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5.3.09

bolsas

¡'Los supermercados Jumbo, Disco y Súper Plaza Vea (?), aprovisionadores de los sectores medios urbanos de alto NES y bajo pago de impuesto a las ganancias, lanzaron una crucial campaña para reducir el impacto ambiental de las bolsas de plástico contaminantes. Ayer a la mañana me detuve en un cartel de vía pública que decía “traé tu bolsa”. No importa, dije, y seguí.

Pero más tarde, en un corte publicitario del programa A dos voces, dieron el spot institucional de la campaña. Y ahí se complicó.

Sinopsis. En las afueras de la civilización unos leones animados –figura recontra identificable con el ser nacional- juegan y se divierten hasta que, música incidental, un bebé león se come una bolsa de plástico (?) y se muere. Tristeza.

Entonces el león grosso, padre de familia y líder de la agrupación, se acerca a un acantilado oportuno y vislumbra la ciudad, un escalón por debajo de la selva, geográficamente hablando. Lleno de odio el machazo felino desciende a la barbarie y llega –sin que nadie se de cuenta- a una plaza de estacionamiento de un supermercado, anónimo. Primero detiene sus ojos en una mujer que porta una bolsita similar a la que mató a su nieto para después descubrir que todos llevan esas malditas, maléficas y despreciables bolsitas asesinas.

La campaña cierra con las frases “somos todos inocentes”, “somos todos culpables”, “trae tu bolsita”.

No, muchachos. Así no es.

  • No hay leones en el conurbano.
  • Las bolsitas nos la dan ustedes.
  • Si están preocupados pueden darnos bolsitas de otro material.
  • Pueden incluso cobrarlas, lo que salen, las bolsitas de otro material.
  • ¡Pero la culpa es de ustedes! No de todos ni de nadie. De Jumbo, Disco, Plaza Vea y los demás supermercados.

El tatayofreano eufemismo fuimos-todos-no-fue-nadie está muy bien pero no encastra en este ejemplo. No pueden encarar una campaña echándoles la culpa a todos y a nadie.

Pero más me preocupa que cualquier cosa puede ser impuesta como una verdad sin que los receptores se pongan a pensar. Deben decir, “qué copados”, “qué bueno”, “qué buena idea”, “responsabilidad social empresaria” “iso 9001:2009”, “tienen razón, somos unos forros que estamos matando leones”.

No sé, tienen la suerte que el Estado de un país subdesarrollado no tenga como prioridad la cuestión ecológica, por lo que nadie les impide seguir dando bolsas de plástico, ahorrándose un montón de guita, y pagándole nada a los empleados. Pero no jodamos.

Si quieren mejorar la imagen de marca asuman los costos, no les echen la culpa a los clientes.



23.5.07

me dio una canción

Mi vieja tenía dos casetes de Silvio Rodríguez: Unicornio y Tríptico 2. Madre debería escucharlos con cierta asiduidad, imagino. Por eso, cuando fui un poco más grande y osé revolver el cajón de los casetes, el rojito sin caja y la cajita con el 2 serigrafiado en verde flúo se congeniaron a las mil maravillas conmigo: fue amor a segunda oída.

Era el recuerdo de la infancia más una lindísima música: era una mezcla explosiva.

Una tía para un cumpleaños en vez de regalarme algo me dio plata y yo le pedí a mi papá que me lleve a la disquería Pichín, que quedaba en Avenida del Trabajo –era un páramo para los sentidos ese lugar, era mágico-, para comprarme un casete de Silvio.

La oferta era amplísima y sólo me podía comprar uno. Elegí por la tapa. No conocía su trabajo más allá de los dos discos que había escuchado tanto. Tendría 10, 11 años. Elegí por la tapa una tapa que era el contraste del rostro de Silvio –a la manera de los íconos revolucionarios- recortado sobre una patina naranja. Aún no tenía ideología política. Y era feliz.

Me acuerdo que le mostré a mi tía lo que había hecho con la plata que me había dado, le mostré el casete, y mi tía me dijo que no sabía quién era Silvio Rodríguez. No lo escuché ese disco, lo mire mucho, muchísimo, pero no lo escuché.

Años después me reencontré con el casete y lo escuché. Se llamaba Mujeres y tenía al final del lado “a” una canción que se llamaba Te doy una canción. La canción decía que Silvio estaba gastando papeles recordando a una mujer, una mujer que lo hacía hablar en el silencio, y que el tiempo pasó y que, de pronto, el tiempo fueron años, sin que ella pasara por Silvio detenida. Y eso de que le daba una canción, como un libro, como una palabra, y hacía, de paso, cañazo, un discurso sobre su derecho a hablar.

Hago un discurso sobre mi derecho a hablar es un idea fuerza que puede conmover a un preadolescente, aunque no sepa explicar cuáles resortes me movilizaba esa frase, esa frase que se piensa a sí misma.

Al final le daba una canción a la chica y decía Patria, así, con mayúscula. Y se sabe que la patria es la infancia. Y una canción, acaso, dada como un disparo, una guerrilla, como el amor.

25.4.07

disco doble

Disco está organizando una promoción para que unos cuantos vean un show exclusivo de Adriana Varela en el Hilton.

Hasta ahí todo bien, salvo que en los carteles de vía pública dicen: Si querés ser una de las 70 parejas que vean en exclusiva…

Estaría bueno verla a Adriana pero ser una pareja es un poco esquizoide, apenas si puedo redondear el ser una persona y ya me proponen ser dos.

Sí, sé que apunta a otro lado, apunta a que todo el mundo tiene una pareja.

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