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19.9.08

orden y progreso

Podía pasarme horas disponiendo objetos en una superficie. Equidistantes, con lógica, con cierta belleza, con estilo. De pibe cualquier ocasión era propicia para vaciar una caja sobre la mesa del living. Después era cuestión de ordenarlas. Piedras, muñecos, autitos, caracoles.

No es extraño entonces que, avanzado en la carrera de diseño gráfico, un día, me decidiera a dejar todo por mi vocación: ordenar.

Ya había adquirido ciertos conocimientos del espacio. Ya había aprendido de linealidad, de balance, de contrapeso. Había estudiado minuciosamente la composición del plano que hacían los constructivistas rusos. Ya había observado la frialdad de la escuela bauhausiana. Ya había admirado hasta el hartazgo el equilibrio de Piet Mondrian. Pero lo mío no era el plano, acomodar lo chato, plantar una hoja, diagramar. Lo mío era, cómo decirlo, más plástico… ¡era ordenar los objetos! No era arquitectura tampoco, era más parecido al trabajo del diseñador de ambientes, si se quiere, pero con lo impredecible como factor determinante. Porque en una revista de decoración (siempre esas casas se ven en revistas, no conozco nadie que tengas esas casas en su casa), decía, en una revista de decoración, se puede admirar la sutil capacidad, el gusto de un elegante diseñador que dispuso un sillón perpendicular a la mesa ratona provocando un oasis para los ojos, se puede, cómo no. Pero el azar no contribuye en esta disciplina, uno elige sus elementos y compone, y cuanto más capital tenga más sencillo será que los objetos se articulen de acuerdo a lo que buscamos. Mi interés era más inverosímil. Yo quería ordenar objetos ya dados, poner mi creatividad manifiesta al servicio del orden de lo establecido, el equivalente a hacer una rica ensalada con las cosas que quedan en la heladera. La obra como resultado de lo azaroso.

Un tiempo anduve a la deriva, lo reconozco, en la certeza de mi interés trascendente, pero en la imposibilidad de ganarme la vida con eso. Hay que sincerarse: entendí que era un hobby, como coleccionar estampillas, no era fácil ganarme la vida con eso, por eso pensaba cómo.

Trabajaba de ayudante contable, mientras tanto, pasando a un software muy poco amigable las facturas de establecimientos comerciales para sumar crédito fiscal descontable del pago de IVA, para un contador de barrio. Lo bueno de este tipo de trabajos mecanizados es que se hacen sin tener que pensar en hacerlos. Y todo ese pensamiento se puede poner en función de las ideas abstractas. Y pensaba mucho. Pensaba en cómo hacer para poder vivir de lo mío, soñador de mí, vivir del orden, que no es limpieza, es el orden. No confundamos orden con limpieza, por favor. Yo puedo vivir en un ambiente sucio pero condenadamente ordenado. Pero me es imposible ser feliz con un montón de ropa apilada sobre un parqué reluciente.

Mi entonces jefa, la contadora Echevarria, me mandó al bar de Arribeños a buscar las facturas y los 24 rollos de la máquina registradora, para calcularle el IVA. Cuando llegué, Martínez, el dueño del bar El Monarca, me hizo esperar un momento porque se había olvidado de juntarme los comprobantes. Entonces me sirvió un café con leche, mitad y mitad, y me dejó de frente al televisor flotante enclavado en Crónica desde tiempos inmemoriales. Y lo vi, con mis propios ojos, no lo voy a ver con ojos ajenos, y todo cerró, estaba todo tan claro, cómo no me había dado cuenta antes, sería porque lo miraba con ojos ajenos.

Quizás haya sido mi animadversión congénita a las fuerzas de seguridad lo que hizo reprimirme lo que siempre tuve tan claro, El Decomiso. ¡Yo quería ordenar el decomiso! Quería ser quien pusiera las balitas por acá, los revólveres en fila por allá, las pastillas decomisadas en figuras sorprendentes, quien acomodara equidistantemente los 45 paquetes de marihuana, cubriendo una superficie de frontera toda.

Pregunté en una comisaría dónde se hacían los cursos de acomodamiento de decomisos y se rieron tanto de mí que supuse que la tarea estaba en manos de improvisados aún. Hice un curso en la Policía Científica, con el solo fin de empezar a conocer gente relacionada con estos procedimientos llamados “tortuga blanca”, “diamante blanco” “tormenta de fachos”. Y ahí nomás me fui haciendo camino. Desde el principio supe que no tenía que convencerlos de la importancia del orden del decomiso, supe que tenía que hacerme cargo: los resultados solitos me iban a dar la razón a la larga.

Mi primer laburo fue en el año 1997 en un aguantadero en Isidro Casanova. Hice un gran trabajo de composición, eran esos barrilitos plásticos made in china que se abrían a la mitad y que contenían un paño con el huequito para poner un anillo. Debajo de la felpa de esos 1000 barrilitos se ocultaban dosis de cocaína de 2 gramos, por unidad. Lástima que no llegó Crónica para documentar mi trabajo. Le puse a mi obra “Redondo redondo barril sin fondo”, haciendo un juego de palabras con el anillo ausente. El procedimiento secreto se llamó “barrilitos blancos”. Al otro día dijeron que habían encontrado 800 barriles. Desde ese día impuse secretamente la idea de ponerle nombre a mis obras efímeras. Era efímera porque se desdecomisaba tan rápido como la foto que mi compañero Salvatierra sacaba, y además era única porque nunca aparecerían la misma cantidad de objetos que al momento del decomiso se hacían. Era arte en movimiento, con lo dado, desde el azar, con objetos que no existirían más, y con la certeza de que no se podía preservar en el “lienzo” por más de quince minutos.

Recuerdo cuando delinee lo que llame Menta y Limón, compuesto por 2 pistolas semiautomáticas 8mm más 17 balas de plata, sobre un acrílico de 25 x 4 cm. El resultado fue tan conmovedor que lloré. Intenté autocomprarme mi realización, no me dejaron. Al momento del soborno, en un descuido, quedaban sólo 12 balas: la obra se había desvirtuado por completo.

Ahí supe que nunca podría preservar mis obras, y esa certeza me llevó trabajar desde lo audiovisual, mediante las filmaciones de canales de noticias, como desde lo gráfico, con la ayuda de Salvatierra, quien guarda mis mejores trabajos en su archivo y con quien estamos planeando para fines de 2009 hacer una exposición en la Departamento Central de la Policía Federal. Se llamaría Decomisos, y están todos invitados, desde ya.

11.6.08

¡Carajo! ¡Mierda!

- Bueno, ¿cómo están? Ja ja... –ríe Mirtha algo nerviosa, los globos entre las piernas, bajando las clásicas escaleritas de su programa de almuerzos- Estoy toda enredada. No puedo. Les juro que no puedo – intenta dar con el copete mientras el vestido largo se le enreda con los miles de globos-. Bueno... a ver… voy a intentar... esperen un momentito... esperen… esperen… con paciencia… Un momentito, ¡con paciencia! ¡Por favor!

La diva descubre que la cámara está tomando su perfil menos favorable, y se enoja: Con esa cámara no, corte, corte. Así, yo no. ¿Así? ¡No! De perfil allá –señala el monitor- ¡No! ¡No me gusta! ¡No me gusta! Retoquen el pelo, por favor. ¡No me gusta! ¿Voy a estar una hora acá? Yo soy una mujer grande, no puedo estar así.

Daniel Tinayre, un poco cansado de los divismos de su mujer, le miente: “No había Perfil”, ¡para qué! Mirtha responde muy segura: “Había perfil, había perfil” y cambia de tema “¿me arregla esto por favor? ¿Hay peinadora? ¡Ay! ¡Qué horror!"

Daniel sale del control y llega hasta el piso del estudio para conversar con su mujer y convencerla de que se tranquilice. Le dice: “Si querés no lo hacemos. Así está perfecto, si queres no lo hacemos”. A Mirtha eso es como torearla, con lo profesional que es, y le contesta: “Es que yo estaba segura. Dije, 'le va a fallar algo'. ¡Ya de entrada le falló la cámara! ¡Ya de entrada ta ta ta ta ta ta… corte! Le salió mal... ¡Después resulta que no le graba! ¿Pero nos está tomando el pelo?"

- ¿Pero pod qué te ponés en este estado? -le retruca Daniel.

- Pero… -alcanza a decir Mirtha.

- Pedo –la interrumpe Daniel- ¿pod qué te ponés en este estado? ¡Calmate!

- ¡No me calmo nada!

- ¡Calmate!

- ¡No me calmo nada!

- Entonces te pedjudicás. Si no te calmas, te pedjudicás vos. –sentencia Daniel.

- ¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad! –se lamenta Mirtha, buscando tranquilizarse.

- ¡Denle un vaso de agua pod favor! –indica Daniel, con algo de sorna.

- ¡No! –explota definitivamente Mirtha- ¿Qué agua? ¿Qué se creen? ¿Qué soy estúpida yo? ¡Tengo el cerebro muy bien!

- Yo no creo que ponedse así sea beneficioso –intenta razonar Daniel.

- ¡Pero mirá! –señala un monitor Mirtha y enumera- hace tres días que estoy grabando copetes, ¡y hace tres días que estoy repitiendo! ¿Sí o no? ¿El equipo? ¡¡Tres días que estoy repitiendo!! ¡Qué barbaridad! ¡Dios mío! ¡Esa técnica de mierda! ¡¡Ese tipo que me arruinó un año de trabajo!! ¡Que nunca apretaba el botón que tenia que apretar! –Visiblemente irritada Mirtha se saca de encima una colaborada- ¡No quiero! ¡No quiero! Yo no necesito agua, muchas gracias. ¡Es indignante! ¡Juegan con la salud de una! ¿Qué se creen? ¿Qué una tiene veinte años? ¡¡Demasiado esfuerzo hago!! ¡Carajo! ¡Mierda!

8.4.08

cabezón

- Todavía falta que lleguen algunas personas, ¿no? -preguntó, impertérrito, habituado, el señor de negro.
- Falta mi novio.
- ¿Les molesta si dejamos pasar otros autos?
- No… está bien.

La misteriosa señorita J. es una relativamente flamante compañera de trabajo. No hará más de 7 meses que trabaja conmigo. Hará unos meses el padre se enfermó. La semana pasada murió. Fuimos al entierro. No lo velaron.

- ¿Qué hace ese tipo con la camiseta de Boca? –dije, por decir algo.
- Será algo que arreglaron con el que murió. Onda, si me muero vení con la camiseta.
- No sé, para mí que no, para mí es un desubicado.
- Para mí arreglaron eso, muchos lo hacen.
- Yo qué sé… ahora… el novio se zarpa.
- Capaz que le pasó algo.
- ¡Dejate de joder! Se murió tu suegro, lo mínimo que podés hacer es pasar la noche con tu novia.
- Andá a saber cómo arreglaron.
- Qué arreglaron qué…
- …
- No sé si lo pensaste, pero en total, contando los familiares, somos 7 chabones, así que es muy probable que tengamos que llevar el cajón nosotros.
- Ah… no lo había pensado.
- Y estoy contando al novio, que esperemos que llegue.
- …
- Fui a dos entierros en toda mi vida, un tío y mi abuelo, y nunca tuve que llevar el cajón.
- Yo tampoco.
- Y llevar al cajón de un tipo que no le conozco la cara ni por celular cuanto menos es raro.
- Y… sí.
- Ahora, sólo un amigo del trabajo y un primo, la mujer, la hija, y una hermana es poquísima gente.
- Sh… boludo.
- ¡Shh qué! Somos 6 del trabajo y 5 familiares, sin contar al novio de la hija. Si no cambiaba de trabajo no había gente ni para llevar el cajón. Tenían que contratar extras. ¡Es raro!
- Sh…
- Ni las amigas vinieron, es muy raro, no me digas que no.

Apareció el novio. Se había perdido en los laberínticos pasajes del Cementerio de la Chacarita. Saludó como si nosotros fuésemos los deudos y no él. Después abrazó a la novia y le dijo algo.

- ¿Ya están todos? –preguntó el hombre de negro.
- Sí –respondieron la mujer del finado y la misteriosa señorita J. al unísono.
- Por favor, necesito 6 caballeros.

Cuento: el novio, el primo, el amigo del trabajo; se necesitan tres más. Somos 5 flacos del laburo. Se emancipan 2; otros 2 se hacen los boludos. Me mando. Me queda la manija del medio a la izquierda. Tengo más fuerza con la otra mano. Tendría que haberme anticipado y elegir manija, pienso. El tipo de negro da instrucciones como un cuidacoches te explica cómo estacionar. En menos de 20 segundos estamos ante un cura que lee unos pasajes de la Biblia. No rezo. No rezo porque no creo y no rezo porque me parece al pedo, si ni lo conozco, pienso. Las oraciones las sé del colegio. Le tiran agua bendita. Alguno llora. Los demás están ahí de compromiso, al menos la mayoría.

- Esperemos que por lo menos sea nicho –digo, caminado, siguiendo la procesión mínima de coches, que se alejan hasta que la perdemos de vista.
- ¿Por qué?
- Porque nunca fui a un entierro entierro y que esta sea la primera vez es too much.
- Me parece que es entierro eh.
- Uf…
- ¿Ves los coches?
- No, creo que los perdimos, apurémonos.
- ¡Qué esperen! El novio llegó media hora tarde y ni siquiera se ofreció a llevarnos en el auto. Además nos necesitan.
- …
- Ahora aparece la amante de toda la vida con un velo negro y le deja un rosa.
- Sh… boludo.
- ¿Qué?
- Ahí están.
- Ah…

Cinco empleados municipales vestidos estrictamente de celeste grisáceo nos dan unas indicaciones prácticas para que saquemos el cajón y lo apoyemos “por ahí”. Tienen las botas tan recubiertas de barro que parecen la Unión de Fabricantes de Zapatos Ortopédicos (UFZO). Pasan unas cintas de cortina americana por las manijas. Antes que nos demos cuenta ya lo metieron en el foso. En un santiamén lo cubrieron de tierra: lo enterraron.

- Che, qué bajito que lo entierran.
- Psí…
- Y ahora qué onda.
- Esperemos un rato.
- …
- …
- Bueno, vamos al pasillo.
- Dale.
- …
- …
- Estoy pensando que uno empieza a ser más viejo que joven cuando tenés que ir a más entierros que minas te cojés.
- …es cierto, no lo había pensado así.
- ¡Sí es así yo soy viejo desde los 20 años!
- ¡Yo desde que nací!
- Shh…
- Perdón.

- ¿Pesaba mucho mi papá?
- Y, no… no sé, igual éramos seis.
- Era grandote él.
- …
- De huesos grandes.
- …
- Igual en el último tiempo había adelgazado mucho.
- Y sí…
- Era cabezón, ¿sabías?
- Mmm… no.
- Le decíamos cabezón porque era terco.
- …
- …
- ¿Pero era cabezón por terco o por cabezón?
- Por la dos cosas.

29.11.07

el cervantes te queda manco


Cerezas
Esa mujer que ahora mismito se parece a santa teresa
en el revés de un éxtasis / hace dos o tres besos fue
mar absorto en el colibrí que vuela por su ojo izquierdo
cuando le dan de amar /
y un beso antes todavía /
pisaba el mundo corrigiendo la noche
con un pretexto cualquiera / en realidad es una nube
a caballo de una mujer / un corazón
que avanza en elefante cuando tocan
el himno nacional y ella
rezonga como un bandoneón mojado hasta los huesos
por la llovizna nacional /
esa mujer pide limosna en un crepúsculo de ollas
que lava con furor / con sangre / con olvido /
encenderla es como poner en la vitrola un disco de gardel /
caen calles de fuego de su barrio irrompible
y una mujer y un hombre que caminan atados
al delantal de penas con que se pone a lavar /
igual que mi madre lavando pisos cada día /
para que el día tenga una perla en los pies /
es una perla de rocío /
mamá se levantaba con los ojos llenos de rocío /
le crecían cerezas en los ojos y cada noche los besaba el rocío /
en la mitad de la noche me despertaba el ruido de sus cerezas creciendo /
el olor de sus ojos me abrigaba en la pieza /
siempre le vi ramitas verdes en las manos con que fregaba el día /
limpiaba suciedades del mundo /
lavaba el piso del sur /
volviendo a esa mujer / en sus hojas más altas se posan
los horizontes que miré mañana /
los pajaritos que volarán ayer /
yo mismo con su nombre en mis labios /

Opiniones

Un hombre deseaba violentamente a una mujer,
a unas cuantas personas no les parecía bien,
un hombre deseaba locamente volar,
a unas cuantas personas les parecía mal,
un hombre deseaba ardientemente la Revolución
y contra la opinión de la gendarmería
trepó sobre muros secos de lo debido,
abrió el pecho y sacándose
los alrededores de su corazón,
agitaba violentamente a una mujer,
volaba locamente por el techo del mundo
y los pueblos ardían, las banderas.

14.11.07

formas

Felisa Dellacarbonara está desayunando. Es verano y el sol entra como un puñal por el ventanal que da a la plaza Vicente López. El sol en otoño es menos violento, es suave, te permite quedar un largo tiempo expuesta a su calor sin que te moleste, piensa Felisa, incómoda, sentada de frente al sol con los ojos cerrados. Sobre la mesa se disponen con obsesiva equidistancia la tetera que heredó de su abuela Miss Ethridge, con hebras de earl grey, una taza de porcelana con las iniciales FD dada vuelta sobre el plato, pan, manteca de cabra, mermelada de calafate y siete masas de anís.

El diario está plegado en sus dos dobleces, en el vértice más cercano de la mesa. Felisa respira hondo cuando suena el teléfono. Abre los ojos y no puede ver nada, la persistencia de la claridad del sol le impide saber dónde está. Se restriega los ojos. Intenta hallar al teléfono inalámbrico al tanteo, ciega, sin suerte. Cuando lo agarra, no suena más. Espera. No vuelven a llamar. Despliega el diario para contemplar la portada y pasa las noticias sin demasiada atención: lee títulos sin llegar entenderlos y mira las fotos como formas, no como conceptos, como quien mira una sombra sobre el césped. Medita sobre la tranquilidad que siente desde que decidió mudarse sola al edificio de la calle Montevideo de la familia. Ya va para los 25 años, está por terminar el curso de curadora de galerías de arte y necesita replantearse algunos temas antes de decidir formalizar la relación con Luciano Garrochategui. Contrario a lo que imaginaba no le es difícil hacerse cargo de las actividades de una casa. Por primera vez en su vida se siente útil, aunque íntimamente desprecia esa virtud. Mientras piensa, pasa las páginas. Llega a información general. Se queda dura ante una imagen. Es la foto del edificio donde viven sus padres. Lo reconoce por la tienda de ropa de bebés de la planta baja. Deja de lado las intermitencias de la mente para concentrarse en la lectura.

Asesinan empleada de limpieza
del arquitecto Dellacarbonara

- ¡Dolly…!

(Agencias) En la madrugada de ayer hallaron sin vida el cuerpo de Dolores Rey, empleada del renombrado arquitecto Alfonso Dellacarnbonara, aparentemente, como consecuencia de forcejeos durante un asalto. El cuerpo de la mujer, de 66 años, fue encontrado sin vida en medio de la calle Perera, casi esquina Quintana, del barrio porteño de Retiro.

- ¡No!

Un allegado a la familia Dellacarbonara contó a este medio que Rey trabajó durante más de 35 años como empleada de limpieza: “Dolores siempre fue una mujer trabajadora, tenía la confianza de la familia. Fue muy estimada por quienes pudimos conocerla”.
El comisario Hernán Salinas, de la seccional 15 de la Policía Federal, aseguró que el matrimonio se encontraba en Punta del Este al momento del crimen. “Ya fueron anunciados del suceso, regresarán para testificar lo más pronto posible”, reveló Salinas. También comunicó que se sigue la hipótesis de “muerte por hurto”, ya que al ingresar al departamento encontraron “en medio de un desorden general, papeles revueltos, alfombras desprendidas y prendas de vestir esparcidas en el suelo”.
Rey, según fuentes policiales, tras una puja con los maleantes, habría sido arrojada desde el balcón hacia la calle. Esta tarde se llevará a cabo la autopsia. Los resultados, esperan los especialistas, arrojarán más datos sobre la muerte.

Ciega, otra vez, Felisa deja caer una masa seca de su mano derecha temblorosa. La masa rueda hasta detenerse sobre Ariel, el portero, que barre el hall de la que fuera su casa hasta hace dos meses, inocente de que saldrá al otro día en todos los medios, declarando sobre la familia, sobre la señora Rey y sobre su propia conmoción. Como en un sueño recuerda la sonrisa eterna de Dolly, la paz que trasmitía, el apoyo que le dio cuando decidió irse a vivir sola, la cajita que le había hecho cuando todavía era una niña: forrada, de cuadrillé rosa, con volados, y una muñeca bordada en la tapa, que guardaba en su mesita de luz. La usaban para mandarse cartitas, contarse secretos. Suena nuevamente el teléfono. Atiende.

- Felisita, ¿viste La Nación? –dice atolondrada Inés, la hermana de Luciano.
- Sí…
- No somos nada, nena, ¿qué habrá pasado? ¿Hablaste con tu papá? Tan vital que era la señora Dolores. Yo no sé… son unos desalmados, qué les podría hacer una vieja a ellos. Para mí que estaban buscando algo de Alfonso, aprovechando que estaba de viaje.
- …
- Hoy estamos… mañana quién sabe. ¿Felisita?
- …

Alfonso y Úrsula Dellacarbonara son sorprendidos en Aeroparque por los medios de comunicación. Los micrófonos de goma espuma se dirimen para ver cuál es el que choca más fuerte contra el rostro del arquitecto. “No vamos a hacer declaraciones / disculpen / estamos muy apenados / ya hablaremos cuando estén las cosas más claras”, Dellacarbonara se disculpa en retiradas oportunidades, mezclando las cuatro oraciones en distintos ordenes como para no pasar por reiterativo, hasta que al fin pueden entrar, con ayuda de la seguridad, en el asiento trasero del Audi. “Infernal: 39 grados de sensación térmica”, dice el locutor del programa de radio que escucha el chofer. Los vidrios polarizados los resguardan de los reporteros y los flashes. Se toman de la mano y se miran brevemente. Luego cada uno aleja su mirada hacia la ventanilla. Se sueltan las manos y se quedan viendo formas hasta llegar a la casa de Felisa.

- ¿Felisa?
- ¿Mamá?
- Sí, mamá, mamá…
- Abrí princesa –imposta dulzura Alfonso.
- Ya bajo papi.

- ¿Por qué no me atendían? –solloza Felisa abrazada al vientre de su papá.
- Apagamos los celulares porque no paraban de llamarnos –se disculpa Úrsula-. Te llamamos varias veces pero no atendía nadie, chiquita.
- Nos vamos a quedar acá unos días hasta que empiece a normalizarse el asedio de los periodistas, ¿sí, princesa?

Felisa asintió con la cabeza. Y no dijo nada durante el resto del día. Sólo ella entendía el amor que tenía por Dolly. Fue su madre sustituta, su institutriz, su confidente y su consejera, su amiga más fiel y la persona que más límites le puso en su vida. Recordó de pronto el último día que estuvo en su departamento. Dolores había horneado tarteletas. Se quedaron hablando en la cocina, largas horas, hasta la madrugada, cuando vencida por el sueño Felisa apoyó sus manos en la mesa y su cabeza sobre sus manos y se quedó en paz como un gatito que encontró un rincón calentito, mientras Dolly le acariciaba el pelo con sus manos. En el sueño entreoyó “de no haber sido por vos, Felicita, me hubiese vuelto a Corrientes hace ya veinte años, sos una parte de mí, te voy a extrañar muchísimo.”

Pasaron los días. El tema fue mermando en las agendas periodísticas. Sus padres volvieron al departamento cuando las guardias cedieron en intensidad. Felisa volvió cuando sus padres ordenaron los destrozos. Aún seguía la fragancia de Dolly en el ambiente. Fue a su cuarto y se quedó dormida.

- Buenas noches Rodolfo.
- Buenas noches Cristina.
- El país está conmocionado con el revelador giro que dio el caso del arquitecto Dellacarbonara.
- Vamos a las imágenes.
- Estupor. Esa palabra resume cómo la ciudadanía recibió la inesperada noticia. El caso Rey dio un giro imprevisto. La muerte de la empleada de limpieza habría sido planeada por el matrimonio Dellacarbonara. El rumor, que cobra fuerza, se basa en que la hija del reconocido arquitecto, Felisa, habría acercado pruebas. Hasta entonces la hija no había hablado con la prensa. Trascendió que habría hecho llegar a la Justicia una carta. En ella se revelaría por qué Rey habría sido arrojada por el balcón el jueves pasado. La carta habría sido escrita antes de morir, amenazada por la misma familia. Felisa hará una conferencia de prensa mañana. Se estima que revelará el contendido del mensaje que Rey dejó.
-
La calle opina de suceso.

5.10.07

otro cuento: qué bueno es verte sonreir, uh

De cómo Andrés transformó su atípico don en una actividad rentable logrando posicionar productos en la canasta básica sólo acudiendo a su extraordinaria sensibilidad

Había una vez un tipo que tenía una sensibilidad inédita. Y era tan atípica esta sensibilidad que le había permitido conseguir un trabajo exótico, lo que se dice un nicho en el mercado. Yo lo conocí. Se llamaba Andrés. Trabajaba como espectador sensible para empresas de publicidad. Le pagaban para pasarle una publicidad y que diga cómo la veía. El tema era así: le daban vino, cigarrillos, películas, merca, cable, internet, faso, fútbol codificado, porno, y lo dejaban dormir, soñar, cagar, cocinarse, pajearse, hablar por teléfono, escuchar música, la radio, lo que él quisiera en un coqueto caserón de una zona residencial de Villa Urquiza. Y ahí, cuando estaba en el nirvana del conocimiento de sí mismo -y de la realidad social toda-, cuando estaba lúcido, irónico, inteligente y feliz… ¡zak!, le metían una publicidad. Cuando terminaba de verla, una voz en off le preguntaba “¿Qué te pareció Andrés?”.

Andrés decía qué le parecía, efectivamente, y después proponía ligeros cambios sobre la idea fuerza o la bochaba de cuajo. No era un creativo, era una especie de corrector audiovisual, un editor, un crítico sagaz de la modernidad. Advertía, “demasiado tétrica” o “algo angustiante”, por ejemplo. Adjetivaba sus sentimientos primales. Como un sommelier estampaba su parecer sobre el producto: “Posee un buen comienzo, con ideas que azuzan lo sensible. Los materiales elegidos son nobles y tienen buena llegada a esa clase media a la que está dirigido el producto. Sin embargo, al final deja en alma un sabor de impunidad y desesperanza. Habría que darle un toque más épico, más nepólico. Propongo violines increscendo, un remolino de colores brillantes antes de que termine o sino contratar a Alejandro Fantino para presentador. Eso sólo si quieren posicionarse en el mercado con este novedoso desodorante Glade para casas rodantes”.

Yo trabajé con él 4 años inolvidables, le hacía la voz en off de lunes a viernes entre las 11 y las 20 horas. Era un buen turno, Andrés empezaba a trabajar recién después de las 15. Con todos esos placeres a mano no se iba a dormir nunca antes de las 6 de la mañana. El trabajo más pesado se lo llevaba Manuel, que hacía el turno 20/4. Después estaba Felipe que sólo supervisaba que no pase nada raro entre las 4 y las 11, que no se drogue tanto, que baje un poco, para arrancar lúcido al otro día, no tan desencajado. Se buscaba que esté atento y sensible pero en paz consigo mismo. Felipe era psicólogo y lo guiaba en ese lapso clave para que decida poner música relajante, ver una película de aventuras, terminar la novela de Sydney Sheldon que había dejado para después, o para que se fume un porro, se dé un baño con agua caliente y se vaya a la cama, a acomodar sus pensamientos.

Andrés sólo podía salir de la casa los fines de semana. Pero era tan placentero el Hotty, como llamaba él a la casa, que muchos fines de semana invitaba a una minita que le gustaba de algún comercial y se quedaba adentro.

Recuerdo cuando trajeron una publicidad de una pastilla, tic tac, que se brotó de risa: parecía psicótico. Era de una empresa que no estaba en nuestra cartera de clientes por lo que a nosotros nos convino que fuera tan mala. Pero hubo una época que aprovechándolo a Andrés le poníamos cualquier cosa para que nos diga qué le parecía, para aprender nosotros también, desde su soberbia sensibilidad. “Es un genio. El tipo que pensó que podía ser buena la imagen de unos oficinistas salidos de Melrose Place que empiezan a hacer un acto de Stomp al momento de escuchar el sonido del producto, logrando que toda una oficina se mueva a un ritmo africano y juculante, pletórico de felicidad, provocado por la pastillita, realmente, es un genio. No será un gran publicista pero quiero ser amigo de él.”

El momento cumbre de Andrés dentro de la industria de la publicidad fue sin lugar a dudas el posicionamiento a nivel marca de Kinder, el huevo con sorpresa. Las publicidades eran “lavadas, extranjerizantes, lamentonias –Andrés usaba palabras inventadas como ya se habrán dado cuenta- y con poca llegada al niño”. Cualquier otro espectador sensible hubiera dicho que era mala y a otra cosa, algo así como “tráiganme una Playboy, un Jack Daniels y después la seguimos”. En cambio, Andrés, la aprobó. Con ligeros cambios. Y vaya que le fue bien a la empresa con esos huevos.

¿Qué vio en esa pieza publicitaria? Un día le pregunté, en off, y me dijo que era elemental: había que lograr que los padres crean que ese huevo era la mejor golosina para sus chicos. “Porque está muy difunditada la idea de que los chicos son los que deciden qué comprar, pero en realidad son los padres quienes deciden hacerlo o no. Los chicos pueden querer que le compren un pepucho, pero si los papás ven a los pepuchos como malos, no se lo van a comprar nunca, por más que pataleen o gruteen. En cambio si creen que ese pepucho los va ayudar a crecer sanos, a desarrollarse en libertad y a tomar las decisiones correctas, obviamente van a comprarle mil pepuchos al nene. Pero con el detalle esencial de que la franja etaria de entre 25 y 40 años está compuesta por padres jóvenes que crecieron comprando Topolín con sorpresa y chocolatines Jack. Pensé, si a esos padres que ya compraron al huevo porque es nutritivo y sano le agregás un juguetito, vamos a romper todo, vamos a ser un país consumidor de Kinder. Hice un clic. Mandé a llamar al cliente y le dije que hacía falta un jingle pegadizo de Raúl Parentella, con chicos lindos sonriendo y con padres que hagan todo por sus hijos. Porque el huevo no tiene que estar dirigido a los chicos sino a los padres. Tiene que ser una publicidad ochentosa encubierta, mendité. Y no me equivoqué”.

Los números hablan por sí solos: la campaña local en poco tiempo fue adoptada a nivel global por la empresa KinderGardtta. Kinder hoy es el huevo más comprado en el mundo, más aún que los huevos de gallina. Hay más compradores de Kinder entre las personas de entre 25 y 30 años que chicos que le piden a los padres el huevo. Se estima que hacia el 2027 todo el mundo conocerá al menos a un coleccionista de juguetitos de Kinder. Con ligeras variaciones, en países tan distintos como la Argentina, Portugal y Singapur se dice éste vive en un Kinder para expresar que alguien está desentendido de lo que sucede en el país. El 2009 será considerado por las Naciones Unidas como Año internacional del huevo Kinder con sorpresa.

11.9.07

Sandra y Héctor

Héctor firmó por propia voluntad y con su mano más hábil el formulario de la estupidez humana: 30.000 personas esperaban que echara al 4 de Olimpo y él palpándose los bolsillitos una y otra vez como si mágicamente pudiera aparecer la tarjeta. “Qué nabo importante”, se culpó. Había agarrado dos amarillas. Hizo como que el cuarto árbitro lo llamaba y se corrió un pique hasta los bancos, le acercó la oreja a Benavides, como si le estuviera soplando algo, asintiendo con la cabeza con cara de voy a tomar nota de lo que me decís. Después le susurró: “Traeme rápido una roja, me la olvidé en el vestuario, ¿podés creer?”. Volvió caminando al centro del campo donde yacía el 10 de Belgrano y le dijo al oído: “Sino te hacés el dolorido un rato más no echo al 4”. Hizo ingresar a los médicos con un ademán mientras de coté relojeaba la vuelta de Benavides. La imagen de Sandra le volvía a la mente como una de las formas mejor terminadas de la obsesión. Paveó con un pie un rato. Trotó desentendido cuando se dio cuenta que su colega volvía. Hizo como que le volvía a decir algo, a la vez que se guardaba con carpa la tarjeta en el bolsillo. Volvió al lado del 10. Habían pasado 3 minutos: no echó al 4, eso hubiera demostrado el olvido. En la primera que el 4 fue fuerte sobre uno de los de Celeste le hizo dejar la cancha por doble amonestación y sin tutía. “Una injusticia justa”, se justificó. Después salió con la Policía provincial, escoltado.

Sandra está erguida frente al espejo, inmóvil de tan tiesa, con los ojos bien abiertos. Hace días que no sale de su casa. Está muerta. La mató Héctor. La asfixió con una bolsa de Coto. Ella había amenazado con contarle a su mujer que hacía 20 años que se veían a escondidas. Lo había planeado todo desde que sospechó por primera vez que se estaba viendo con la Joni, compañera de Sandra de trabajo, mucho más joven que ella. Pero la realidad era otra, y es la única verdad, se sabe, y él la dejaba porque estaba dirigiendo sus primeros partidos de primera y no le cerraba tener un amante tan particular. Sandra lo conocía desde chica: eran compañeros de colegio, iban al Champagnat, vivían en el centro y se encontraban a jugar al fútbol casi todos los días a la tarde, enfrente del Ministerio de Educación, en la calle Rodríguez Peña. Sandra en ese entonces era Gabriel y jugaba porque le gustaba sentir los cuerpos más que por amor al deporte. Cabecear en un corner o una falta fuerte con revolcón incluido era material más que suficiente para las noches reveladoras de principios de los ochenta. Ambos venían de familias acomodadas y tenían futuros promisorios hasta que un hermano Marista encontró a Gabriel haciéndole un pete a Héctor en el baño del colegio. Estaban por terminar quinto año, y estaban para cualquier cosa. “Desde que nos conocimos nunca nos separamos”, pensó un segundo antes de morir Sandra -y parecía seguir pensándolo frente al espejo ahora, tras 4 días de lenta pero inexorable putrefacción melancólica, como si eso fuese posible-. Un vecino denunció olor raro: así se desencadenó el final de la en principio eterna coquetería de la Sandra muerta y acicalada y su reflejo. No la velaron.

Sandra es Sandra porque amó siempre a Sandra Mihanovich. Un día la vio en Badía y Compañía y se enamoró como un puto de una mujer, desde la admiración, y se aprendió todas las canciones, e incluso fue al foníatra para que le enseñe a poner la voz que tenía Sandra en Puerto Pollensa, y ahí se iba ella frente al espejo y se cantaba No me quedan más disfraces para actuar, no me quedan más palabras para no llorar, no me quedan más sonrisas para dibujar, tanta felicidad que ya no tengo. Y lloraba, se sentía una sola con Sandra. Sentía que Sandra la entendía, la quería mucho a Sandra. Y tomó una decisión: era 1988, sex humor, el destape, la híper, felices pascuas, y ella quería ser la primera transformista argentina. Leyó muchas revistas que traía su mamá de afuera y sabía de Lisa Minelli, de Barbra Streisand, de Dusty Springfield, y de los tantos transformistas que las imitaban. Ella quería ser la primera transformista argentina y había elegido su diva: Sandra; y su repertorio: Cuatro estrofas; Me contaron que bajo el asfalto; Es la vida que me alcanza; Mil veces lloro. Y mil veces lloraba frente al espejo. Un día no aguantó más y se fue a Finalísima y se quedó en la puerta de Canal 9 hasta que apareció Leonardo Simmons, y después apareció Sandra, y lloró. Y entre lágrimas le dijo que la admiraba mucho y que hacía un show de transformismo en un bar en el que la imitaba y que hasta llegaba a juntar algunos mangos y que quería ponerse tetas. Y Sandra, entre risas nerviosas, le dijo que “gracias por los elogios” pero que si quería ser como ella que no se ponga, porque ella no tenía muchas tetas. Y se rieron juntas y se hicieron bastante compinches hasta que un día la Sandra original le pidió que la deje de molestar un poco porque tenía una pareja que no quería que la siga viendo. Sandra y Sandra se separaron, y en la calle ya no estuvieron más codo a codo, siendo mucho menos que dos. Ni siquiera llegaron al Vos, yo, uno más uno, tema de ese primer disco de Sandra que le valió ser la primera mujer en llenar un Obras en la Argentina.

Sandra se refugió en el alcohol y en la contención de Héctor, que tras ser desheredado por su familia, recaló en el oficio más odiado del planeta: el referato. Héctor comenzó a recorrer las horribles canchas del ascenso del fútbol argentino con hidalguía quijotesca. La cancha de Victoriano Arenas era la más horrible, está literalmente sitiada por el Riachuelo. Un partido en esa cancha se debería jugar con barbijos. “El mundo es un lugar muy complicado para vivir”, solía lamentarse Héctor sobre los pechos nunca operados de Sandra, a quien nunca se acostumbró a decirle de otra manera que no sea Gabriel, o el más andrógino Gaby. Sandra iba a verlo dirigir a esos estadios horribles, y lo alentaba, y los hinchas más de una vez atinaron a golpearla y violarla, pero ella siempre fue más fuerte que un hombre promedio por lo que tenía bastante “aguante”. El tema es que a medida que el apellido Gruppe iba ascendiendo de categoría (la D, después la C, más tarde la B metropolitana, el torneo argentino, el Nacional, etcétera) se iba haciendo más incómodo tener como groupie a un transformista de metro ochenta fanático de Sandra Mihanovich hinchando por él. Se complicaba además porque tenía una mujer y dos hijas adolescentes y él en cualquier momento se iba a convertir en una figura reconocida y popular. Así fue que en cuanto le tocó dirigir algunos partidos en primera (un Banfield-Argentinos y un Central-Atlético de Rafaela en Arroyito) Héctor decidió ponerle Coto a la relación, en el sentido literal, con la bolsa de nylon.

“No podemos seguir así Gabriel. Va a saltar todo y no voy a poder dirigir más. Imaginate lo que van a decir sobre lo nuestro cuando tenga que dirigir a Racing”, le rogó Héctor un sábado mientras miraban una película de Sandrini en Volver y comían orejones y tomaban 7-up diet. Sandra no lo quiso dejar y ahí fue que amenazó con contarle todo a Fernanda y a las chicas si él osaba intentar dejarla.

Se fue a Córdoba y dirigió ese famoso partido en el que la policía esperó a que hubo terminado de dirigir para luego escoltarlo hasta el avión que lo trasladó a la capital en donde fue condenado tras un mediático juicio a perpetua con carátula de homicidio simple agravado por el vínculo. Pero eso ya es historia conocida.

Héctor de vez en cuando sueña con Gabriel pero en sueños lo llama Sandra y al despertar en su cabeza una melodía lo condena: y tu mirada se clavó en mis ojos y mi sonrisa se instaló en mi cara y se esfumó la habitación, la gente, y el miedo se escapó por la ventana.

14.6.07

el poeta eres tú

Hace unos días que comenté en un post de Pumpla una anécdota sobre mi pasado. Decía esto (fragmento):
(...) Recuerdo que hubo una época en la que no tenía trabajo (…) que había un programa que conducía Carlos Polimeni en la desaparecida FM Supernova que se llamaba "¿Y ahora qué?" (…) Pasaba canciones, contaba anécdotas y hacía una entrevista de una hora con tipos muy grossos entre las 12 y la 1 de la tarde, de lunes a viernes. Si no me equivoco era 2000/2001. (…) Eso es todo. Así acaban con los temblores mortales e inmortales en Villa Lugano y otros sitios de Dios. (...)
Ayer, mientras esperaba que empiece el partido de Boca, metí en el horno un revuelto de pollo, arroz, cubito de sabor de albahaca y ajo, salsa de soja y algas. Mientras se calentaba prendí la radio y busqué a Víctor Hugo, hice zapping radial, si esto es posible, y encontré la voz de Polimeni: me retrotraí en el tiempo. Justo dice algo así como que Gelman merece el premio Nóbel, que va a pasar un poema dedicado a Pessoa de él, y la voz de Juan salió de las ultratumbas del éter sin anestesia. Él también escribe cuentos. A medida que iba diciendo, yo iba pateando mesas, agarrándome la cabeza y perjurando que su genialidad no cabe en este mundo.

Decía esto:

Yo también escribo cuentos.

Había una vez un poeta portugués
tenía cuatro poetas adentro y vivía muy preocupado
trabajaba en la administración pública

y dónde se vio que un empleado público de portugal
gane para alimentar cuatro bocas

Cada noche pasaba lista a sus poetas incluyéndose a sí mismo
uno estiraba la mano por la ventana y le caían astros allí
otro escribía cartas al sur

qué están haciendo del sur
decía

De mi uruguay
decía
el otro se convirtió en un barco que amó a los marineros
esto es bello porque no todos los barcos hacen así
hay barcos que prefieren mirar por el ojo de buey

Hay barcos que se hunden
Dios camina afligido por el fenómeno ése
es que no todos los barcos se parecen a los poetas del portugués
salían del mar y se secaban los huesitos al sol

Cantando la canción de tus pechos
amada
cantaban que tus pechos llegaron una tarde con
un cortejo de horizontes
eso cantaban los poetas del portugués para decir que te amo
antes de separarse
tender la mano al cielo
escribir cartas al uruguay

Que mañana van a llegar
mañana van a llegar las cartas del portugués y barrerán la tristeza
mañana va a llegar el barco del portugués al puerto de montevideo
siempre supo que entraba en ese puerto y se volvía más hermoso

Como los cuatro poetas del portugués cuando se preocupaban
todos juntos por el hombre de la tabaquería de enfrente
el animal de sueños del hombre de la tabaquería de enfrente
galopando como don josé gervasio de artigas por el hambre mundial

El portugués tenía cuatro poetas mirando al sur
al norte
al muro
al cielo

les daba a todos de comer con el sueldo del alma
él se ganaba el sueldo en la administración del país público
y también mirando el mar que va de lisboa al uruguay
Yo siempre estoy olvidando cosas
una vez me olvidé un ojo en la mitad de una mujer
otra vez me olvidé una mujer en la mitad de portugués
me olvidé el nombre del poeta portugués

De lo que no me olvido es de su barco navegando hacia el sur
de su manita llena de astros
golpeando contra la furia del mundo
con el hombre de enfrente en la mano.