
Estaba husmeando los chismes del primer mundo y me encuentro a Britney en thesuperficial.com este banner de Cormillot como la ironía más acabada que puede hilvanar el adsense si es que el adsense puede pensar y acaba. Y es una página norteamericana, digo, para reforzar la rareza. Y me viene de perillas para comentar una extensa y linda y amistosa nota que trascribieron al castellano la gente de la RollingStone argento edition. Me sirvió, entre otras cosas, la nota, para conocer cosas que no sabía de la más hermosa mujer que ha dado la tierra en estas últimas décadas –sin contar a Bárbara Lombardo- y todas las cuestiones que hay alrededor de su fama y el asedio de los medios y la incapacidad que tiene de rodearse de gente que la quiera bien y qué difícil es para ella encontrar a alguien –productores, parejas, amigas, amigos, familiares- que no la quiera hundir para salirse a flote. La nota se titula algo así como Britney, la gran tragedia americana. El título ideal sería la pesadilla americana, juego de palabras de american dream, pero no viene al caso; al caso viene apuntar algunas consideraciones sobre ella. La mina harta de lo que la gente espera que ella sea va y se rapa, se descuida, y aumenta 15 kilos. Lo hizo Courtney Love y estuvo bien pero era una arrastrada desde siempre y ahí radicaba su encanto inclusive: en la posibilidad de que tan borracha te diese bola, la ilusión de que no repare ni en que no sabés articular dos palabras en inglés. Pero Britney siempre fue otra cosa, una nena, la novia perfecta, la nuera ideal. Tengo grabado a fuego From the bottom of my broken heart en mi retina con ese gorrito piluso de hilo tejido verde en la hamaca como la imagen mejor diseñada de la dulzura femenina; o esas caritas a la cámara de que ganas que tengo de debutar en Don't let me be the last to know. ¡Qué ángel! ¡Y es bellísima! Canta bien, baila bien, actúa bien en primer plano (es muy gestual) y tiene ángel. Sumado eso a dos o tres perversiones hacen de ella un bombastic love infernal. Qué caramba. O esa discusión ficticia con su Kevin de turno en Everytime que termina suicidándose arrumbada de pesares para despertar de un sueño horripilante, emergiendo de una bañera, con unas tetas de otro cuerpo; o aquel trajecito enterizo rojo de plástico en Oops! I Did It Again que vi mil veces -cuando no había youtube para repetir a piacere- o en Overprotected, con ropa de Kosiuko, donde hace liberar más endorfinas que la tableta Milka más grande del mundo y termina con esa carita a la cámara más tierna y perra en dosis equivalentes que el ser humano ha alcanzado en 2000 años de occidentalismo. Podría seguir con miles de videos pero me meto de vuelta en el american nightmare. Y es que fue más rockera que cualquier otra persona de su generación, es como el Pity pero modificada genéticamente de manera perfecta. Parecía Larry Flynt (que en su biopic estaba en pareja con una mujer que resultaba ser la Courtney, más linda que nunca): tuvo hijos, se les cayeron, no fue a las audiencias, se paseó con remeras que decían la Corte Apesta, vomitó en cualquier lado, fue a comprar ropa de madrugada con una bombacha visiblemente manchada de fluidos mensuales de color granate, tiene paparazzis hasta en la ducha, se casó con el mejor amigo de su infancia en Las Vegas y su mamá casi se muere porque no había firmado un contrato prenupcial, como es obvio, besó a Madonna, grabó Satisfaction y se cruzó a la semana a Mick Jagger en un ascensor y no le conocía la cara, vive en hoteles, toma todo tipo de drogas, cobra un millón de dólares una entrevista exclusiva, sale desnuda y embarazada en una revista, le piden autógrafos y responde “no sé quién te crees que soy pero seguramente no soy eso que imaginás”, va a la mtv y canta mal, baila peor, y está gordita como un cerdito, como para morderla hasta empacharse. Y lo peor es que sufre todo eso y no va a llegar muy lejos y morirá más pronto que tarde y hasta orbituarios hechos ya tienen los diarios.
Pero igual saca un disco muy bueno y sigue siendo la más grande estrella pop del planeta, pese a quién le pese. Aunque pese tanto que un Cormillot pavonee sus sienes plateadas en banners alusivos en perfecto castellano.