Me levanté el sábado a la mañana y miré la hora: las 11.30. Pensé, “más tarde seguramente voy a querer leer algo”. ¿El diario acaso? Algo coyuntural y pasatista, pero, a la vez, con contenido. Lo que siempre leo, bah. "Página/12 o Ñ”, dudé, mientras intercambiaba y decidía cuál de las dos almohadas nuevas era más cómoda, en las sucesivas despertadas.
“Si me vuelvo a dormir voy a levantarme después de la una”, imaginé, sopesando el cierre del kiosco de diarios. Tomé coraje y me levanté. Mientras me vestía recordé que venía de regalo con Página/12 la revista Fierro, mítico folletín de historietas, que volvía a salir. Me puse contento.
Pedí el diario y lo noté liviano. “¿Me habré equivocado…? ¿No venía hoy?” Ojee rápido los suplementos. Suspiré con desgano y miré la portada del diario: ¡sí venía! Pero costaba 4 pesos más. “Ah”, pensé, “no hay problema”. Dije: “Míster Kiosquer, deme
No llego aún a tomar la revista cuando miro a la derecha y veo a un viejito. Me sale estirarle la mano y, de las entrañas, ¡¡¡Solano!!!
“Parece que venimos por lo mismo”, me dice Francisco Solano López con sonrisa picarona. Era la última que tenían, se la deje, “Usted hizo más méritos que yo”, le dije.
