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18.2.08

en latinoamérica matan a la gente pero no matan a la idea

blades - Share on Ovi

Cuando promediaba los 20 años algunos enlaces arbitrarios ya me habían acercado trágicamente a Rubén Blades. Uno, unívoco, creo, fue la canción Desapariciones incluida en un disco en vivo de The Fabulous Cadillacs. Me impactó en principio la forma en que estaba construida la canción: 4 o 5 relatos en primera persona que narraban los sumideros del alma de aquellas personas que buscaban desesperadamente a alguien que no se sabía dónde estaba. (Todos lo escuchamos ya.) El empleado detrás del mostrador atento a medias a ese puñado de tristezas, con nombre, apellido, profesión y vestimenta al momento de la pérdida. Un relato policial contado desde la taquigrafía incierta del oficial de turno. Pero la canción, musicalmente, se destacaba porque no tenía estribillo, al menos no tenía estribillo de canción de radio clásica. La forma en la que Blades ensambla sus canciones es la siguiente. Repite una idea, varias veces, y un mantra –que funciona como estribillo- retoma la idea fuerza del tema, el eslogan, que será coreado por un conjunto de centroamericanos jaraneros hasta el fade out definitivo. En ese epílogo eterno el panameño más famoso improvisará a lo Martín Fierro. Clases de virtuosismo musical e improvisación vocal, en partes iguales, de eso se trata.

Algunos años antes un programa de ATC cuyo nombre no recuerdo, pero podría ser Música Total -u otro similar- pasaba videoclips, cuando los videoclips eran un rareza, y una forma de arte. De aquella época conservo el recuerdo del tema de Los Picapiedras de The B´52 y Losing My Religion protagonizado por un estertóreo Michael Stipe danzando una danza imposible, con un ángel caído femenino, en aquellos primeros años de REM. También recuerdo que se publicitaba insistentemente un show de un tal Rubén Blades y que era promocionado, insistentemente, con una canción pegadiza y latina hasta los huesos: se llamaba Camaleón. Y decía esto: ¡Ten cuidao con el Camaleón! / Con anzuelo tan chiquito, no se pesca tiburón. El disco se llamaba Caminando, y la información la preservé en algún lugar de la corteza cerebral como se preservan esas informaciones que realmente valen la pena.


Musimundo en alguna época difusa del siglo veinte remataba casetes a 0,99 pesos en bols trasparentes tipo programas de entretenimiento de América TV con cupones, pero sin ellos, en Musimundo. Bajo presupuesto. Entre ellos se encontraba, exigiendo atención, el casete Caminando. Lo escuché muchísimo. Son 10 canciones para subalquilar balcones ya subalquilados por inquilinos anteriores. Hay una canción sobre un revolucionario, otra sobre un mito precolombino, otra sobre cómo el dormir iguala a todas clases sociales, otra sobre un amigo que cuando se emborracha le sale un mujer debajo de su cuerpo, otro sobre la necesidad de no olvidar los pesares de las dictaduras y su legado, y así. En el camino descubrí que se podían escribir canciones de protesta sin necesidad de obviedades ni insultos. Prohibieron todas las ciencias excepto la militar, dice por ahí, una, por ejemplo.

Del encuentro con la verdad nadie se escapa

Después vinieron a mi dos compilados con toda su producción más próspera. Y un disco en vivo –inolvidable por cierto-. En una intro dice “Vamos a cantar una canción que se titula Decisiones. Y en ingles, se titula Decisiones… Perdón, Decisions.

Ese compilado doble tenía canciones como El Cantante, Tiburón, Plástico y Pedro Navaja. Hoy son conocidas por Vicentinos y Calamaros muchas de ellas. The Fab Nine –Minimal ya adentro- invitaron a Rubén a cantar Hoy lloré canción por aquellos años calaveras; Maná versionaba nuevamente Desapariciones; y Blades se convertía en un David Byrne verdaderamente latino reclutando artistas desde Ushuaia al norte inmediato del Río Bravo.

Había recortado y pegado en mi placar las últimas preguntas de una contratapa de Clarín Espectáculos. Una entrevistaba a Rubén. Cuando terminaba la nota Blades le preguntaba al periodista si ahora él podía hacerle una pregunta. Le dijo que sí, y la trascribió. “¿Cómo anda Maradona?”, “Bien, acaba de volver a jugar en Boca”, “Me alegra mucho. Era bueno el gordo, ¿no?”. [Casi Textual.] Pero el tiempo fue pasando y Rubén Blades siguió sacando discos, y lo mejor aún estaba por hacerse. Sacó La rosa de los vientos, un disco/catálogo sobre ritmos latinoamericanos de toda haya: Tiempos un disco introspectivo y algo desengañado con el mundo; y el genial Mundo, que vuelve a revisitar la música, pero ahora a nivel planetario.

Como se dijo el panameño es un señor extraño: en su ambiguo (y sobresaliente) currículum se anotan apresurados los siguientes ítems: candidato a presidente de la República de Panamá; actor latino en más de una película de Hollywood; amante incondicional de la ciudad de Nueva York, ministro de Estado de un ex presidente panameño; músico; poeta; activo defensor de la autonomía latinoamericana; y otras cosas más, menos relevantes, como operador de Windows XP. A pesar de vivir en Estados Unidos mucho tiempo y con contactos a rabiar por esos lares, el buen Rubén sólo tiene dos o tres temas en inglés, de los cuales uno es un cover y otro es un estribillo socarrón: wha´ happen´? Iron know, repetido hasta el cansancio por unos caribeños pasados de copas.

Más allá de los discos, su fuerte, para mí, es la manera original con la que aborda las canciones, cómo construye las historias, cómo puede hablar de un tema anti articulable en 5 minutos en 3 minutos... y lo sobraban 2 para hacer free salzz. Y con altura y talento. Canciones como la problemática de los sicarios en Colombia (Sicarios); la importancia de la familia como factor de contención social (Amor y Control); una oda al antiimperialismo (Tiburón); una denuncia a los latinoamericanos coptados por la mentira del capitalismo (Plástico); una diatriba mortificada sobre las clases medias (Hipocresía); o, por terminar, podría seguir, un homenaje a un libro de García Márquez (Ojos de Perro Azul).

Además, me enseñó a describir un personaje. Contándonos cómo es el Monaguillo Andrés en una canción, Rubén reduce sus intereses a “le gusta el río, jugar al fútbol y estar ausente”. Así se deben presentar los personajes en cualquier lugar del mundo. Hola, qué tal, me gusta el río, jugar al fútbol y estar ausente, ¿y vos?

Para despedirme les dejo un tema de Mundo, su último disco, que se llama Sebastián, para que escuchen de que viene este monstruo de la canción mundial.

17.11.06

Ni Cóndor, ni Águila; los pájaros todos

vicentico en bajo

Los últimos temas de Vicentico en Los Fabulosos Cadillacs recorrían un sendero deforme. Se editaba allá por el ´99 La marcha del golazo solitario y, ya amorfo como disco, Vicentico estaba firmando Roble y Águila, dos canciones mutantes con estribillos que entraban a des-tempo y con explosiones y susurros tonales desconcertantes. Siempre él fue mi preferido de los Cadillacs, sus canciones eran las mejores de la banda aunque su perfil se licuaba como el-que-canta-entre- esos-músicos-del-carajo. Vicentico es un gran constructor de canciones populares. En esa época, estudiando sus últimas producciones, hubiera jurado que la carrera solista de Gabriel iba a transitar ruas borders. El condimento que sellaría esa certeza serían sus dos canciones –las primeras verdaderamente solistas - que incluiría en la banda de sonido de Condor Crux : algún día habría que rescatar esas locuras que son Cóndor y Llegando a la montaña-. Se lo llamaba crooner; trabajaba en las películas de Rejtman; elegía a Pez en cuanta votación a banda del año se hacía en suplementos matutinos: yo lo sellaba, Vicentico iba a hacer discos raros.

Después vino –no en este orden- el beso con Ricky Martin en la MTV, la producción artística de Afo Verde, el tema de la publicidad de CTI, el cover de Chico Novarro, Enrique Bunbury diciendo que él quería hacer algo como lo que estaba haciendo Vicentico. Un temazo con Diego Torres, que se llama Usted, en un disco unplugged de Diego. De esa etapa nos legó dos grandes discos de canciones comerciales –en el mejor sentido del término- bien hechito, con muy buenos covers. Y un futuro incierto: entre el desmadre o el estrellato.

Y quizás lo mejor que hubo hecho fue acercarse al más mejor de todos, Andrés El Grande, que le tocó la espalda, sos un músico popular, le dijo, pero no por popular debés ser fácil, le agregó, das para mucho más. Vicentico en respuesta le hizo dos temas en el Cantando el Salmón, La parte de adelante y Para no olvidar, la mejor canción de la música popular argentina de todos los tempos. Antes se había subido, elegido, a tocar unas canciones en el Obras de Andrés y Andrés lo homenajeo cantando a dúo Vasos vacíos.

Finalmente, Vicentico encontró su equilibrio artístico. Acaba de lanzar el mejor disco de lo que va del 2006, Los Pájaros. Escuché mucho a Rubén Blades. Gabriel también (Tiburón, Desapariciones, Hoy lloré canción) lo hizo. Este disco suena a Blades.

Se lo produce él mismo -ya sin Afo- y logra que el sonido sea más eficaz que efectivo: hace la salsa elegante que hacen los tipos que entienden que la salsa no es alegría desembozada sino melancolía para países donde hace mucho calor en invierno. Está cantando como un boricua o un panameño, haciendo por fin honor al apodo caribeño que porta desde que tocaba ska. Mezcla ritmos en una sorprendente amalgama conceptual, porque hay un corte cumbia villera en El Baile a là Pablito Lescano, que es para sacarse la gorrita nike. Pero también hay corridos mexicanos, folclore, un tango de Melingo –hermoso- en clave reggae, baladitas, neoboleros: grandes canciones.

Le pongo 10 natanaelesamenábares.