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4.7.08

Pilar Franco

La primera vez que la vi a Pilar Rahola fue en un programa de Susana Giménez hará dos años atrás. Es una catalana muy inteligente, con una oratoria trabajada, contundente y eficaz. En esa oportunidad venía a presentar un libro que había sido un suceso en España y que pretendía emular en, en principio, la Argentina -cosa que no ocurrió porque nunca editaron el libro-. Habló de su experiencia como madre de dos hijos adoptivos, su coraje para asumir la adopción y el amor irredento a su “gordo peludo” que vendría a ser su marido, “vasco” y “cariñoso”, calificaciones que, creo recordar, escogió Pilar. Su discurso era lacrimógeno, dulce, emotivo, entrador. Me cayó bien.

Se empezó a complicar cuando la entrevista empezó a transitar caminos que excedían a la intencionalidad de su adopción, cuando empezó a mostrar su ideología, y no ideología como Susana -me viene al pelo Susana como ejemplo- que muestra su escala de valores por omisión o por inocencia o, cuando no le queda otra, con un exabrupto, por hartazgo. Pilar era ideológica hasta en la nacionalidad de los dos chicos adoptados: una nena rusa, siberiana y un nene sudamericano. Empezó a relatar con cándido horror cómo encontró a esa niña en ese país comunista, o recién ex comunista, la pena que le dio, y las ganas de darle un mundo mejor, más occidental, más confortable, a la joven desangelada por su fatal destino natal. Después la entrevista se degeneró aún más. Habló de su trabajo, era periodista. En su currículum como ítem ineludible resaltaba su trabajo afín para el Estado de Israel. La innumerable cantidad de premios que la comunidad judía ortodoxa de todos lados le había dado por defender a ultranza las políticas israelíes más condenadas por la comunidad internacional. Aun esas que atravesaron las humanas fronteras, aún las ocupadas. Aún las más de un centenar de políticas que se dan de bruces con las Naciones Unidas. Y, ergo, afín con la política internacional de los Estados Unidos. No hay que ser muy lúcido para saber dónde se cobra el cheque. Terminó cayéndome no tan bien, a pesar de que fue rápida, locuaz e ineludiblemente carismática.

Después naturalmente le perdí el rastro hasta que descubrí que consiguió un bolo en La Nación como columnista de opinión. Su eje se centraba en, citando las sutiles firmas de La Nación misma, pegarle al Gobierno, y a sus aliados latinoamericanos “de izquierda”.

Busqué el libro. Se llamaba “Carta a mi hijo adoptado” y tenía una foto de su hijo en la tapa, sudamericano él. Es decir, lucró con la adopción de su hijo -me dicen que no lucró con ese libro porque las ganancias fueron donadas a una ong, como si ella no hubiese sacado réditos de otra índole con su escritura, por ejemplo escribir de las derechas en los diarios del subdesarrollo-.

Siempre me jodió que vengan de afuera a decirnos lo que tenemos que hacer. Por más que vengan de Holanda a criticar a Menem. Leí, una, dos, tres columnas, y las dejé pasar porque sí, porque fueron hechas en un momento no tan ríspido como el que vivimos hoy. En un país soberano las personas pondrían su interés nacional por sobre las opiniones foráneas. Diría “señora, respete, este gobierno, por más que no nos guste, lo votaron mis compatriotas, usted si quiere hable de Rodríguez Zapatero o si tiene criterio de Sarkozy o Gordon Brown o la política segregacionista de la Comunidad Europea”. Pero, no, nosotros le pagamos para que Pilar escriba en nuestros diarios mal de nosotros. Somos bien cipayos; bueno, no todos; pero los que tuvieron el poder casi con exclusividad, seguro.

Hoy publica un artículo llamado Cristina Perón. Tiene frases como estas:

[El acto de Plaza de Mayo fue] peronismo puro, en el sentido mesiánico que puede contener el término.

Cristina y Néstor reinventaban el pasado, incapaces de gobernar sensatamente el presente.

[Tienen el] poder casi absoluto, democracia de bajo perfil, amordazamiento de la oposición, persecución del periodismo libre, demonización de los sectores civiles opositores, confusión entre los intereses del país y los de sus gobernantes y, en definitiva, una presidencia que está más obsesionada en vigilar al ciudadano que en garantizar sus derechos.

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Para terminar, porque también hay otra nota en un diario norteamericano que critica la boina que se puso Cristina Fernández en Francia para marchar por la liberación de Ingrid Betancurt (Por ello la boina de la presidenta resulta antipática. No por estética del horterismo, sino por semiótica del progresismo reaccionario) voy a responderle una frase con la que cierra esta linda columna llamada Cristina Perón:

Y en lo político, la Argentina cabalga hacia un populismo de viejo cuño que, como aseguran los analistas, puede resucitar al peronismo más añejo, pero también dinamitarlo.

Quédese tranquila Pilar, que este gobierno es más conservador que el populismo de viejo cuño, que ni siquiera se levantan las voces de la derecha -como usted- por su populismo, “su melodrama”, “su progresismo reaccionario”. Se sublevan porque ni siquiera admiten que el Estado intervenga un poco en la economía después de décadas de libre mercado y concentración de la riqueza.

Esto ya alcanza para que sea mejor que todos los gobiernos anteriores de los que tenga memoria fáctica. Y los argentinos lo saber y por eso la votaron con la primera minoría como le gusta decir a los desestabilizadores.

No nos venga a decir lo que tenemos que hacer. Es mucho mejor ser Cristina Perón que ser Pilar Franco. Y si quiere ayudar, adóptese un chaqueño pobre. O no, mejor no ayude.

Me dicen que no es franquista, que Franco fue enemiga de sus ancestros, claro, porque ella es catalana; pero repite los mismos preceptos fascistas pero del otro lado. No me extrañaría que sea una activista de la secesión de Catalunya.