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13.5.10

el fin del periodismo

Casi a la par que nacía Crítica de la Argentina, Esteban Schmidt empezaba a dibujar un texto perfecto, que publicaba por entregas en bonk y que departía acerca del fin del periodismo. Hoy que el diario no ya de Lanata está convaleciente sus palabras cobran dimensiones proféticas. No está demás releerlo, o editarlo. Hoy, con el diario tomado por sus trabajadores, las ratas huyendo por tirante y su continuidad en cieguemos, me parece atinado volver sobre la figura descomunal de Jorge Lanata.

Me atrevo a afirmar que la gente de TEA y demás escuelas de periodismo le deben a Lanata y a su selección nacional de periodistas de finales de los 90’s, gran parte de su ampliación edilicia y matricular. La crisis de representatividad que eclosionó en 2001 mató todas las instituciones, las corporaciones, menos la periodística. Al contrario, se puede decir que de alguna manera el periodismo capitalizó en esos años los vacios que dejaba la política, la justicia, la iglesia y demás estructuras, para sí. Del cuarto poder virtual pasó la corporación periodística a ser y considerarse el tercero o segundo poder, siempre virtual, claro. Y algunos miembros de la elite de esa corporación se creyeron ese poder como realidad. Pero la realidad tiene resortes que el periodismo no puede accionar si el que maneja los resortes no quiere.

Kirchnerismo.

Yo fui uno de los que se matricularon en una escuela de periodismo por aquellos convulsionados años. Culpa de Lanata, Caparrós, Tenembaum, Castelo, Paenza, Zloto, Sietecase, Verbitsky, Sivak. Quizás por eso mismo nos ensañamos como audiencia más con ellos que con el resto. El equipo de Día D era el recambio de la elite periodística. Desde el desparpajo, el honestismo y la verdad, reemplazarían tarde o temprano al statu quo que había legitimado todo lo que el poder económico necesitaba. No sabíamos entonces que esa nueva elite reemplazante era la contracara de la legitimación de una época. No quiero tampoco ser injusto, en mayor o menor medida los sigo escuchando a todos, y considero que tarde o temprano volverán cada uno de ellos a encontrar su espacio en los medios desde una mirada progresista real, porque son inteligentes y porque los necesitamos. Vale aclarar que Verbitsky y Paenza siempre entendieron todo y que Sietecase es dentro del concierto periodístico un voz disonante y valiosa. De Sivak desde hace un tiempo que no sé nada (tras el libro de Evo) pero tengo las mejores referencias también.

Conjuntamente con mi primer año de TEA se dio el primer año de Kirchner en el Gobierno. Recuerdo un ejercicio del profesor de Taller 1, Carlos Achával, consistente en escuchar en vivo la cadena nacional de Néstor Kirchner, que no sabíamos entonces de qué se trataba (nacía el estilo K) y que terminó siendo el anunció de los juicios a parte de la Corte Suprema menemista. Eso había que hacerlo en máquina de escribir: titulo, bajada, volanta, cabeza informativa en pirámide descendente. Las 5 W.

No entendí en su momento (y recién entendemos ahora) que el kirchnerismo entre otras cosas cambió la manera en que la prensa se debía dirigir a la sociedad si lo que se buscaba era cumplir con honores el rol de ejercer con responsabilidad La Comunicación Social. Dos años y medio después, ya fuera de TEA, el coro de diarios existentes y mi cabeza más cerca de un gobierno que de un grupo empresario dueño de medios, conllevaron a que decida no querer ser periodista: si esto es el periodismo, no quiero ser periodista.

Me hice un blog. La máxima nadie te obliga a ser periodista y si la obligación de tener que trabajar de comunicador te lleva a tener que decir cosas que no pensás por un sueldo, siempre está la posibilidad de vender medias en los colectivos o seguros puerta a puerta. Como estaba en un buen trabajo, preferí seguir ahí.

Toda esa elite de recambio de la que hablé antes desapareció de la TV. Muchos dijeron que eran perseguidos, que al poder no le convenía, que eran peligrosos, sarasa. Lo cierto es que no le interesaba a los dueños de los medios porque ya no era interesante para la audiencia un programa periodístico en prime time. Luis Majul se espectacularizó para vivir. Tenembaum y Zloto se fueron al cable, Paenza a Estados Unidos y el resto a la gráfica o a la radio.

No supieron, no quisieron o no pudieron entender que el periodismo ya no era lo que había sido y que sus exitosas formulas ahora no aplicaban. Cuando un gobierno hace cosas, muchas veces muy buenas, la sociedad cambia su mirada sobre las instituciones. Ya no es el enemigo el Congreso, el Presidente o el Ministro. Todo esto sin hablar de Clarín, que complejizó todo más, pero eso es otro tema.

El progresismo se dividió en dos y Página/12 supo capitalizar ese quiebre mejor que la nueva elite de la corporación periodística. El tiempo será más justo con José Natanson, Mario Wainfeld o Alfredo Zaiat, que con Alfredo Leuco, Susana Viau, Julio Blanck o Ernesto Tenembaum.

El fracaso de Crítica es más sencillo de explicar de lo que parece. Era un diario que no apuntaba a nadie. No tenía lectores posibles. Lanata pifió la mirada sobre la realidad, perdió la brújula del interés de su público.

No hacía falta Crítica.

Lo mismo que le pasó a muchos de sus pares antes nombrados, quienes se refugiaron en derrotas menos estruendosas o en grupos que los prohijaron y les dieron a cambio otro universo de audiencia: hoy le hablan a otros. Crítica Online tenía como lectores a un caterva de personas malhabladas, desinformadas, repitentes y discriminadoras que podían estar ahí o en Infobae o en Perfil, o en los tres portales a la vez.


Después vino todo lo que vino en Crítica, la venta a Mata y Figueiras y el desenlace al que asistimos hoy, con un destino aún incierto.

Ya viene siendo hora de una mirada para adentro de parte de ese periodismo, estamos a tiempo, antes de que la derecha desensille. Hay algunos que marcan el Sur: Víctor Hugo Morales, Juan Pablo Varsky, Reynaldo Sietecase. Es por ahí. Estudiar mucho, saber de verdad de economía, de política. No buscar el pelo en el huevo. Entender cuál es el enemigo de los trabajadores. Saber separar lo importante de lo accesorio. No prejuzgar. Tratar a todos con respeto. El periodismo progresista debe contribuir a que el país sea cada día mejor y no sólo a buscar vender más diarios o ganar puntos de rating.

Aprendan de la derecha que no se equivoca: los Grondona, los Morales Solá, los Ventura, los Pagni, no se dejan llevar por pasiones de época, apuntan, preparan y tiran. Y le dan.

Salvo que lo que quieran sea que vuelva la derecha para que su otrora periodismo exitoso tenga razón de ser.

31.3.09

no nos mean y nos dicen que nos mean

Lo de Lanata, hablemos crueldades, se malinterpretó desde el arranque. Desde el principio de los tiempos, desde que supimos de él. Sabemos que hubo más, pero pocas cosas fueron más emblemáticas que haber pintado un diario de amarillo hace quince años y llamarlo Amarillo/12. Eso, de alguna manera, fue condenar a Página/12 como interlocutor para los asuntos importantes de la Argentina, que quedarían reservados, en el campo de los medios y, por todos los años siguientes y, quien sabe para toda la vida que aun le quede a los diarios de papel, en las manos de Clarín y La Nación. Por meternos con el día consagratorio de la creatividad de Lanata. Pero fue una pavada. Un chiste que no se había hecho nunca, eso sí. El viejo truco de profanar lo sagrado. Que para hacer una revolución, fenómeno. Para hacer quilombo, fenómeno. Pero como máquina, como sistema, no produjo nada y lo banalizó todo.

Esteban Schmidt (Schmidt y el fin del periodismo), Primer borrador, primera parte.

Sep 2, 2008


Qué error imperdonable es citar largamente a alguien que escribe mejor que vos. Podés prologar con una frase corta y buscar empatarle. Pero nunca un fragmento. El fragmento te tira abajo.

Natanael Amenábar.


El periodismo y la banalidad, pensaba en eso, y recordé este primer texto de la saga ‘peguémosle a lanata’ que se publicó después del changüí propio del contrato temporal que le dio Esteban al diario Crítica: tres meses. Estuvo bueno, fue divertido, nadie lo había hecho de esa manera, y lo agradecemos. Pero no coincido en este fundamento. No está del todo equivocado pero tampoco dijo toda la verdad. Hay quienes ven las cosas y se detienen en la mitad llena y hay quienes, como Laclau, observan el significante y lo encuentran vacío. Y Esteban es de los que miran casi todo con desconfianza. Y desde allá edifica una obra muy importante, pero no deja de ser pesimista, y es más lindo mirar las cosas con alegría, aunque no nos salgan buenos textos. De Página/12 quería hablar y de Lanata y de otras cosas.


Lanata busca el golpe de efecto permanente y puede asestar golpes o, si el contrincante saber moverse, desgastarse, tirando trompadas al aire que justifican el partido pero que precisan demasiadas energías, necesarias cuando el partido es largo. Se puede suplir sólo informando con la verdad y dejando el tiempo correr.


Pero Lanata no tiene ideología, como Carrió o como Tenembaum. Entonces, cada uno en lo suyo, miran el mundo desde el cinismo, la predicción o el sentido común. Malas decisiones, porque tienen su importancia para la sociedad, aunque parezca mentira.


Entonces Lanata va y funda un diario, una revista o un portal web y lo único que busca es estar en el candelero, no le importa la calidad del golpe sino pegar. Cuando finalmente desiste de dar esa pelea quienes lo secundan logran mejorar sus productos. Los periodistas que se quedan, agarran el prestigio –cada vez más dudoso- de Lanata y le suman objetividad y honestidad y logran un producto para menos público pero más encausado para un sector de la sociedad. El famoso nicho. Pasó con Página/12, con Veintitrés y seguramente pase con Crítica en unos meses, cuando finalmente cambie de dueños.


Porque la información, la realidad contada, puede tomarse con humor, y es hasta necesario y loable que así sea, pero no desde el cinismo permanente. Perfil es tan o más opositor que Crítica sin necesidad de recurrir a la ridiculización manifiesta. La Nación viene marcando doctrina desde hace más de un siglo desde la solemnidad total. Clarín cuando necesita golpear gana por knockout porque cuando no necesitó pegar hizo un excelente juego de piernas.


Crítica no puede voltear un gobierno porque todos los días lo intenta, el día que tiene realmente una buena denuncia para hacer queda sumida en la sucesión, como el pastorcito mentiroso.


Barcelona es una revista que no consumo por lo mismo que le critico a Crítica. Alguna tapa fue fundamental pero la reiteración del recurso agota la sorpresa. Dejé de comprarla al 4to número. Ya está, ya lo vi. Lo que más lamento de este caso es que el staff de la revista es de lo mejor de la plantilla periodística sub40. Toparte con Daniel Riera, Ingrid Beck, Pablo Marchetti, Fernando Sánchez es de lo mejor que te puede pasar en un medio de comunicación. Que los tengamos en el equipo de los cínicos da un poco de bronca.


Así como los políticos que construyen desde la antipolítica dañan la política y a la larga se perjudican a si mismos, y a la sociedad, los periodistas que ofician de antiperiodistas de alguna manera dañan el periodismo y la posibilidad de que la sociedad les crea en un futuro de cinismo global incipiente.


Página/12 para mi encontró un equilibrio –aunque a veces la pifia- en el humor periodístico. Porque promociona la materia desde la ideología. Sabe qué quiere contar y hacia dónde va. Lo mismo que logra La Nación en el otro lado del ring. Y Crónica. Y Perfil de alguna manera. Y Clarín sobre todo. Cuál es el hecho que persigo, para qué y con qué fines. Eso tiene que estar claro.


El periodismo, la capacidad de informar, la necesidad de saber, es demasiado importante como para tomárselo con la liviandad del divertimento. Y es suicida para los trabajadores de la noticia. Porque a la larga se les volverá en contra.


Si practicás la orinoterapia vas a pensar dos veces antes de cenar cebolla cruda.


Cuando tenés la primera orina de la mañana en el tazón es tarde para lagrimas.

26.11.08

the palermo manifesto

Esteban Schmidt le da fuerzas a su alter ego Estebitan para disociarse de sí, y así, ambos, se conviertan en una minoría. Una minoría dentro de otra minoría, la Ultra, que justifique el uso del plural en una proclama que debiera estar escrita en primera persona, su libro: The Palermo Manifesto.

Pero siempre en grupo se es más valiente, y si la cosa se trata de entrarles a enemigos elegidos con talento y capricho, mejor que ser un loquito rebelde es ser una vanguardia iluminada (por dicroicas). El resultado es un volquete de desprecio, dirigido a enemigos extrañísimos, que Esteban y Estebitan, la Ultra, va hilvanando con su proverbial destreza, logrando hacer un todo de sus fragmentadas broncas acumuladas.

The Palermo Manifesto es un libro lo suficientemente distintivo como para ubicarlo en un estante. Obviamente no es ficción, pero tampoco es no ficción. Quizás sea una biografía no autorizada de sí mismo, escrita por otro, que también es él.

Comienza con un racconto desde su adolescencia en Caballito, después repasa su militancia en la causa cívica republicana, que es el radicalismo de amigos, en la primavera alfonsinista. Más tarde explica por qué nunca pudo entremeterse en los círculos de poder -por ser muy menor para los correligionarios de entonces-, y cómo terminó todo (mal) y cómo ese todo lo confundió aún más el menemismo, que lo mudó a ese otro barrio que es Palermo, que tras el menemismo y el delarruismo se irguió, siempre para él, como el único espacio en forma de un país acalambrado. Aunque con la recuperación de la economía Palermo se trastocó en este espacio frívolo y coqueto que hoy conocemos.

Sus eficaces golpes discursivos se la agarran con Flacso (Flaxo), para después asestarle duros golpes durante 12 rounds a un tal Manteca Di Nápoli, un consultor educacional uruguayo diplomado en Flacso que se enriqueció, desde el progresismo, con sus revolucionarias propuestas, que coincidieron de manera fatal, para nosotros, con la pauperización de la calidad educativa del país –y que continúa con una reputación milagrosa al día de hoy-. No dice su verdadero nombre posiblemente para agotarse instancias judiciales pero todo hace pensar en Luis Alberto Quevedo.

Después se la agarra con los argentinos que consideran al Uruguay como un paraíso de los valores occidentales (en vez de un paraíso fiscal a secas); con el adolescente que pergeñó el festival Buen Día; con los mantelería del trasnochado café bar El Coleccionista de Caballito -tras la década del 90, antes era londinense-; con los peronistas; con el periodismo; con los académicos; con los estudiantes que creen que Flacso es la panacea; con Flacso de vuelta; con Manteca Di Nápoli siempre; con los dueños de una librería bouquet de Palermo Soho; sólo por poner algunos ejemplos del inventario de broncas que los Schmidt azuzan en 180 páginas, casi sin respiro.

Schmidt a través su rencor, su resentimiento -algo fingido, algo exagerado, a propósito-, repasa los 25 años de democracia, desde su lugar. Lo políticamente correcto no comulga ni con Esteban ni con Estebitan. Y en ello anida precisamente la principal virtud del autor, en su estilo confrontativo, en su erudición, en su prosa filosa. Estas cualidades hacen que Esteban Schmidt sea, sin dudas, una de las plumas más necesarias de la actualidad para leer la realidad en diagonal. Siempre es interesante leerlo. Quienes nos pusimos contentos cuando su firma aparecía en una RollingStone, en una Playboy, en la vuelta de Los Trabajos Prácticos, hoy tenemos la suerte de poder leerlo largo y tendido en un libro. No es poco, sino todo lo contrario.

11.11.08

Esteban Schmidt, The Palermo Manifesto

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Por primera vez desde su creación -de una costilla del autor- este Emo recibe alguna cosita de cortesía. En esta oportunidad nos regocijamos con el primer libro del amigo Esteban Schmidt, The Palermo Manifesto, Emecé Cruz del Sur, 2008, 180 páginas, con dedicatoria y todo. La tapa:

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Cuando lo termine de leer, que lo haré con gusto, por la notable pluma del correligionario Schmidt, daré mis impresiones sobre la impresión. Acá va la contratapa.

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¡Gracias Esteban!

3.9.08

Volvió la alegría: Volvió Schmidt

Hace poquito volvió Los Trabajos Prácticos, y con eso volvió mi buen amigo Esteban Schmidt, el tipo que mejor escribe en por este barrio (sólo porque todavía Miguel Brascó no sacó un blog, porque ahí lo desbanca fetem fetem, posta posta, al segundo lugar). Y sino me creen, lean, malditos y malditas.

Jorge Lanata actualizó su estado: Lino trajo pizza al camarín y jeje, ñam, ñam, fiesta, fiesta. Por esa acción muchos de sus empleados de Crítica no saben decir qué están haciendo ahora. Esperaban con ansias, con pasión tropical, que el gordo los confirmara como amigos, para siempre, que les escribiera en su muro, hola, tanto tiempo, me gustó tu nota, tu cola, tu picada, y nada, nada, ni bola, sólo unos qué tal de muestra gratis en los pasillos, un boludo como autógrafo, si ganaban confianza, y ahora se quieren matar, ahora que Jorge confirmó su presencia en el evento teatro de revistas se quieren cortar las bolas, quieren tomar vitaminas de pudor porque experimentan una regresión infernal a los días de crayón corto en la mano. Vergüenza en el inconciente virgen pero a los treinta años. Digamos que todos los soldados de Crítica tienen más o menos treinta. Sienten, los cronistas sienten. Sienten que se han unido al grupo estoooy maaal, porque querían trabajar en un diario nuevo y prestigioso, loco, en el último de papel, ¡el último!, y hacerlo bien y que les pagaran, que los felicitaran por trabajar ahí, y que todo estuviera bien, que el brillo de cada uno hiciera brillar a todos. Buenos deseos en un conjunto de buenos muchachos. ¿Por qué, ahora, esto?, ¿por qué esta burla del patrón? Del que hablaron tan bien. Al que tanto abastecieron con admiración. Quieren explicaciones de este padre lejano y mítico de quien dijeron, tantas veces, es genial, es tan creativo. Con él: ¡se aprende!

Te quedaste con ganas de más Schmidt, acá tenés