La otra es de Personal y es más linda y el protagonista es gordito y simpaticón. El conflicto surge cuando la madre le profiere zalamerías a una planta opulenta en tono susurral. El niño entreoye, se siente desengañado, anda en motoneta lloriqueando y después intenta fugarse de su casa. El remate es un “Me llevás” a la madre por parte del niño, que denota de qué manera uno muta de enojo a olvido, en esos años, con facilidad.
Me dio sonrisa y dos anécdotas parecidas vinieron a mi cabeza. Creo que todos tenemos algún intento de fuga entre tierno y patético en la niñez.
La huida de Nolugareña
Se había enojado con Madre por cuestiones trascendentales, entonces Nolugareña se dijo a sí misma “Así no, con Don Cámara, no”. Y se decidió a emanciparse cuanto antes. Aprovechando que Madre subió a tender a la terraza oteó el pasaplatos y le robó plata. Una suma suculenta que la ayudaría a sobrepasar el crudo invierno a la intemperie con sus 9 octubres. Sin el fantasma del paco -el único paco peligroso era el tío carpintero-, hurtó un billete de dos pesos y se aventuró a la aventura de la sobrevivencia. Habiendo caminado 2 cuadras, parece ser que cambió de opinión y empezó a dudar sobre si recular. Transitada la tercera calle llegó a Murguiondo y Santander -para esa edad era una mundo lejano Murguiondo y Santander, como Villa Pueyrredón o Antioquia-. La aventura estaba terminada. Entonces se compró un Tofi blanco en el kiosco de la esquina y volvió rápido antes de que mi mamá hubiera bajado de la terraza y antes de que empiecen Los Pitufos.
La casi huida de Natanael
No sé qué había pasado –pero seguro le habían dado la razón a alguno de mis hermanos ante algo, o eso creí yo, que es lo mismo- pero me enojé mucho y refrendé –con el dedito a lo Rocamora- que me iba de casa, lejos, a buscar mi destino, lejos ya de la injusticia del amor fratrial. La disyuntiva encontró su lugar –como tutor al tallo- ante la decisión de qué escoger para emprender la huida: no me podía llevar todo. Alienado con la idea del exiliado de los dibujitos no se me ocurrió mejor idea que buscar un palo de escoba y un pañuelo lo bastante grande como para anudarle a uno de sus vértices, a modo de bolsito. El primer inconveniente fue que el único pañuelo grande que recordaba era de mi mamá y tuve que sigilosamente ir a la cómoda –porque ella no iba a venir, porque, se sabe, es cómoda- y robárselo. Ya sentía culpa. De todo lo demás que me quería llevar lo único que quería preferentemente era las bolitas. Debía ser una de esas épocas en las que se jugaba a las bolitas, en mi infancia era cíclico ese tema; a veces se jugaba, a veces no, en la cancha de tierra del colegio-. Las acumulaba en un adorno que era una representación de una plancha de planchar de madera que se abría como una boca de pelícano por uno de sus costados y dejaba ver una concavidad en la que las bolitas dormían el sueño de los justos. La cosa es que justo que había abierto el pañuelo sobre el piso y quería verter las bolitas sobre el lienzo verde y negro de seda de Madre, Madre abre la puerta de la pieza. El escozor me empujó a acelerar el proceso para que no descubriera qué estaba haciendo, con tanto ímpetu que las bolitas dieron saltitos por la pieza –con su ruido característico- y Madre no entendía. Tuve que explicarle que me iba a ir de casa, que el pañuelo era para el palo, que lo único que me iba a llevar eran las bolitas: le exigía con los ojos que me pidiese que me quede. Menos mal que me lo pidió. Después tuve que juntar una por una cada bolita, que fueron a parar a confines tales como el priorato de Sión, debajo de la cama, Estambul o adentro de una zapatilla.