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17.11.09

Al final, un demonio

Una buena: la industria norteamericana del entretenimiento televisivo nunca hizo mucho pie en nuestro país. Debemos ser uno de los pocos lugares de América Latina donde la explotación cultural de Miami es periférica. Veamos: El Show de Cristina, Sábado Gigante de Don Francisco, Oppenheimer presenta, CNN en Español, el Loft de Repetto, ninguno tuvo gran éxito. Pero hay una excepción, como en todo, Jaime Bayly.


Cierta vez Canal 9 empezó a reproducir una serie de entrevistas que el Hombre del Flequillo Extraño hacia en Miami, las de los artistas argentinos, en especial. De a poquito se fue haciendo conocido, le dimos espacio en televisión con sus reportajes en Tendencia y se fue ganando un público más progre desde la Revista Veintitrés. Como un camaleón cultural la habilidad del tipo consiste en mimetizarse con la sociedad en la que desensilla: se garantiza así cierta permanencia.


A nosotros nos tocó un Bayly entrevistador irónico, falsamente servil, primo hermano del elogio desmedido. En Perú, por ejemplo, sigue siendo una especie de Fernando Peña con talento.


Bayly es hijo de la oligarquía peruana, muchos curas, militares y fantasmas de un comunismo imposible. Políticamente conservador, en su país revolucionó raramente la manera de hacer televisión con un mítico programa de entrevistas, que escandalizó a una audiencia que no estaba apta para tópicos como drogas y sexualidad. A la par, con envidiosa periodicidad, Jaime entregaba novelas con títulos ingeniosos y una prosa sencilla y atrapante, de esos que se leen solos, sin que te des cuenta. Ganó premios internacionales y es reconocido ya como uno de los mejores escritores de su generación.


Gelblung recuerda que una vez escuchó a Bayly inquiriendo al invitado “¿Tenés cucarachas en tu casa?” Ante la respuesta afirmativa, repreguntó “¿Cómo las matás?” Por eso me gusta, dijo Chiche, porque desarticula al entrevistado.


En Maimi, por su parte, es un el gusano más ingenioso. Gracias a la instantaneidad de la web descubrimos tarde –y mal- que Bayly en Estados Unidos degeneró su papel entrevistador en una especie de Conan O’Brien antipopulista. Así las cosas con la misma saña opina de Zelaya, Cristina o Chávez. Da un poco de bronca.


Un signo, antes escribía en la mejor revista de interés general de la Argentina, se fue porque no soportó una carta de lectores, ahora escribe en la revista dominical del ex pasquín de Lanata.


Ni a palos.

26.6.07

Mediocridad, por Jaime Bayly

bayly

Salgo en televisión no por cariño al público sino para ganar suficiente dinero que me permita alejarme de él.

No aspiro a tener amigos. Prefiero tener empleados. Me tratan con más cariño y no vienen a verme a la casa.

No me gusta hablar por teléfono porque ya me acostumbré a que me paguen por hablar. Cuando hablo por teléfono, siento que alguien me estafa o que me queda debiendo dinero.

Mi idea de felicidad se reduce a cagar en mi casa. Eso me obliga a pasar la mayor parte del tiempo en mi casa. Por eso me hice escritor, para cagar en casa.

Mi única ilusión como padre es que mis hijas sean sexualmente felices, que es la única forma de forma concreta de felicidad que conozco.

He ahorrado algún dinero porque comprar cosas o hacer negocios requiere un esfuerzo del que me siento incapaz.

Nunca seré un buen escritor. Prefiero ver un buen partido de fútbol que leer una buena novela. Prefiero ver un buen clásico a leer un clásico.

Me he vuelto sexualmente pasivo no porque lo disfrute más sino porque ser activo es un responsabilidad histriónica que me abruma.

He bajado algo de peso porque me agobia salir a comprar comida al mercado.

Mi odio a los gatos se origina en la sospecha de que son más inteligentes que yo.

Fragmentos de la columna Mundanas de Jaime Bayly.
Revista Veintitrés, 21 de junio de 2007.

12.6.07

cajas

El sonido de la pava corta en dos países la pieza y yo aún no he salido del departamento en todo el fin de semana. Es domingo a la noche. El chirrido es una señal de acción, imprime velocidad a los movimientos, precipita, alienta a moverse. Medito. La acción y el pensamiento son para mí dos actividades imposibles de congeniar. Pienso como si estuviera dando un discurso. Cuando pienso ideas complejas en mi mente las encadeno como si estuviera ante un auditorio que sigue mis palabras con atención. Logro mayor concepción de un discurso cuando lo pienso, pocas veces tengo posibilidad de enunciarlo, y cuando puedo hacerlo no encuentro las palabras que sí encuentro cuando pienso en el discurso. Ya de chico tenía sueños de conferencista. Recuerdo pensar cosas dichas ante un conglomerado de personalidades que incluía maestras, chicas lindas y demás objetivos a seducir. Nunca tuve la fantasía de seducir a mi familia. Mi madre nunca estuvo entre los posibles oyentes. Pienso. Nunca me hubiera sucedido lo de Facundo, y algo de mérito tendrá mi madre. Abro un sobre de sopa instantánea de espárragos e inclino la pava, el agua va perdiendo calor y el vapor llega a empañarme los anteojos. Le doy algunas vueltas al agua con una cucharita hasta que se forma un remolino verduzco. Abro la Veintitrés y pienso que qué buena idea había sido la de cambiar el nombre cuando cumplieron un año, pasar de llamarse Veintiuno a Veintidós, y lamento que hayan dejado de nombrarla año a año, ahora estaríamos por la revista Veintiocho. Pienso en ese primer año, en que Lanata tiene buenas ideas: el documento nacional del boludo, la revista con el agujero en el medio, el mismo cambio de nombre. Pienso que Lanata es muy mal titulero. Tiene grandes ideas pero le pone nombres horribles a sus proyectos. Data 54, Veintiuno, Página/12, Ego, Lanata AM, Día D, Detrás de las noticias. Pienso en cómo se diluyó a si mismo Lanata. Leo la columna de Jaime Bayly, me encanta Jaime Bayly, me encantan sus entrevistas, tengo que leer un libro de él, pienso, siempre pienso eso. Me encantan sus columnas llenas de novios pudientes y fríos y novios frágiles y caprichosos. Siempre pienso que son historias referenciales, pero no tengo armas para dar una certeza al respecto. Dejo la revista y me tomo todos los espárragos y pienso en que no como casi nunca espárragos verdaderos y que no sabría ni cómo cocinarlos, mi vieja dice que se comen con salsa blanca, pero hacer una salsa blanca es como hacer una claringrilla y terminarla. Como mucho producto Knorr: sabor en cubos, sopas, salsas, caldos. Me importa un rábano que sean productos transgénicos, amo a Knorr y a Suiza por igual. Limpio la mesa, saco todas las cosas y le paso una servilleta de papel húmeda para borrar rastros de vino tinto, cenizas y manchitas varias. Cuando la fórmica reluce dispongo las tres cajas de zapatos ya sin las tapas. En la primera, azul con pintitas blancas, tengo todo lo que es artículos comerciales: marcas de cigarrillos, bebidas, autos, ropa. En la segunda, en papel madera, tengo publicidad oficial y cosas artísticas: fotografías, ilustraciones y pinturas. En la tercera, rosa y pintitas blancas, gastronómicas, fílmicas, teatrales y musicales. Me siento con el pilón de postales nuevas sin clasificar y ya no pienso, me dejo llevar. Clasificar, archivar, me aliena. Me saca del mundo. Dentro de cada gran clasificación están las pequeñas clasificaciones; éstas pueden estar dadas por forma, por disposición de hoja, por tema o por unidad conceptual. Mis preferidas son esas que mezclan dos mundos, que uso para unir dos campos semánticos, por ejemplo, tengo una de Levi´s que venía con promoción de unos discman Aiwa. Con esa postal concateno ropa y electrónica. Tengo una de un documental de la movida musical de los ochenta en Manchester con la que amalgamo películas y música. Puedo estar horas sacando, poniendo, en trance, reordenando, en fin, alejado del mundo, con los ojos casi fuera de órbita, que puede ir detrás de los anteojos Orbital, que están al lado de las antiparras Speddo, que, claro, están ligados con los trajes de baño y con la ropa en general. De fondo, Michetti y Macri bailan un vals imposible, como comer un sánguche sin sacarse la ortodoncia. Pienso que volví a pensar y cierro las cajas.

Link: post tales