Fácil es comulgar gustos, visiones del mundo, afinidades, certezas. Lo difícil es encontrar personas con las que naturalmente se coincida en subjetividades.
subjetivo, va. (del latín: subiectīvus) adj.
Perteneciente o relativo a nuestro modo de pensar o de sentir, y no al objeto en sí mismo. (Lo subjetivo es la cosa-en-sí-kantiana del pensamiento; es una idea del mundo sin ob.)
Se puede pensar algo y estar seguro de ello y defenderlo hasta la agresión. Pero no lo podemos probar, ni mucho menos. Y aún menos si al que se lo queremos probar tiene otro universo de subjetividades.
Porque se puede catalogar y archivar a las personas a partir de su cosmos de subjetividades -eso ha sido sobreprobado en los más variopintos escenarios académicos; no será AC el espacio para reincidir en el desande de los caminos de la catalogación de las personas-. La discriminación es, esencialmente, cuando dos visiones subjetivas se entrecruzan. (Una de las dos con más poder, claro está, pero dos cosmovisiones al fin.)
El ser subjetivo puede comparar dos películas y decir que una es mejor que la otra por fuerza de la razón noúmenica, “lo que ni los sentidos ni los aparatos alcanzan a percibir”. La crítica periodística es lo noúmenico por antonomasia: la institucionalidad de una subjetividad como certeza. Y es, de alguna manera, impunidad, incluso, por el alcance.
Supongo que la definición correcta de la amistad es: Dos individuos coincidentes en sus universos de subjetividades en más de un 87 por ciento. Y no: “Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato”, como sugiere la Real Academia Española, con sorna.