3.4.08

brilla con más fuerza que un millón de soles

Debo reconocer que me gusta mucho Alejandro Sanz. Debo reconocer que inclusive le digo Ale, como si fuera mi amigo, con quien discuto de política. Pero más allá de su anticomunismo epidérmico lo quiero porque es un tierno, y porque escribe grandes canciones, y es compositor y pianista y parece un buen tipo. Corazón partio tiene destino de clásico desde antes de grabarse y seguramente será traducida a muchos idiomas, tal su perfección. Y otras muchas lindas canciones como la hermosa Eso, la delicada Amiga Mía, la brutal Aprendiz, la romántica El alma al aire o la onírica Regálame la silla donde te esperé, como algunos ejemplos de sus variadas maneras de abordar el discurso amoroso. Pero quiero detenerme en un tema sencillamente sobresaliente que se llama Siempre es de noche, en el que da una clase de narrativa al servicio de la canción.

Antes de meterme de lleno hay algo que siempre quiero decir y me olvido: no entiendo por qué las canciones son transcriptas como si fueran poemas. Si una canción no es un poema. Y muchas canciones, más que poemas, son cuentos, son recortes, son enumeraciones. Entonces por qué forzar la forma del poema si la canción no tiene ese relato. No sé si me explico. La mayoría de las canciones no tiene ni la métrica que justifique la forma de la poesía. Bueno, Siempre es de noche es el caso típico del relato que merece ser más prosa que otra cosa y que al encolumnarlo en decasílabos –siendo bueno- pierde su fuerza narrativa. Así que me tomo el atrevimiento de reescribir la canción, puntearla como a mí me gusta, agregarle signos de pregunta, comillas y toda la industria de caracteres existentes, para hacer de esta canción un cuento corto magistral. Y a su vez, arriesgado, original y sencillo.

Hay en Siempre es de noche cosas no dichas, un comienzo que se apropia de ideas de estilo clásico de la canción romántica, pero para resignificarlas con un ingenioso recurso. Veamos…

“Cuéntame cómo va cayendo el sol. Mientras hablas pensaré: ¡qué guapa estas!, ¡qué suerte ser la mitad del cuento de un atardecer!, que observo al escucharte, porque mis ojos son tu voz.

“Acércate, que cuando estamos piel con piel, mis manos te dibujaran, tu aroma me dirá tu edad. Junto a ti, unidos sin saber por qué, seguramente se me note el resplandor de una ilusión. Porque a tu lado puedo olvidar que para mí siempre es de noche, pero esta noche es como un atardecer, si logras que a la vida se asome, tus ojos sean los que brillen… ¡y la luna que la borren! Que en mi eterna oscuridad, el cielo tiene nombre: tu nombre. ¡Qué no daría yo por contemplarte aunque fuera un sólo instante!”

Este monólogo meloso hasta el hartazgo esta puesto en boca no de Alejandro sino de un ciego. Un no vidente que le pide a una mujer, que podría ser su guía, su tutota, su lazarilla, que le cuente cómo son las cosas que él no puede ver. Pero que estando con ella las puede ver por primera vez. Con momentos interesantes, como el cielo tiene nombre: tu nombre. Sigue.

“Hace frío. Es tarde y tienes que volver. Que hay alguien que te espera, seguro. Una vez más el tiempo se nos fue. ¿Volverás? Dime sí mañana volverás. Como lo has hecho cada tarde, para contarme como muere el día.”

Acá pone al ciego apelando a la interlocutora, su enamorada, y aparece la historia secreta de la mujer que lo guía. Al decir volverás mañana, como lo has hecho cada tarde, nos deja entender que la mina no estuvo de casualidad contándole como muere el día, sino que hubo al menos más de dos reuniones a tal fin. Pero pasa que el tipo se enamoró de ella, y sabía que al confesarlo la relación acabaría. Y más aún desconociendo qué era de la mujer fuera de esos encuentros (que hay alguien que te espera, seguro). Y, sí, los encuentros se interrumpirán definitivamente, pero el no puede ser infiel a sus sentimientos. Es un ciego fiel.

Acá Ale cortá el relato, que sin todos estas capitulaciones que hice, al escucharlo por primera vez, cualquier oyente relacionaría con una historia del cantante en primera persona, mechada con un par de metáforas menores acerca de eso que uno es ciego hasta que se enamora y ahí ve cosas que antes no veía. Toda una batería de lugares comunes.

Pero atentos, no por casualidad puse los párrafos anteriores entre comillas, son textuales, ahora Sanz dice:

Y se marchó, ella se alejó de él. Pero como en las cartas, dos puntos, posdata, se me olvidaba, no me presente: sólo fui testigo por casualidad, hasta que de pronto él me pregunto: “Era bella, ¿no es verdad?” “Más que la luna”, dije yo, y el sonrió.

Acá tenemos la genialidad máxima de la canción. El reproduce la charla del ciego, hace un corte y pone un par de verbos para que veamos la acción (marchó, alejó). Ya no son reproducciones del discurso de un enamorado, ahora tenemos una situación, un contexto y una espacialidad. Yo me lo imagino a Ale tomando una Margarita en un bar, acodado a una barra, la mirada puesta en el vidrio detrás de las botellas de licor, oteando de reojo a la pareja. La mujer y el hombre de frente a un ventanal, ella contándole cómo es un atardecer, y Ale con los oídos bien abiertos a la conversación, exprimiéndola, y quizás ya pensando en transformarla en canción. Y de pronto, dice, como si fuera un olvido natural, disculpen muchachos, cometí un error, no me presenté: sólo fui testigo por casualidad. Recién en ese momento nos damos cuenta que Alejandro no es el protagonista sino el que cuenta el relato. Y resignifica todo. Y no nos lo cuenta en off, como un historiador o un locutor, lo cuenta como ocasional espectador. Que posteriormente es incluido en la acción que contaba desde afuera. El tipo, aún ciego, siente la presencia definitiva de Sanz, como sólo los ciegos saben hacerlo, y le pregunta, retóricamente, “Era bella, ¿no es verdad?” Nótese que él ciego ya habla en pasado sobre la chica porque sabe que no la va a volver a ver, sabe que al confesar su amor el final de la relación no tiene restauración posible. Y Alejandro, un codo en el mostrador de estaño, mirándolo por primera vez al hombre sin inhibiciones, sin usar el reflejo del espejo, se guarda la mejor frase para él, Más que la luna: se autoreproduce textualmente. Y el sonrió, nos cuenta: sonrió porque sabía que era verdad, que el estaba enamorado de ella porque no se podía equivocar. Y después Ale, cierra la canción con una reflexión propia acerca del acontecimiento.

Nunca mas sé hará reproches por intentar amanecer. No volverá a perderse en la noche, porque su alma hoy brilla con más fuerza que un millón de soles. Pero, en su eterna oscuridad, a veces se le oye a voces: “¡Qué no daría yo por contemplarte aunque fuera un sólo instante!”

Un conjunto de buenas intenciones del músico sobre el señor ciego y desdichado que se completa en el regocijo de haber sentido un gran amor incomprendido. Aunque flote intermitentemente ese deseo que no será nunca: verla; la vida sólo por poder mirarla un instante como artilugio para poder ser feliz.

boomp3.com

2 comentarios:

Cloe dijo...

No me gusta Alejandro Sanz, detesto a Alejandro Sanz, pero bueno, respeto a la gente que le gusta, yo no soy quién para decir lo que alguien tiene que oir, a mi me gusta el hip hop en español y Birabent y hay quién me fusila por eso, que se yo.
De igual forma me parece interesante la forma de desflorar la metáfora(?) o la canción en si.

Y respecto a si se utiliza la métrica o se escriben las canciones en forma de poema, no se, yo las mias las suelo escribir asi, no por nada, supongo que por la costumbre de verlas todas de esa manera, y a veces, como tu dijiste creo que depende de lo que estés diciendo en la canción o como lo quieras representar.

Saludos!

natanael amenábar dijo...

Quiero escuchar tus canciones Cloe!