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19.8.09

Últimas imágenes del videógrafo


Quizás recuerden la serie de posts, más o menos recientes, sobre los videoclubs como idea y, especificamente, sobre mi videoclubista de confianza, El Pelado de Murguiondo.

El amigo HP, tarde y bien, nos hizo llegar más información, valiosa, sobre detalles que tuvieron que ver con la lenta desaparición del mencionado rentista. La compartimos.
Estimado Natanael:

Viví casi 30 años (de 1979 a 2008) en la calle Oliden, entre Málaga y Crisóstomo Álvarez. Oliden es la paralela inmediata a Murguiondo. El videoclub estaba sobre Murguiondo, entre Málaga y Crisóstomo Álvarez.

Es cierto todo lo que decís. Pero la verdadera causa de la decadencia de este videoclub (conocido comunmente como "lo de Piazza", pues así se llamaba el pelado, quien tenía una hijo sordo y una hija que estaba fuerte) no fue el salto tecnológico. La razón por la que dejó caer el local y por la cual atendía en horarios ilógicos es porque se dedicó a ser prestamista (léase usurero). En sociedad con el de la inmobiliaria de la otra cuadra (Sosa e Hijos) y varios impresentables mas de la zona. Le chuparon la sangre a medio barrio y luego uno de los socios (el hijo de Sosa, si si, el "e Hijos") estafó a todos ellos y se fue del país.

Es una historia conocida en el barrio y tiene la gracia de portar sabiduría popular:

"El que le roba a un ladron..."

Saludos, HP
imagen: Erlich

13.12.07

qué tango raro

.
Estuvo invitada ayer Adriana Varela a RSM y contó cosas muy bonitas, y precisó que sus tangos favoritos son los reos, los tumberos, los marginales. Hace poco esbocé una pequeña máxima sobre las mujeres que fuman cigarrillos negros: dije que las mujeres que fuman cigarrillos negros son jodidas, difíciles y un poco misteriosas, pero que son minas de fiarse, son buenas minas las minas que fuman cigarrillos negros, son inteligentes, despreocupadas y cínicas. Llegamos a la conclusión con Marie que Patty y Selma Bouvier fuman cigarrillos negros, aunque nunca lo hayan dicho. También creo que Adriana Varela tiene que fumar cigarrillos negros, si es que fuma o alguna vez fumó. Contó que su tango preferido es Como abrazao a un rencor y que uno de sus poetas favoritos de la lengua popular ciudadana es Homero Expósito. A Homero Expósito yo lo quiero bocha, una vez escribí un pequeño sucundrum de su vida. Adriana contó que Maquillaje lo escribió a los 13 años, increíble. También contó que Afiches data de sus 17 tormentas de Santa Rosa. Murió joven, menos mal que empezó temprano: quizás sabría de su sino fatal y le robó años al calendario de la lucidez. Mi tango preferido también es de Homero Expósito, es un tango kirchnerista, es un tango esperanzado, es un tango raro. Se llama El Milagro. Una vez escribí otro sucundum sobre esto, que dejo a continuación para vuestro conocimiento.


Todas las canciones terminan por ser tristes, por ser la banda sonora de algo que has perdido,
resume el escritor y poeta madrileño Benjamín Prado y, de paso, arranca con estiletazo de esgrimista uno de los capítulos de Raro, novela que debiera ser iniciática si los jóvenes en verdad leyeran algo por estos días.
Lo cierto es que allende Morrisey, el tango sigue siendo el género de canción triste por antonomasia. Con su olvido gris tras alcohol. Sus pebetas de pelo cortado como se usa y teñidos color champán, que son apenas embrión de carne cansada. Y, claro, su especial encanto, aquellos héroes enamorados a destiempo, que tratan mal a sus parejas cuando debieran amarlas e intentan volver el tiempo atrás cuando andan paseando en auto con un bacán.

Lo significativo de El Milagro, gema de Homero Expósito de 1946, es que es optimista. Y ante esta novedad uno no puede menos que temer y pensar cómo va a ser de triste ese tango cuando finalmente se vuelva triste; al decir de Benjamín, cuando termine siendo la música incidental de tu propia road movie. La respuesta, en voz de Homero: de ese país ya no se vuelve ni con el yuyo verde del perdón.

Adriana Varela incluye ese tema en su repertorio y, a sabiendas de su pericia para elegir dentro de la amplísima oferta que la música ciudadana ofrece, es de suponer que no debe desconocer la verdad imprecisa del milagroso tango en cuestión. Porque, como mínimo, habrá que cederle a El Milagro la habilidad de ser un tango raro: el protagonista está más cerca de ser un negador de esa tristeza que lleva intrínseca el amor perdido -con convicción cuasi cursi- que de ser el prototípico narciso-masoquista que disfruta regodeándose en el dolor de un amor no correspondido (con más o menos talento, según el caso). Ante cualquier duda, consulte la becqueriana frase Y hoy he visto que en los árboles hay nidos y noté que en mi ventana hay un clavel.

Homero, una vez superado el dolor de la despedida, se ilusiona y nos regala el primer tango-pop de la historia. (Después vendrá a aumentar y corregir su legado Horacio Ferrer con sus gallitos de riña y sus augures, pero eso es otro tema.) ¿Y quién sino él dejó el clavel para después descubrirlo con alegría en la ventana? El tanguero metrosexual se nos descubre absorto disfrutando las delicias sencillas de la vida. No lo dijo, porque el formato tango-canción no permite letanías, pero seguramente por esa época se iba y se venia de Campana a la capital a por especias de alguna isla asiática desaparecida por un tsunami, más de una vela aromática y artículos de diseño para su cuartito de soltero en Tucumán y Maipú.

No nos olvidemos que es un tango, por lo que tampoco El Milagro vendría a ser una celebración de la esperanza. Pero ya fue expuesto que ninguna canción tiene esa cualidad de ser sempiternamente jocosa; por más que uno vai ralando na boquinha da garrafa, esa garrafa finalmente contendrá un licor, que sorbido a la luz tenue e implacable de lo que perdiste se trastocará en trago amargo.

De cualquier manera es notoria la alegría ilusionada de un Homero impostado de felicidad. Primero nos pone en situación reconociendo que, como todos, los errores del pasado lo habían suicidado; que sintió latir un amor como late en la muñeca su reloj; y que gritó lo terrible del olvido, sin razón; que anduvo -sin la gracia de otro beso, ni la suerte de otro error- sin aurora, suicidado, pero ahora, -porque Dios sabe el pasado-, por milagro, regresó, cuenta.

¿Qué cosa?

¡El amor!

Al final nos aconseja que no seamos desconfiados, que hay que darse al amor, como ayer.

¿Por qué?

Porque amar es vivir otra vez.

Qué tango raro.

10.5.07

manoladas

¿Cuándo será el día que los músicos argentinos escriban así?

Desde Homero Expósito que no veo tanta genialidad. Y, claro, cositas de Spinetta y cositas de Flema.

Todo esto que trascribo es de un sólo disco de Manolo García, que se llama
Arena en los bolsillos y es de 1998.

Y si la vida es un sueño, como dijo algún navegante atribulado, prefiero el trapecio para verlas venir en movimiento.

Mi triste sonrisa alzada en las ramas, en los gallardetes, en las banderolas.

Quedaba mucho por hacer: arreglar la huerta, hablar con los perros, pasear por las orillas del otoño. Quedaba mucho por hacer. Quedaba mucho.

Porque de ti volví a aprender lo necesario: aprendí a sumar lo lógico y lo incierto. A poner la mesa. Aprendí a soportar sólo lo soportable.

En los vértices del tiempo anidan los sentimientos. Hoy son pájaros de barro que quieren volar.

En los talles de las mujeres te complaces. En cuadros antiguos y en herrumbrosas llaves. En el pasar sereno del cometa. En el cajón secreto de tu armario. En la luz brillante de las olas. En el oscuro abismo en que te meces.

Mándame en un sobre tu sonrisa rota. Rápido García. Yo te la compongo. Se reparan botas, bolsos de cuero y alpargatas, canastos de mimbre, diademas de borlas. Que soy zapatero, que soy zapatero remendón.

Con nieve de nardo yo te la remiendo. Con tela del aspa de un molino viejo. Con polvo del brillo de un trozo de espejo. Con el rabo blanco de un gato perplejo.

Súbeme al monte de las siete verdades o enséñame a besar como tú sólo sabes. Llévame esta noche a San Fernando, iremos un ratito a pie y otro caminando.

Llévame a ese cine, al de las sábanas blancas. O córtame el pelo. O vamos a robar naranjas.

Te espero junto a la farola. Palmeo por rumbas a James Brown. Si puedes mejor ven sola. Si me quieres pérfido soy santo. Si angelical me quieres, la rama podrida del árbol. Volveré. Volveré cuando el gallo no quiera comer.

Léeme a Polibio en el andén y así esperamos que llegue tu tren que tanto tarda. Mejor leemos a Platón. No calla. Léeme el Lecturas que tanto nos gusta. Un paralítico tren va silbando sobre la vía trazada con tiralíneas. Al Basiti, la llanura. Un mundo plano como punta del alfiler. El viento vuela tu falda. Nos salva el altavoz del andén. Y ahora gírate y anda hacia el tren que nos separará.

Llegaré con un saco cargado de agujas. Llegaré caminando sobre un alfiler.

Mi corazón es un tam-tam. Una postal desde Idaho. Un disco viejo. Una moto disparada. Un final de mes. Un túnel sin tren. Una granada. Un corazón que se desgrana. Es un avión sobre la Pampa. Hola y adiós, hasta mañana.

12.7.05

homero

El apellido Expósito, se sabe, era usado en Buenos Aires en el siglo XIX para nominar a los niños sin padres criados en el hogar de huérfanos conocido como la "Casa de Niños Expósitos", que estaba en la calle Montes de Oca, Barracas.

La persona que nos ocupa, que es considerado el mayor poeta del tango, Homero Expósito, no tuvo esa adversidad; sí su padre, don Manuel.

Homero ve el mundo con ojos cínicos y descreídos por primera vez un día de noviembre de 1918, el 5, en Campana, Buenos Aires. Don Manuel ya se había tomado el afán de posicionarse socialmente, hacerse de abajo, ser reconocido en el pueblo y consolidar una posición económica que le permitió salir a su progenie del incierto destino de autodidactismo. El joven Homero fue un excelente alumno inclinado hacia las ciencias sociales. Una vez finalizado con honores el secundario, el Mimo inició la carrera de Filosofía y Letras en la UBA. No la terminó, pero le sirvió para vislumbrar lo que sería su ineludible destino: poeta y letrista de tangos.

Con su hermano menor, Virgilio, firmó un centenar de canciones ciudadanas; más las que registró en solitario y grabó con las más disímiles orquestas de entonces, que fueron otras decenas. Enumerar sus tangos es minimizarnos a nosotros: Afiches, El milagro, Maquillaje, Chau… ¡no va más!, Naranjo en flor, Pedacito de cielo, ¡Qué me van a hablar de amor!, Trenzas, Tristeza de la calle Corrientes o Yuyo verde, hacen ese trabajo de insignificarnos demasiado bien.

De manera infructuosa intentó seguir inmiscuido en cuestiones comerciales, tal el mandato paterno: dos restoranes tuvo que cerrar (en Zárate y Mar del Plata) porque iban más amigos a pichulearle las cuentas que clientes a pagarlas.

Tuvo durante un tiempo un cargo jerárquico –tesorero- en Sadaic pero tras algunas discusiones con los atiliostampones de aquella época, Homero se retiró de la administración y recorrió Europa; la meta era París, como la de casi todos los tangueros.

“El milagro” data de 1946; es uno de mis tangos favoritos porque tiene zozobra de optimismo sin dejar de ser un tango.

Nos habían suicidado / los errores del pasado, / corazón... / y latías -rama seca- / como late en la muñeca / mi reloj. // Y gritábamos unidos / lo terrible del olvido sin razón, / con la muda voz del yeso, / sin la gracia de otro beso / ni la suerte de otro error. / Y anduvimos sin auroras / suicidados... pero ahora, / por milagro, regreso. // Y otra vez, corazón, te han herido... / Pero amar es vivir otra vez. / Y hoy he visto que en los árboles hay nidos / y noté que en mi ventana hay un clavel. / ¡Para qué recordar las tristezas! / ¡Presentir y dudar, para qué! / Si es amor, corazón, y regresa, / hay que darse el amor como ayer. // Sabes bien que mi locura / fue quererla sin mesura / ni control. / Y si al fin ella deseara / que te mate, te matara, / corazón. / Para qué gritar ahora / que la duda me devora. / ¡Para qué, / si la tengo aquí a mi lado / y la quiero demasiado, / demasiado más que ayer! / Hoy nos ha resucitado / porque Dios sabe el pasado / y el milagro pudo ser.

Versión de Adriana Varela de El milagro: #