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28.10.11

La decisión política, el legado de Néstor Kirchner


Néstor Kirchner era ya un hombre de Estado cuando asumió excepcionalmente la Presidencia en 2003. Todo político ambicioso quiere ser presidente y Kirchner no fue, por suerte, la excepción. En 1999 se empapelaron 20 manzanas del microcentro con la frase “Kirchner Presidente” durante una semana fugaz de un tiempo histórico en donde Eduardo Duhalde terminaría representando al Justicialismo y perdiendo con Fernando De la Rúa. Años después, Duhalde, curiosamente, presidente por Asamblea Legislativa, terminaría eligiendo a Kirchner para representar al PJ, porque nadie medía, y porque ese pingüino desconocido se la jugó. En aquel difuso 1999 le dije a un amigo que me gustaría votarlo a Kirchner, no por él, si no por Cristina, una senadora de fuerte presencia mediática, díscola, oradora descomunal y propietaria de singular belleza. No se dio en ese entonces; una pena.

El famoso 23 por ciento que Néstor Kirchner obtuvo en las presidenciales de 2003 le alcanzaron para asir el bastón de mando y sentarse en el sillón de Rivadavia. En estos últimos 50 años muchos presidentes democráticos o de facto se sentaron en el sillón; pero Néstor fue el primero que usufructuó el bastón. Por decisión política, su principal legado. En ese sillón sentaba a los ocasionales visitantes. Hay mil fotos de esas: el presidente de pie, Martín Palermo en el sillón.

¿Se acuerdan que jugaba con el bastón, divertido, hasta aferrarlo con las dos manos, agitarlo para sí, y sonreírse para la Historia? Cristina reía abajo, legisladora, radiante por la ocurrencia, y feliz porque como nadie sabía que el chabón lo iba a usar bien, al bastón. Lo conocía bien a Néstor, venía discutiendo desde la facultad con él, cuando un día, en pedalín, cayó a su casa de estudiante en La Plata y con inteligencia y humor se la levantó, se levantaron. Discutieron de sueños, de convicciones y de la Casa Rosada, esa noche, seguramente. Camporistas días de militancia, felices, todo por hacerse.

El principal legado que deja Néstor Kirchner, y continúa Cristina, es la decisión política como herramienta transformadora de la sociedad. Si a eso le sumamos su volumen de estadista, no de voluntarista improvisado, del tipo que entendió los resortes del poder político, porque lo ejerció, alcanzamos una síntesis de lo que representa el kirchnerismo.

La novedad que como proceso político trae el kirchnerismo es la discusión. Y ahí hace carnadura precisamente la adhesión juvenil masiva y renovadora. En la decisión de dotar a la sociedad del conocimiento de la política, Néstor y Cristina trasvasaron información cupular a las bases. Porque entendieron que determinadas medidas para poder llevarlas a cabo y que se institucionalicen en la sociedad (y no sólo queden en la eventual superficie de un gobierno decisionista) precisan de la comprensión y el convencimiento de los actores que las van a defender, que le van a poner el cuerpo.

No hay inconstitucionalidad de las leyes de impunidad sin repatriar la ESMA ni bajar el cuadro. No hay nulidad de las AFJP´s sin discutir el rol del Estado mediante la estatización de Aerolíneas. No hay soberanía económica sin el “No al ALCA”. No hay inclusión en la diversidad sin Matrimonio Igualitario. No habría Asignación Universal por Hijo sin haber defendido la resolución 125 hasta el final. No hay destino posible sin adherir al destino sudamericano.

Néstor Kirchner fue el primer presidente de esta etapa democrática que no reculó en sus decisiones por incidentes coyunturales; su decisión política fue una estampida a hombros de un elefante. Nos lega las realizaciones, pero también el aprendizaje para poder plasmar otras muchas más que faltan.

No habría adhesión juvenil masiva, afectiva y fundacional, si Néstor Kirchner no hubiese sido el primer rebelde, el primer joven.

9.3.11

Carnavales

Ha corrido mucha agua perfumada bajo el puente del Rey Momo. Pasó de todo desde los días en que Marcelo T. de Alvear era detenido por la Policía por festejar con desmesura, hasta los encuentros fraternales de la murga Atrevidos por Costumbre. Bipolar te cuenta la historia del carnaval; vos, apretá el pomo.

Carne Levare significa quitar carne. La palabra carnaval se origina con la fusión de estos dos vocablos, que recuerdan al ayuno que hiciera Jesús durante cuarenta días en el desierto, antes de entrar a Jerusalén el Domingo de Ramos. Se celebra los lunes y martes que preceden al Miércoles de Ceniza, fecha en que comienza la abstinencia santa. Pero, aunque las carnestolendas tienen su origen en lo religioso, también en la antigüedad fueron ceremonias paganas donde se invertían los roles de la sociedad por unos días: el rey en mendigo y viceversa, para matar después al chivo expiatorio social, que cometía excesos de los más variados. Nuestros antepasados lavaban así sus culpas para transcurrir el resto del año con la conciencia limpia y el orden intacto. No por casualidad se tomó como santo patrono de las mascaradas al Rey Momo, quien fuera expulsado del olimpo por satírico y jocoso, según la mitología griega.

En los tiempos del Virreinato, allá por 1770, las carnestolendas se esperaban entre los mulatos para darle rienda suelta a la juerga y la desmesura. En la Argentina su ventura fue despareja; siempre transitó el mismo ciclo: prohibición, restricción, límites y –finalmente- festejo pleno. Y otra vez a rodar el círculo represivo. Antes de la invención de la bombucha, los celebrantes se las ingeniaban para mojar espaldas ajenas con vejigas de animales o huevos de avestruz llenos de agua. No eran inocentes aquellos primeros carnavales, y llegó la primera proscripción.

Juan Manuel de Rosas, a tono con lo popular de su presidencia, en 1836 permitió los festejos mientas Domingo Faustino Sarmiento desde Chile diatribaba sobre lo animal y salvaje de las carnestolendas. Rosas, tras las presiones, en 1844 decretó su segunda prohibición. Contradicciones aparte, Sarmiento, una vez presidente, profiere loas sobre la festividad y la bendice a todo trapo. Lo nombran “Emperador de las Máscaras”. Se gesta así el comienzo de la edad de oro de los carnavales, que se extenderá por varias décadas.

Para 1869 se dieron los primeros corsos oficiales porteños en las actuales calles Hipólito Yrigoyen entre Luis Sáenz Peña y Bernardo de Irigoyen. La oligarquía esta vez se puso a la cabeza de los festejos con comparsas que satirizaban a los anteriormente vedados festejantes. Los Negritos Esclavos y Negros argentinos contaban con disfraces majestuosos -la Colombina, el Pierrot o el Oso Carolina-, mascaradas de elite y desfiles con ornamentados carruajes.

En febrero de 1885 el quinceañero Marcelo T. de Alvear, hijo de Torcuato, entonces intendente de la Ciudad de Buenos Aires, fue detenido junto a otros jóvenes ilustres por arrojar baldazos de agua desde el balcón de la familia Moreno de la calle Lavalle, entre Reconquista y 25 de Mayo.

AQUELLAS MAJESTUOSAS COMPARSAS
En las postrimerías del siglo XIX, el tango comenzó a meter su pata en el fango del carnaval. Ya para la década del 20 describían el lujo y el color de las mascaradas en sus letras. La más emblemática fue Siga el corso, cuya versión póstuma fue interpretada por Julio Sosa. El Varoncito le susurraba a su Colombina eso de “¡Tu risa me hace mal! / Mostrate como sos. / ¡Detrás de tus desvíos / todo el año es Carnaval!”, mientras pasaban los fieles del dios jocundo. Los versos los firmó el prolífico Francisco García Jiménez, letrista que también abordó las carnestolendas en piezas como Carnaval, Yo me quiero disfrazar, y Otra vez Carnaval.

Para los treinta, los barrios porteños se cimentaban en la expansión de la ciudad. Boedo, Almagro o La Boca en sus avenidas abrían, cerrándolas, sucursales de los corsos más nutridos. Y surgieron las murgas: versiones más populares y satíricas de las almidonadas comparsas del respingado centro porteño. Los Criticones de Villa Urquiza, Los Eléctricos de Villa Devoto o Los Averiados de Palermo, entre otras, marcaron el comienzo de esta tradición que se mantiene hasta nuestros días.

Atomizándose en los barrios, los murgueros comenzaron a desarrollar también las rivalidades –las más sanas y las más violentas también-, aumentadas y corregidas por el gobierno de Juan Domingo Perón.


No se necesita conocer Palermo para llegar a la murga Atrevidos por costumbre, el repique ascendente de los tambores lleva directamente hacia Darwin y Honduras, donde se juntan a ensayar durante todo el año. Jorge Erasmo Díaz, el Tigre, es el más experimentado del grupo. Hoy sólo baila y guía los bombos, tiene 53 años y 50 de murguero, pero recuerda sus años mozos: “Salíamos a lo loco, cantábamos la marcha peronista, que nadie la cantaba; nunca nos pasó nada, ni con los militares –se ufana-. Entre los apliques, tenía el de Perón, el de Evita y el de Rucci”.

EL APOGEO DEL CLUB
Las competencias de trajes entre los más chiquitos y la elección de las reinas y princesas de los carnavales eran parte fundamental en la liturgia del reinado de Momo. La escritora Cristina Zuker recuerda la vez que acompañó a su madre a una sastrería teatral, que quedaba por Constitución, para elegirse su disfraz: “Después de probarme varias alternativas, elegí finalmente el de aldeana rusa, con un simpático tocado lleno de tiras de cintas multicolores. Después lo luciría en el corso de la avenida de Mayo, provista ya de serpentinas y papel picado”.

Para fines de la década del ’50, los grandes corsos callejeros no fueron los únicos espacios para el carnaval. Se sumó un nuevo actor: el club de barrio. Con el tiempo, los antifaces y los Te conozco mascarita -frase inmortalizada por Carlos Gardel en el tango homónimo- fueron desapareciendo. Empezaron así los famosos bailes que se pusieron a tono con los humores beat de la nueva generación. Primero fue el reinado del twist (1963) y después los cantantes populares Leonardo Favio, Sandro, Estela Raval y los Cinco Latinos, los tropicales Los Wawancó y finalmente los grupos como Los Shakers y Los Gatos los que oficiaron de primeras figuras en los bailes de Comunicaciones, River Plate, San Lorenzo o Boca Juniors.

Nilda Petragli hace 43 años que trabaja en el club José Hernández de Mataderos y desde hace casi una década es coordinadora general. “Era un mundo de gente, la escalera era un hormiguero, eran miles. El club siempre estaba a full. Como eran muy estrictos con el ingreso, la gente en la puerta se cortaba el pelo, se ponía zapatos: nadie se quería quedar afuera. ¿Si venía mucha gente? Se llenaba toda la cancha de básquet, el primer piso y la terraza”, rememora Petragli el esplendor de los bailes de carnaval. “El José Hernández figuraba en los diarios, en los rankings estábamos debajo de Comunicaciones, venían de todos lados”. Los bailes se hicieron hasta 1982 pero “entre el 60 y el 70 fue el furor, era pasión por el baile”. Hace dos años quisieron reflotarlos, pero no funcionó: “Se desvirtuó, vinieron cualquier cantidad de chicos chiquitos, se tiraban agua, no fue lo mismo”.

PROCESO DE REORGANIZACIÓN CARNAVAL
En 1955 la Revolución Libertadora, fiel a su eufemismo, no sólo proscribió al peronismo de las urnas sino que además prohibió las mascaradas en las calles, por cuestiones de seguridad. Los sucesivos Golpes de Estado y la falta de libertades individuales forzaron a las murgas más osadas a circunscribirse a los clubes en algunos barrios, gestándose una manifestación subterránea de protesta catártica sobre la realidad. Nada impediría, de todas maneras, la paulatina e irremediable decadencia de los carnavales como forma de celebración colectiva, compleja, popular y familiar. Los jóvenes empezaban a ir a bailar a los boliches, sin la compañía de las madres y, con ello, empezaron a perder convocatoria los bailes en los clubes.

Con el decreto 21.329, el 9 de junio de 1976, el represor Jorge Rafael Videla le dio el tiro del final al convaleciente Rey Momo: sentenció los carnavales aboliendo los feriados de lunes y martes.

YA SE VA LA RETIRADA
El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires el año pasado restituyó los feriados por carnaval para sus empleados, pero en todo el país continúan siendo laborables. Por eso este año las murgas repetirán el 28 febrero una marcha de protesta hasta el Congreso exigiendo la restitución de las celebraciones. “A partir de los ‘90 la murga empieza a mezclarse con la cultura del rock –cuenta el Tigre de Palermo-, antes era todo tango”. Entre los apliques de hoy los que más se ven son los escuditos de fútbol y los logos de Los Piojos, Sumo, Los Redondos, Gardel, Olmedo y los Rolling Stones.

El carnaval en la Argentina se ha disfrazado mucho durante sus más de dos siglos de existencia, pero siempre se mantuvo como un espacio para la celebración, la reunión y la alegría.

Seguramente seguirá mutando, pero lo importante, como dice el Jaime Roos, es que no se pierda, aunque sea por unos días, la posibilidad de vivir en el reinado del Dios Momo, de ser húsar de su ejército endiablado.

Una nota viejita mía publicada en la desaparecida revista Bipolar en febrero de 2006.

13.6.10

Una compu y una tele, para poder twittear

Hay matrimonios que funcionan: la menta y el chocolate, el morral y el estudiante de Ciencias de la Comunicación o, sólo por poner algunos ejemplos, Artaza y Cherutti. Eso que los críticos gastronómicos llaman “maridaje”, la sociedad que potencia las partes. Bueno, la televisión y las redes sociales, andan muy bien de la mano, y son un hábito cultural cada vez más extendido. Cierto es que Facebook en nuestro país es la red más usada. Pero no le otorga al televidente participativo la posibilidad de la instantaneidad. En ese espacio vacante entró Twitter, vertiginoso y fugaz. Al revés de Facebook, que es tan popular como inenarrable, Twitter tiene una lógica, rara, sí, pero con el beneficio de ser unívoca. Hay 140 caracteres para decir algo. Un pensamiento, un chiste, un comentario. A su vez, se tiene que seguir otros twitteros mientras se es seguido por tantos otros, sin necesidad de reciprocidad. Por lo que un cholulo inhábil puede followiar a 522 famosos y ser seguido sólo por su hermano. O viceversa, se puede ser el entrenador del Corinthians, como efectivamente pasa, no seguir a nadie, y que te sigan 1.400.000 personas.

Para ser amigo de alguien en Facebook, sea éste primo, músico o efectivamente amigo, el otro te tiene que aceptar. En Twitter no, uno puede seguir vida y obra de Flavia Palmiero sin que la diva lo sepa, cada usuario acepta que sus emisiones (tweets) sean semipúblicos –y el semi es decorativo, siendo que ya Twitter se toma en los medios como una fuente–.
El soporte internet, sea desde una blackberry, un celular 3G o una notebook, delante de la TV, permite la instantaneidad de compartir con seres afines lo que estás viendo en vivo.
También se da el caso inverso con resultados dispares, programas de TV que usan el éxito de estas plataformas ya sea como espacio de comunión o para la búsqueda de una audiencia generadora de contenidos. En ambos casos nuestro país se destaca haciendo punta. 678 Facebook es una experiencia disruptiva que se salió de la web tomando patrones afines a las representaciones políticas y asamblearias. En Un Mundo Perfecto Pettinato lee en vivo el Muro del programa de esa misma red social, logrando el récord nacional de adhesiones, cercanas a las 760 mil, a las que “les gusta eso”.

Las redes sociales son como ese río en el que uno no se puede bañar dos veces, porque el río ya no es el mismo, y porque uno mismo tampoco ya lo es. Y mientras tratamos de entender “¿Qué pasa?”, como te inquiere Twitter a modo de bienvenida, convivimos con la buena noticia de saber que ya nunca más estaremos solos de madrugada viendo qué tanto puede hacer una Philips Juicer.

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23.12.08

Morales Solá y la política del alma perfecta, por JJ Becerra

Comparto con ustedes un artículo de Juan José Becerra que me pasó mi hermano, Política del alma perfecta, sobre Joaquín Morales Solá y los umbrales morales inalcanzables del deber ser. Está en la revista Otra Parte que no sé dónde se consigue pero debe ser buena.

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27.11.08

la hora de los no políticos

En estos días, sino me vence la modorra, voy a hablar de un libro de relatos de historias de amor, Corazones desatados, que me compré sin saber mucho qué me iba a deparar, sólo porque tuve la suerte de retener un nombre, Jorge Fernández Díaz.

Había leído de él unas editoriales en ADN Cultura, suplemento del que es director si mal no recuerdo. Pero lo que me había quedado en la memoria, y me impulsó a la compra, fue este texto que comparto.

Es una fermosura, disfrútenlo.

La hora de los no políticos

Por Jorge Fernández Díaz

Un gerente piensa que el arte y la política pueden gerenciarse. Así como un editor piensa que hasta cierto punto la vida puede editarse como un diario o un noticiero de televisión. Un viejo editor me dijo alguna vez: “El matrimonio es una larga crisis que se administra. Por más que estemos en el peor momento, un beso antes de dormirse, un beso al despertar y un ramo de flores los domingos. Si usted sabe editar la realidad, puede también editar su matrimonio”. Se refería a la posibilidad de manejar los tiempos y las cosas, desechando lo inconveniente y resaltando lo necesario.

Ojalá fuera cierto, pero la verdad es que nadie puede editar la vida, y que es infinitamente difícil gerenciar una pasión. Se la puede administrar, no voy a negarlo. Se pueden hacer negocios editoriales y pictóricos, pero esas operaciones del mercado nada tienen que ver con gerenciar el arte, que está hecho de la materia de los sueños y que es, por lo tanto, ingobernable.

No digo que la política sea asimilable a la literatura o a la pintura, pero les aseguro que también es un arte mayor y que su praxis necesita una vocación tan profunda y absorbente como la que se autoimpone cualquier artista verdadero.

En veinticinco años de periodismo no he conocido a un solo dirigente de primer nivel que no fuera un animal político. Un hombre sin tiempos libres, un enfermo de la materia que domina. Como esos cracks futbolísticos que al evocar su infancia solamente se recuerdan jugando a la pelota, día y noche, con una de cuero, con un bollo de papel o con una chapita, obsesionados gozosamente por desarrollar su vocación profunda. O como esos adolescentes que, abstraídos, se olvidaban de comer, de estudiar y hasta de dormir tocando como posesos la guitarra o el piano, o dibujando o escribiendo en cuadernos o en reveses de facturas contables. Las vocaciones volcánicas borran al hombre del mundo, ponen en suspenso a sus familias y a las necesidades mundanas, y, como todo acto de amor torrencial, son un acto de obsesión. Nadie llega a la primera fila de las butacas sin ese fuego sagrado.

Comparar la política real con la política corporativa de las empresas es, por lo tanto, un malentendido amargo. La política, por más gurúes y politicólogos que valgan, resiste las reglas del management ortodoxo y de la ciencia pura. En el mundo de los negocios, uno más uno es dos. En política, como todo el mundo sabe, no necesariamente dos más dos son cuatro.

Toda esta introducción viene a cuento de un hecho indiscutible: la actual oposición tiene entre sus filas a muchos hombres de empresa. Muchachos por lo general bienintencionados que se han pasado, no hace mucho, a la política creyendo que ésta sólo necesita buenos gestores.

Los no políticos son hombres de ideología pasteurizada, que igualmente merodean las posiciones de “centro” y el libre mercado, y que han comenzado a meterse en el barro de la historia.

A unos, los resultados electorales de octubre los dejaron nocaut. A otros, los pusieron muy nerviosos: deben realizar ahora lo que prometieron en la campaña. Sólo a Elisa Carrió, para la cual hubiera sido una tragedia ganar y tener que hacerse cargo del barco, abandonando los cómodos camarotes de la indignación, este período de cristinismo se le presenta plácido y apetitoso. Los demás, incluso los nuevos referentes de ARI, tienen en la boca el regusto agrio de la decepción y del miedo. No lo dirán nunca en público, pero así están los opositores políticos en la Argentina de hoy.

Se sienten, en el fondo de sus corazones, injustamente derrotados por “políticos mediocres” y “burócratas clientelísticos”. Ellos, los príncipes de la nueva política, eficientes y limpios, pasaron por la universidad y conocen el mundo: son muy viajados. “¿Cómo puede ser que nos derroten estos políticos de cabotaje, estos impresentables de siempre?”, se preguntan.

Algunos de estos gerentes de la nueva política duermen con la valija cerrada al lado de la cama. Están siempre listos para volver al sector privado rumiando una queja: “Soy demasiado bueno y honesto para la política”.

Olvidan que los verdaderos militantes políticos no tienen dónde volver, porque pertenecen, en cuerpo y alma, a la lucha política. Porque no podrían hacer otra cosa, porque nacieron para eso, porque quemaron las naves. Un gerente es demasiado cerebral y tiene demasiado “sentido común” para quemarlas.

Un militante se mide no por cómo reacciona ante una victoria, sino por cómo se recupera de las derrotas. ¿Se recuperarán estos muchachos o tomarán la valija y volverán, sanos y salvos, a casita?

Necesitan un examen profundo para entender lo que les ocurre. Son amateurs jugando a ser profesionales. No dominan del todo la materia y, en el fondo, la desprecian un poco. Toda la nueva oposición está llena de estos personajes tiernitos y bienintencionados: aves de paso queriendo comerse crudas a las fieras.

No se le puede enseñar política a un negado, así como no se le puede enseñar música a quien no tiene oído. Entender la política, entenderla de verdad, es un don: se tiene o no se tiene. Es un saber que no se adquiere en los libros ni en los claustros. Se adquiere en la calle y con las entrañas.

Pero el ser humano desarrolla las habilidades que necesita, de manera que no todo está perdido. La nueva oposición está llena de sordos y zoquetes. Hay muy pocos afinados y casi ningún oído absoluto. Pero tiempo al tiempo.

Luego, por supuesto, está todo ese asunto de los personalismos. En la Argentina, todo gira en torno de tres o cuatro dirigentes que lucen bien en los programas del cable, que suelen ser bastante autoritarios dentro de sus propios partidos y que no saben adónde van. Quiero decir, parecen poseer grandes convicciones y son buenos “tribuneros” (no deberían quejarse tanto del atril, porque ellos lo llevan incorporado), pero carecen de paciencia y flexibilidad para armar partidos políticos consistentes, con alas izquierdas y derechas, con democracia interna y participación.

Descaradamente personalistas, un día tienen tres millones de votos y otro día no tienen nada. Poseen una extraña alergia, que les contagiaron los encuestadores y la “opinión pública” más ramplona de los contestadores automáticos de las radios, que consiste en creer que toda alianza es la Alianza, o sea, un rejunte invertebrado e incoherente que fracasa gobernando. Y también que todo pacto político es el Pacto de Olivos, es decir, un contubernio para repartir favores.

Pero hagamos nombres propios: si Carrió y Ricardo López Murphy hubieran entendido de verdad la política, habrían recreado el espacio histórico electoral de la Unión Cívica Radical. Pero como no la entienden, terminaron en esta nada insípida, inodora e incolora, oposición para la gilada televisiva, que no puede juntar porotos y que no logrará ponerle freno a la hegemonía.

La Alianza era una bolsa de voluntades dispersas y el Pacto de Olivos era un contubernio, pero el peronismo es una bolsa del mismo estilo, aunque verticalista cuando se juega en serio, y el Pacto de la Moncloa era, al fin y al cabo, un acuerdo político, aunque con buena prensa.

Algo tiene para enseñarle el oficialismo a la oposición. Para empezar, su voluntad de poder. El peronismo no tiene un puñadito de dirigentes destacados: tiene cien candidatos potables en las gateras, con ganas de comerse la cancha. No es dogmático y principista: acoge en su seno a hombres ubicados en las antípodas ideológicas, aunque dispuestos, por las buenas o por las malas, a aguardar su turno y a trabajar coordinadamente cuando la tormenta arrecia y cuando el que manda tiene claro el horizonte y buena sintonía con la mayoría electoral. Casi nadie, por cuestiones del pasado, queda fuera del colectivo, y nadie se rasga las vestiduras por hacerse amigo de un enemigo de antes, o por codearse con un dirigente que piensa el país desde la otra orilla.

El radicalismo posmoderno tuvo estómago delicado, y así lo pagó. No pudo tolerar las diferencias internas y expulsó de sus filas a los opuestos, que a su vez se transformaron en estómagos delicados incapaces de digerir las mínimas discrepancias. Y así hasta el infinito. Es decir, hasta la atomización y la anécdota. Como la izquierda argentina, una diáspora interminable y minoritaria con dirigentes inflexibles que se pelean por palabras vacías.

Sin dominar la materia, sin vocación ni visión política, sin sentido común, sin pragmatismo y sin humildad, sin capacidad para acordar lo mínimo ni para construir una idea, la oposición se juega en una comuna, es decir, en una baldosa.

Hasta Néstor Kirchner está decepcionado de la oposición. Admite, a regañadientes, que ninguna democracia exitosa económica e institucionalmente prospera con partido único y sin alternancias ni bipartidismo. Sabe que, si no evoluciona por afuera, una oposición de centroderecha surgirá tarde o temprano del propio peronismo y que sobrevendrán como siempre la crueldad, el destripamiento, la lucha sin cuartel y la amnistía y, al final, la cohesión. La guerra peronista hace temblar a los peronistas que detentan el poder, porque saben que del otro lado no hay muchachos testimoniales con la valija armada al lado de la cama, sino políticos con hambre que quieren cambiar la historia.

Sólo se cambia la historia con ese apetito insaciable, con esa pasión que un frío gerente no puede gerenciar. Tal vez ni siquiera pueda comprender.

La nueva política no puede madurar en manos de los no políticos.


Jueves 27 de diciembre de 2007