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19.8.09

Últimas imágenes del videógrafo


Quizás recuerden la serie de posts, más o menos recientes, sobre los videoclubs como idea y, especificamente, sobre mi videoclubista de confianza, El Pelado de Murguiondo.

El amigo HP, tarde y bien, nos hizo llegar más información, valiosa, sobre detalles que tuvieron que ver con la lenta desaparición del mencionado rentista. La compartimos.
Estimado Natanael:

Viví casi 30 años (de 1979 a 2008) en la calle Oliden, entre Málaga y Crisóstomo Álvarez. Oliden es la paralela inmediata a Murguiondo. El videoclub estaba sobre Murguiondo, entre Málaga y Crisóstomo Álvarez.

Es cierto todo lo que decís. Pero la verdadera causa de la decadencia de este videoclub (conocido comunmente como "lo de Piazza", pues así se llamaba el pelado, quien tenía una hijo sordo y una hija que estaba fuerte) no fue el salto tecnológico. La razón por la que dejó caer el local y por la cual atendía en horarios ilógicos es porque se dedicó a ser prestamista (léase usurero). En sociedad con el de la inmobiliaria de la otra cuadra (Sosa e Hijos) y varios impresentables mas de la zona. Le chuparon la sangre a medio barrio y luego uno de los socios (el hijo de Sosa, si si, el "e Hijos") estafó a todos ellos y se fue del país.

Es una historia conocida en el barrio y tiene la gracia de portar sabiduría popular:

"El que le roba a un ladron..."

Saludos, HP
imagen: Erlich

14.7.09

Lk-Tel Video La Rioja S.A.

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Desde diversos sectores se está intentando revisarle los bolsillos al menemismo, pero nosotros somos los únicos que lo ponemos en perspectiva desde su dimensión real: no es posible entender la década del 90 si no es pensada desde el videoclub de barrio.


¡Qué tarde que llegaste Blockbuster!


Me encuentro esperando a que las rayas verticales de colores de apertura se ajusten sin interferencias, saturadas, con ese pitido que cala los oídos, previo y posteriormente a los dos mil trackings, aún manuales, que el videocasete exigía de mínima, ya alquilado hasta que la amortización de la unidad terminó dejando cientos de desocupados en Santo Tomé, de tanta plusvalía generada, por esas cosas de la incipiente globalización en ciernes.


Y allí vamos, como Cerati, de nuevo al interior del local, donde siempre es de noche, como dice Sanz, a recapitular, a desempolvar viejos recuerdos.


Como bien dijo El Súbito, era Málaga el pasaje que muere en la Cochería. Y como bien dijo también el videoclub ruinó especialmente por la poco aceitada mecánica de la renta audiovisual que el Pelado de Murguiondo supo pergeñar para el seguimiento de las adjudicaciones videocaseteriles. Sin embargo aduce, El Súbito, mal dice, ahora sí, que la quiebra se debió a su cansina dinámica de devolución, que no se correspondía con lo finalmente abonado, porque el Pelado era perdonador. ¡No está aportando nada para entender la muerte del Video Club Murguiondo!


Al menos 3 películas aún siguen juntando polvo y humedad en alguna parte de casa materna: Punky Brewster –pilar en la formación intelectual de Hermana-; El que no corre... vuela; y Los fabulosos Baker boys. Eso explica de manera más acabada la crepuscularidad mercantil de la tienda. Y mi más hondo desasosiego.


Una noche de 1993 soñé con la posibilidad de que el Pelado cualquier día repase la ficha y descubra la escamoteada fílmica alevosa. Acto seguido, se presentaría en casa para reclamar la deuda total. Tal pasadilla me incorporó sobresaltado. Ayudado por una calculadora científica multipliqué los australes diarios por un tentativo de los días pasados. Más o menos teníamos que hipotecar la casa para pagar esa deuda. El tema no lo conversé con nadie por mucho tiempo pero la cuestión me siguió dando vueltas en la cabeza hasta que al final pude sublimar mi miedo cuando la maestra de quinto nos mandó hacer un pequeño cuento tema libre sobre cualquier cosa. Hábilmente alteré mi familia por Un Conejo que iba al videoclub y alquilaba una película y se olvidaba de devolverla: los tiempos de la indevolución se extendían por años hasta que fatalmente se presentó el dueño del videoclub a la casa del Conejo Expiatorio y le reclamó una exponencial cifra símil 20.207.251,60 australes. El texto era muy corto y, cada dos líneas, se desglosaba en largos ceros, que se incrementaban pasados los días que el Conejo sufría con su cuerpecito la retención de películas, lo que, como asignatura, terminaba asemejándose más una tarea de matemáticas que de lengua.


Recuerdo además que dibujé con un lápiz negro, superpuesto a la breve prosa, El Conejo Aludido en su Sillón, con su Tele, y sus Videos –cajitas a las que nominé con los títulos reales de las películas que estaban en casa desquiciándome; todas eran rubias y cada día habían visto a la muerte trabajar. Eso es todo.


La maestra me puso un Rehacer que sumió a mi tristeza al primer sentimiento del ranking, postergando al miedo al Pelado-recaudador-de-videos-olvidados al segundo puesto, lejos.

7.7.09

gativideo

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Retomo la problemática del videoclub, porque me parece importante. Tenemos una calle, Murguiondo, un tramo, el que va de Crisóstomo Álvarez a Zuviría, con el pasaje en el medio (Málaga o Logroño) que muere sobre Murguiondo, que es la muerte misma, con una Cochería inclusive. Una Cochería donde no se vela a nadie. Murguiondo además se pronuncia MurióHondo. Sitio ajeno al movimiento del mundo, la avenida menos transitada del universo, en esta cuadra Murguiondo potencia la ausencia de actividad a exasperantes extremos. Supuesta zona comercial, en este tramo del país los árboles se autopodan, el sol pega fuerte, los kioscos no venden cigarrillos, no corre el viento, las pizzerías fracasan, los locales no se alquilan, las mercerías no tienen cinta bebé, el hombre gato no trepa, las loterías no premian, las ferreterías no abren, los colectivos no pasan, los taxis no circulan, las tiendas de mascotas venden animales de granja.


El videoclub abre una hora por la mañana (de 9.15 a 10.15) y no cumple su horario en horas de la tarde.


Si habré esperado al Pelado del Videoclub Murguiondo que abría a las 16.30 desde las 16.05, al pedo, pero temprano, verlo desmontar la persiana, ayudarlo incluso con los candados, entrar antes que prenda la luz, apurado, recorrer los mismos 200 videocasetes. Alquilando siempre los mismos, Cuentos Asombrosos I, II, III, IV, V, VI, D, CL, VHS, MMMM, APO.


El videoclub imposible Murguiondo con sus limitaciones cubrió toda la línea de tiempo de existencia del VHS hasta su ocaso. Y murió con el DVD. Curiosísimo caso de videoclub que no supo reinventarse. Sobrevivió a la competencia pero no al salto tecnológico. Ningún otro videoclub le hizo sombra al Murguiondo en este lado del mundo. Éramos los socios 203. Se anotaba en fichas.


En el barrio había otros dos videoclubes grossos, uno sobre Chilavert y José León Suárez y otro, el Lugano, sobre Riestra y alguna. El Lugano era El Videoclub. Venían gentes de otros barrios, había cola, traían 15 unidades de los estrenos, había que anotarse para ver Las Tortugas Ninjas desde enero para abril. Era más fácil que La primera alborada te adjudicara por sorteo un Fiat Uno en la cuota 16 que la posibilidad de que se te habilite Volver al Futuro III un sábado.


To be continued.

6.7.09

La madeja de Lugano

Unas semanas atrás salió en Radar una nota sobre el cierre de la última fábrica de videocasetes, en algún sitio de Norteamérica, y que con el fin del negocio se terminó una época y esas cosas que le dan pie a las firmas ilustres a decir sus cosas sobre un tema x, que en este caso es vhs, y como siempre, algunas cosas están buenas y otras no tanto, pero el tema de los videoclubes me quedó dando vueltas, porque los videoclubes fueron cosas muy importantes en nuestra infancia, al menos, de la mía.

Mi padre por una extraña necesidad de estar al día con lo que era lo nuevo, lo último, la gran cosa, siempre estuvo a la vanguardia de la tecnología de punta. Para inmediatamente después olvidarse del tema. Por ejemplo, tuvimos la primer videocasetera, el primer teléfono inalámbrico y el primer celular sin cables mediano. Este último se llamaba Miniphone y está dando vueltas por la casa de mi madre como un objeto a no tirarse. El teléfono inalámbrico nunca funcionó bien, desde que lo compramos, y también está dando vueltas por lacasa, era blanco, AT&T, y nunca se usó, porque recuerdo, creo, que era una tecnología no compatible con la que se usaba en la Argentina. Lo había traido una prima lejana de alguien desde Estados Unidos. La videocasetera está todavía en el service. Esa si se usó, era negra, Panasonic, redondeada y muy linda. Sus letras verdes titilaban la oscuridad de a ráfagas. Cabe destacar, esto es lo importante, que nos costó un década tener celulares después de ser los primeros en poseerlo, que hasta el año pasado no tuvimos inalámbrico en la casa después de haber sido los primeros en tenerlo, y que nunca más tuvimos una videocasetera desde que esta quedó en Murguiondo esperando a ser retirada. El control remoto se suicido desde una ventana.

Seguiré más adelante con las pequeñas desventuras del videocasete.