un sol amarillísimo de peluche, con un centro, que es una cara sobre superficie naranja –también de peluche- muy querible y de ojos tristes; un Demonio de Tasmania de indudable calidad –no esas imitaciones mal hechas, bueno-bueno- y con una semejanza impresionante al original, que porta en las partes anteroposteriores de sus extremidades unas ventosas adherentes para lunetas traseras de coches, necesarias para mirar el mundo desde la retirada, siempre alerta para hacer sus malechorías famosas; y un conejo horrible de peluche muy mal terminado, nada simpático, blanco y medio sucio. Además, miles de tonterías como muñequitos pequeños y zonceras de toda calaña –recuerdos de comunión, fotos rotas, figuritas, etcétera-; de estos objetos, los más lindos –como una barrerita de peaje de plástico inmóvil- han engrosado el estante en el que murió el homúnculo rojito: para los iniciados en las aguafuertes castrenses ver aquí. ¡Ah! Dejé - me parecía de mal gusto- en la basura tres pequeños disfraces de tela livianita de niño de 3 años (más o menos) entre el que estaba el traje del niño de Los Increíbles -Dashiell Dash Parr-, rojo y negro.

Pensé de todo; no tengo una respuesta. Escucho ofertas, ¿quién puede ser tan desalmado o qué le habrá pasado al dueñecito de todo ello?

Mientras piensan, elaboran y opinan los dejo con una respuesta que pusiera yo, hace no tanto, en MercadoLibre, que hoy releí de casualidad y me divirtió por lo desacartonada.






9.2.06

la leyenda del anillo y el jarrón

- ¡Qué hermoso jarrón! ¿Debe ser costosísimo?

- Efectivamente, es una pieza única de la dinastía Ming; perteneció a una noble familia de Pekín allá por 1359.

***

El local de la calle Libertad era, como casi todos los locales de compro oro, pequeño. La vendedora con sus dedos regordetes sobre el mostrador de vidrio, muy cortésmente atendió a Madre con su pelo lacio perfectamente peinado al medio. ¿Qué necesita?, preguntó como quien está pensando en otra cosa, quizás sumergida en el volátil recuerdo sus recientes vacaciones en carpa junto a su novio en Tandil.

Vengo a valuar estas joyas, preciso venderlas, le contesto Madre con dulce tono, sin que se noten las costuras de su discurso pergeñado previamente en el taxi -había buscado minuciosamente estas palabras, elegidas entre miles para aparentar que sabía qué estaba haciendo, que ya lo había hecho otras cien veces-. Espéreme un segundo, le dijo con respeto la gentil dama, acomodándose la cabellera detrás de sus amplias orejas.

No tuvo tiempo de girar sobre sí para dar un vistazo general al negocio cuando el dueño de la joyería, un hombre macizo de unos 60 años de ascendencia armenia, estiraba su mano para estrechársela; ese gesto milenario que denota confianza para una transacción comercial.

La invitó a pasar a su despacho: un cuarto de dos metros cuadrados, cuidadamente decorado, donde jamás entró la luz del sol. La alfombra roja, algunas reproducciones de los más famosas obras de Pierre-Auguste Renoir sobre el sobrio color pastel del empapelado y un escritorio art decó extenso y macizo de roble daban un marco majestuoso, digno de un amante de la ornamentas y la suntuosidad.

Una a una, con orgullo aristocrático, Madre fue sacando las reliquias; el hombre, con gesto adusto de quien ha visto todo tipo de collares, anillos y brazaletes examinaba las piezas, mientras le ponía nombre a los nobles elementos y precisaba su cuantía. Antes de sacar el objeto más preciado, un anillo adornado con un valiosísimo diamante, Madre, buscando una pausa que acentúe su conocimiento, su idóneo juicio, posó sus ojos en el delicado jarrón.

***

Entró como una tromba el pequeño local, gambeteó a la señorita de dedos rechonchos con inexplicable destreza y -sin escuchar sus indicaciones- en un santiamén entró al despacho. Antes que el hombre pronuncie palabra, Madre le increpó con el jarrón entre los las manos, con el envión suspensivo de quien meterá un lateral en el área chica: “Si no me devovés el anillo de mi vieja te hago bosta contra el piso la dinastía min’, la china, el congo belga y todo oriente, armenio sorete.” Con la respiración entrecortada el hombre metió su mano en el bolsillo delantero derecho de vaqueo, sacó del bolsillo el preciosísimo objeto y epilogó: “Dejá eso ahí, agarrá este anillo choto y tomátelas, loca de mierda.”

27.9.05

snooze

Compré no hace mucho tiempo atrás un despertador digital. Lo describo: es un paralelepípedo cromado de 15 centímetros de largo, 4 de ancho y 9 de alto. En la superficie del plano superior del despertador está ese signo de nuestro tiempo: el snooze. Todas las mañanas lo pulso una o dos veces, por lo menos; no lo aprieto, lo pulso.

Por las noches me engaño, poniéndolo lejos.
Suena.
Me paro.
Apreto el snooze, rápido, porque su sonido es insoportable, como el de todos los despertadores del mundo.
Lo agarro y me acuesto y lo dejo cerca, casi insomne.

Después, le voy pulsando al tiempo cinco minutos de changüí.

(Snooze en castellano sería algo así como dormitar, darse una siestecita, descansar un cinco.)

Hoy me re colgué y lo puse al lado mío muy cerca. Lo apoyé en la cama. Le di al menos 6 veces, sugiriéndole: “Dejame terminar el sueño”, “dejame descansar un poco más”, “dejame vivir”, “¡dejame morir!”, en las sucesivas pulsadas.

En el anteúltimo pulsar me imaginé entre la vigilia y el sueño, en la fase hipnagógica, que estaba jugando un partido de ajedrez con uno de esos cronómetros de doble reloj que miden el tiempo. Pero con un solo reloj. Porque era yo contra el tiempo, no contra otro jugador: imposible ganar; el dueño del reloj es el tiempo, como quien es dueño de la pelota y quiere jugar de 9 y juega de 9.

Me dormí los últimos cinco minutos sabiendo que no conseguiría siquiera hacer tablas con Cronos: perdí y me vine a trabajar y llegué tarde.

2.8.05

plomizo

En la salida de la estación Carlos Pellegrini de la línea B de subterráneos hay una especie de pasadizo jesuítico por debajo del Obelisco. A las mañanas –yo paso tipo 9.30- hay cosas que se repiten. Lo primero con lo que me encuentro es con un cantante callejero símil Víctor Heredia; contra lo que se puede imaginar no era insoportable: con el tiempo llegué a tenerle cierto aprecio y todo. Pero hará unos tres meses este señor de chaleco se trastocó.

Todo comenzó un día que lo sorprendí cantando “que se vengan los chicos de todas partes”. Fue el principio del fin del cariño recóndito. Conjuntamente con eso, empezó todos los días, mientras guitarrea un arpegio mántrico, a dar parrafadas de moralina: “Así es señora, señor. Las cosas por su nombre. El hombre con la mujer. La mujer con el hombre. Porque así nos hizo Dios. Dios no quiere ver al hombre con el hombre…”. O, quizás: “Hay que educar al niño. Mostrarle el camino. Uno tiene que ser el tutor del árbol para que el niño crezca derecho. Para que no nos salga torcido…”. Por estos días no hace otra cosa que eso. Y cada vez va subiendo el tono de intolerancia.

Más adelante hay una casa de ropa para usos belicistas. Un lugar para que te lustren los zapatos, con butacas, como si fuera una peluquería. Una joyería. Un kiosco. Un hippie shop de sahumerios. Y muchos negocios de comida, que, debido a la poca comunicación con la intemperie del pasadizo, siempre llenan de un vaho a fritura el ambiente, tornándolo irrespirable.

Pero este túnel se destaca en el mundo por los negocios donde se venden cosas antiquísimas. Allí se puede encontrar discos de vinilo, diarios del día de nacimiento de uno, libros ineditables, revistas viejas o reproducciones de DNI's de famosos en papel sepia, como el de Gardel en sus tres ediciones que desafían la metafísica (Buenos Aires, Toulouse o Tacuarembó).

Siempre, como nadie vende nada ahí abajo, los dueños de los negocios charlan juntos en el medio del pasillo del túnel de boludeces increíbles. Hoy, estaban discutiendo vaya a saber qué cuando uno refraneó: “Renovarse es vivir”. Fue muy simpático ver al dueño del local de las cosas viejas apersonarse, corriendo con los brazos ejemplares de Caras y Caretas del 1900 y publicidades gráficas de muñecos con alfileres en la cabeza, para contestarle: “Sencillamente, no comparto la frase”.

22.7.05

murió un homúnculo rojito en un accidente

Sucedió en la fórmica del cuarto estante de la derecha ayer por la noche

La muerte de un hombrecito pequeño y rojo fue el mortal saldo de un accidente ocurrido ayer a las 23.15 en la intersección de Salvo el crepúsculo de Julio Cortázar y No pasó nada de Antonio Skármeta, en la fórmica beigecita del estante de la derecha, cuarto de esa formación, empezando a contar desde abajo.

El Subcomandante Marcos de telita, quien custodió con su fusilito de madera el cuerpecito hasta tanto se hicieron presentes los peritos parapoliciales, informó que el señorcito cruzó la fórmica sin mirar cuando un motociclista para armar de Kindersorpresa lo atropelló en el anteriormente mencionado cruce literario.

Un duendecito que portaba una gorreta bordó acompañaba al motoquero en su periplo. El ser imaginario no quiso dar la cara a los fotógrafos y alegó en su defensa: “Reservaré mi identidad fantástica hasta tanto se expida al respecto mi abogado”.

Sin embargo, otra versión cobró fuerza más tarde en el estante: un Playmobil momiesco amarillo y una jirafa de plástico del periodo infantil, quienes dijeron haber estado en El libro de arena de Jorge Luis Borges durante el accidente, informaron a fuentes revolucionarias muy confiables que un Pitufo Fortachón pisó al homúnculo colorado con una carretilla naranja a la altura de Mantra de Rodrigo Fresán. Marcos, el Sub, por su parte, estimó que no es confiable esta pista “porque la jirafa es muy alta y no tiene movilidad natural en el cuello mientras que el Playmobil tenía ligeramente hacia atrás su cabeza en el momento del accidente”.

Marcos agregó a este medio que esperará los resultados de la pericia, que se realizará durante el día de hoy, para sacar las conclusiones finales.

20.7.05

19.19 - 19.50

19.39
“¿Subís?”, me pregunta la señora del 1º E, mientras con dificultad mete al perro y la silla de ruedas en el angosto ascensor del edificio. “No; subo por la escalera, gracias”, dudo y apretó el botón rojo de la luz del edificio y zanco de a dos escalones, apurándome para llegar al primer piso antes que ella.

19.28

“¡Me olvidé de comprar queso rayado!”, pienso antes de doblar en Guardia Vieja.

19.48

“Cuando se es grande y achacosa, se tiene que tener más cuidado; no es tu caso, sos muy jovencito”, dice finalmente la señora del perrito, entorna la silla y enfila hacia el fondo del pasillo.

19.40

“Era una señora grande y debía de tener osteoporosis”, me explica la mujer del 1º E mientra le abro una de las puertas del ascensor. Me dice cosas a mí y le dice cosas a su perro a la vez; trata de salir con la silla de ruedas, infructuosamente. Le pregunto si me dice eso de los huesos “por la ambulancia que está abajo”. Me responde que sí: que una mujer grande, en la carnicería, tuvo un accidente, y que “la vinieron a buscar los del Cipec”.

19.35

Estaba apurado por entrar a casa. Venía Marilina a comer y aún tenía que ordenar el monoambiente. Habíamos quedado que venía a las 20. Antes de subir por la rampa empinada del edificio veo un revuelo en la carnicería de al lado y un móvil del SAME en la puerta y mucha gente cuchichiando expectante de algo. No me puedo sumar, no tengo mucho tiempo, sólo atino a caminar más lento para pispiar: no descubro nada, no sé qué pasó. “Bueno, sin queso, qué importa”, digo para mí.

19.49
Prendo de vuelta el botón rojo porque, antes que la señora llegue a su puerta, en mitad del pasillo, se nos cortó la luz. Igual debe estar acostumbrada a eso, se entretiene mucho siempre charlando. Más de una vez la sorprendí parada.

19.19
"Cebolla, fideos, carne: tengo –pienso-; me falta vino… puré de tomates… algo sin alcohol para Marilina… ‘…eres mi gran soldado, si abrazas el cielo, me quedare a tu lado, para llenarte de calor dururú ru ruru…’ ¿Qué es esto? 7up ¡H20! ¿Será agua…? ¡No!, es tipo Ser, lima limón finamente gasificada… Vale 10 centavos más que la Ser y la Villa del Sur; para probarla está bien... ‘…para quedarse sola dururururú dururulaas historias… nananananananaa…’”

19.43
¿Pero qué le pasó?, pregunto. “Se le cayó una media res en la cabeza”, revela la señora lisiada del 1º E. Y se ríe.

13.7.05

código civil

Esta mañana un hombre de negocios casi calvo leía con asombrosa lentitud el capítulo treinta del nuevo libro de Dan Brown, La conspiración. Sin tregua, mientras con una mano se agarraba la cabeza como tomándose la fiebre, escudriñaba el texto con precisión de especialista, sentado en un asiento tapizado de plush pomelo rosado; los típicos de la línea B de subterráneos. Desde Medrano hasta Carlos Pellegrini.

Más allá, lo de siempre: un sembradío de personajes inefables leyendo El código Da Vinci, del mismo autor norteamericano.

Alguno quiso dar la nota leyendo un ejemplar de Los mitos de la historia argentina 2 de Felipe Pigna; un loquito: no merece mayor desglose.

Desde que me mudé a Almagro y empecé a viajar todas las mañanas en este medio de transporte lo que más me sorprendió, en relación a los colectivos, es cuanto más leen los pasajeros de subte. Muchas cosas influirán: la clase social es más media (es mass media), el viaje es menos espasmódico y, seguramente, lo que Marilina me explicó: “Del subte cuelgan, intercalados a las argollas, ejemplares de El código Da Vinci; por si alguno se lo olvidó en la casa”, despejando mis dudas y las incógnitas de los que aún se preguntaban el porqué de esta situación incomprensible, de esta fiebre de lectores.

Pesquisando, supe de un convenio de octubre de 2004 rubricado entre Metrovías SA y la editorial Umbriel, “para fomentar la lectura en los pasajeros y así contribuir a la cultura ciudadana”, según reza el contrato en el artículo 2.

Algunas preguntas, sin embargo, siguen sin resolverse.

¿Cómo puede ser que haya gente que no lo hayan leído aún? ¿Lo estarán releyendo?

¿Por qué siguen desanudándose lentamente la corbata cuando descubren que el Santo Grial es en verdad, contra toda lógica, un hijo que Jesús y María Magdalena tuvieron y que la ex meretriz se llevó a París?

¿Les gusta realmente El código Da Vinci? ¿Qué dirán de la prosa de Dan Brown? ¿Leyeron otros libros?

Lo cierto, en todo caso, es, como también dijo Marilina: “Los ávidos lectores si se olvidan el libro, en vez de pedir fuego, les preguntan a los pasajeros contiguos si trajeron su ejemplar, o toman uno de los que están entre aro y aro; y siguen con fruición los enigmas que se esconden detrás de los cuadros del gran Leonardo”.

Yo, los días de apretuje subterráneo, aprovecho para otear las excelentes aventuras de Brown, por encima de los hombros de los falsos ejecutivos de cuentas.

12.7.05

paz hospitalaria

Casi no recuerdo mi infancia: recreo un todo de felicidad y algunas particularidades intrascendentes: un zapato furtivo en la fuente de Mataderos, mi tía y ese complejo habitacional gris del futuro, que no llegó hace rato, y no mucho más. Sin embargo rememoro con una extraña alegría cuando iba al médico con mi mamá, indefectiblemente, y con mi hermano, Agustín, a veces.

No sé por qué me daba esa rara felicidad visitar galenos.

Estoy hablando de la primera infancia, de cuando todavía iba al turno tarde, de cuando las mañanas empezaban a las 10, de cuando los otoños tenían colores de otoño, de cuando miraba Mazinger-Z, Astroboy o los Thundercats antes de ir al colegio.

Ir al médico implicaba entonces levantarse muchísimo antes. Se necesitaba ir al centro -una hora de viaje- y, en la mayoría de los hospitales, había que estar bien temprano. Desperezarse cuando el sol no había salido aún; cuando la tele sólo transmitía en todos los canales un círculo con la hora y la temperatura y barras de colores de fondo y un disco de Manolo Galván.

Era una experiencia en sí misma despertarse tan temprano.

Cuando me tocaba ir al IAPI, un sanatorio que según dicen quedaba en la calle Arenales, mamá me compraba, a veces, en una juguetería de la vuelta, algún ejemplar de una serie de libros ilustrados para niños del tipo “quisiera ser grande”. Uno que recuerdo especialmente es “Quiero ser futbolista”.

De la clínica de la obra social de Hacienda, que estaba hasta hace nada en Rodríguez Peña y Lavalle, recuerdo que tras los chequeos médicos comía medialunas en los cafés aledaños, como premio al ayuno obligado. Desayuno.

Pero lo que más me impresionaba de todo era la sensación de sencilla y rara armonía que me trasmitía el doctor -o la doctora- cuando me ponía el estetoscopio, frío como el invierno, en la espalda, mientras repetía “respirá hondo por la boca”, para, al segundo, ordenar suavemente: “Largá”.

Ese sentimiento de linda y extraña paz lo sentí además con algún sacerdote durante los momentos de confesión. Váyase a saber por qué.

Mamá siempre estaba más solícita, y más suelta del bolsillo, con Natanael enfermo –entonces no respondía a ese nombre-; los caprichos eran un plus que también debe influir positivamente en la balanza de la rememoración de la felicidad hospitalaria.

5.7.05

etapas

Bienvenidos al servicio 110 básico de Telefónica; éste servicio actúa por reconocimiento de voz.

Ud. puede consultar sobre: números de teléfonos; códigos de localidades o cambios de números, ¿qué servicio quiere utilizar?

- Números de teléfonos –dice Nolugareña.

Su consulta es por un cliente particular, empresa u organismo de gobierno:

- … Empresa –duda Nolugareña.

Por favor, diga el nombre de la localidad

- … ¿Capital? –piensa Nolugareña.

Disculpe, no escuché su respuesta.

- Capital Federal –asegura Nolugareña y piensa: "No escuchaste porque no dije nada maquinola".

Por favor, diga el nombre y apellido o razón social.

- Sindicato Argentino de Panaderos –dice Nolugareña.

Por favor, diga el nombre de la calle.

- … –calla porque no sabe Nolugareña.


Ud. pidió el teléfono de Pañales Mimito.