2.8.05

plomizo

En la salida de la estación Carlos Pellegrini de la línea B de subterráneos hay una especie de pasadizo jesuítico por debajo del Obelisco. A las mañanas –yo paso tipo 9.30- hay cosas que se repiten. Lo primero con lo que me encuentro es con un cantante callejero símil Víctor Heredia; contra lo que se puede imaginar no era insoportable: con el tiempo llegué a tenerle cierto aprecio y todo. Pero hará unos tres meses este señor de chaleco se trastocó.

Todo comenzó un día que lo sorprendí cantando “que se vengan los chicos de todas partes”. Fue el principio del fin del cariño recóndito. Conjuntamente con eso, empezó todos los días, mientras guitarrea un arpegio mántrico, a dar parrafadas de moralina: “Así es señora, señor. Las cosas por su nombre. El hombre con la mujer. La mujer con el hombre. Porque así nos hizo Dios. Dios no quiere ver al hombre con el hombre…”. O, quizás: “Hay que educar al niño. Mostrarle el camino. Uno tiene que ser el tutor del árbol para que el niño crezca derecho. Para que no nos salga torcido…”. Por estos días no hace otra cosa que eso. Y cada vez va subiendo el tono de intolerancia.

Más adelante hay una casa de ropa para usos belicistas. Un lugar para que te lustren los zapatos, con butacas, como si fuera una peluquería. Una joyería. Un kiosco. Un hippie shop de sahumerios. Y muchos negocios de comida, que, debido a la poca comunicación con la intemperie del pasadizo, siempre llenan de un vaho a fritura el ambiente, tornándolo irrespirable.

Pero este túnel se destaca en el mundo por los negocios donde se venden cosas antiquísimas. Allí se puede encontrar discos de vinilo, diarios del día de nacimiento de uno, libros ineditables, revistas viejas o reproducciones de DNI's de famosos en papel sepia, como el de Gardel en sus tres ediciones que desafían la metafísica (Buenos Aires, Toulouse o Tacuarembó).

Siempre, como nadie vende nada ahí abajo, los dueños de los negocios charlan juntos en el medio del pasillo del túnel de boludeces increíbles. Hoy, estaban discutiendo vaya a saber qué cuando uno refraneó: “Renovarse es vivir”. Fue muy simpático ver al dueño del local de las cosas viejas apersonarse, corriendo con los brazos ejemplares de Caras y Caretas del 1900 y publicidades gráficas de muñecos con alfileres en la cabeza, para contestarle: “Sencillamente, no comparto la frase”.

3 comentarios:

Apollonia dijo...

Amo ese pasadizo.

Y he comprado fotos en el negocio ése de misceláneas.

Es como un pedacito de ese Buenos Aires que no pude conocer.

diegä dijo...

Ese pasadizo es una perlita de la gran ciudad. El kiosko de ahi abajo, ese que sobre el pasillo tiene cientos de tarjetas de cumpleaños a la venta, es de un flaco amigo de mi familia.
La de sanguches de mila completo que nos comimos en el barcito de enfrente no tiene nombre. Todo con unos tangos de fondo, en obligatorio vinilo.
Hace meses largos que no paso. Espero no olvidarme.

natanael amenábar dijo...

Es pelilargo y sólo usa remeras deportivas de equipos de fútbol españoles (además de una de los Beatles): me animaría a decir que el flaco amigo de tu familia es hincha del Barça...

A fuerza de repetición, como todo, el pasadizo pierde el encanto que leo en Uds., usuarios temporales. El olor de mañana complica mucho el disfrute del túnel.

Marilina me dijo que existe otro túnel de similares características en Belgrano y la 9 de julio, ¿alguien sabe algo?