Yo soy un esteta de la canción, me gustan las canciones, me gusta mirame a un espejo y cantar una canción, si me apuran, es de lo más lindo que tiene la vida.
Esta, de todas las canciones, es de las que más me gustan.
Se llama Cái, Cadiz, es de Alejandro Sanz, y la acompaña la Niña Pastori.
Disfrutenlá.
(Cuándo podré regresá a encerrarme contigo en un patio.)
Cái, por la madrugá Cómo me huele a sal, mi cái Cái, que se despierta por la mañana Me llena el cielo de gaditanas , cai Cái, por la madrugá Cómo me huele a sal, mi cái Cái, que se despierta por la mañana Me llena el cielo de gaditanas Las niñas bailan envueltas en lunas Con sus vestidos bordaos de espuma Ay, cái Cuándo podré regresá a encerrarme Contigo en un patio Dejar que el viento entre las macetas Silbe por tangos Por fin veré a mi gente Por fin me veré Cái del mentidero Muero por él, yo quiero volver Cái, por la madrugá Cómo me huele a sal, mi cái Y pa nosotros dos Tengo a mi cái, con perdón Ay, de los que se preguntan Qué es lo que tiene ese rincón, Niña, Cái se bebe el sol Cái es la brisa marinera Y que remienda tu corazón Con la sonrisa más morena Cái, cuando tú no estás De qué me vale amar el mar, mi cái Cái, cuando anochece Que tú te duermes, que yo te miro Y a ti te pierde, ay cái Cuándo podré regresá a encerrarme Contigo en un patio Dejar que el viento entre las macetas Silbe por tangos Por fin veré a mi gente Por fin me veré Cái del mentidero Muero por él, yo quiero volver Ay, cái, por la madrugá Cómo me huele a sal, mi cái Y pa nosotros dos Tengo a mi cái, con perdón Ay, de los que se preguntan Qué es lo que tiene ese rincón, Niña, Cái se bebe el sol Cái es la brisa marinera Y que remienda tu corazón Con la sonrisa más morena Cái se bebe el sol Cái es la brisa marinera Y que remienda tu corazón Con la sonrisa más morena Niña, Cái se bebe el sol Cái es la brisa marinera Y que remienda tu corazón Con la sonrisa más morena Niña, Cái se bebe el sol Cái es la brisa marinera Y que remienda tu corazón Con la sonrisa más morena
Prometo que desde este momento dejo -en este blog- de hablar mal de Perfil. Y cumplo.
Es duro. Porque es un enemigo fácil, identificable, que da con mi peso, pero al que no le entran las balas. Como Lucas, en esa canción de Silvio, que iba matando canallas con su cañón de futuro. La última vez lo vi irse entre humo y metralla, contento (sí) y desnudo (esperemos que no).
Pongamos que hago un cuadro sinóptico de Perfil.
Encuentro dos personas fuertes nomás. Ni firmas hay, todas son prestadas de otros lados. Vieron cuando dicen que el kirchnerismo son pocos. Perfil, son dos. Uno intelectual, Jorge Fontevecchia, y otro que es mano de obra, que es Darío Gallo. Y no hay más. Es decir que Perfil no es nada. O sí.
Voy a hablar bien de Darío Gallo de quien dije tantas cosas malas. Oh, entropía, en el momento que dejo de hablar de Perfil, hablo bien de Darío Gallo.
Yo lo conozco a Darío Gallo desde hace mucho, de una manera silenciosa. Lo leía en su blog cuando esperaba trabajar en los medios dados, y no, pero sí. Hice bien. Porque Darío (lo voy a llamar Darío) es un tipo inteligente. Entiende mucho mejor internet que cualquiera de nosotros, blogueros. El tenía un blog, bloc, le decía. Del periodista. La parte por el todo, sinécdoque.
Bloc del periodista.
No sé si es cierto, porque no es normal eso, pero le fue bien con el bloc.
Darío era el CEO de Noticias, hombre de confianza de Fontececchia, y con los números de venta en lo más alto convenció al otro que el futuro era internet. Y dejó su cargo para ser el editor en jefe de Perfil.com.
Tanto su manera de hacer periodismo en Noticias como en Perfil.com es despreciable, como despreciable es Fontevecchia, pero Darío entiende las nuevas tecnologías. Vieron como son las cosas...
Tiene capital, digo, tiene empleados (algunos, perjuro, porque los conozco, geniales) y otros despreciables (como los medios que mencioné antes), es decir, esos harán carrera.
Pero el mundo es más complejo que las sentencias y no alcanza con ser despreciable. Hay tipos despreciables pero buenos. Esto es un elogio. (Un día estuve a punto de mandarle un mail, menos mal que no lo hice porque el off the record le hubiera quemado en el inbox.)
Darío fue el impulsor de twitter cuando twitter no era nada. Hoy decimos twitter y todos más o menos entendemos pero Darío le daba manija a twitter cuando decir twitter era decir nada. De hecho, no me hice la cuenta en ese momento por tarado: hoy tendría un usuario mucho más amigable.
Entender Perfil es entender la lógica inasible de las balancitas de Noticias. Tanto es así que Darío permitía hacer tus balancitas, por + ó por -, antes. Cuando internet era otra cosa, cuando había portales, páginas de inicio.
Me peleó con Darío Gallo porque es un contrincante digno. Un tipo que entiende de periodismo amarillo de nueva generación, que apuesta a esbirros de amarillismo moderno, probablemente Perfil.com sea el diario online más interesante, para odiarlo, o para amarlo. Por molesto, jodido.
Con estas líneas termino de hablar de Perfil (ya dejé de hacer posts recomendando blogs) por lo que no sé cómo de seguirá el mío.
Me voy con una canción de Alejandro Sanz: Eso.
Primero, que tú has sido para mí lo más grande de este mundo yo que fui lo que tú digas pero que hasta te regalo aquellas risas.
Dos, que alguna vez quisimos compartir el breve instante que es la vida
y tres, que hoy yo vivo en las ruinas de un silencio que va dejándome sin voz
lo que no entiendo:
Es que ahora vengas otra vez a prometerme una vida entera, pero a tu manera ¿en qué momento de mi largo caminar perdimos eso?
Verdad que soy difícil, pero he sido para ti lo único profundo también verdad que procuraba estar conmigo cuando estaba más confuso
Tú tratando de existir que me perdone el universo y yo guardándome el secreto que ya no quiero escuchar otro bolero más tú empeñada en que querías ser feliz y yo sentir, lo que no entiendo:
Es que ahora vengas otra vez a prometerme una vida entera, pero a tu manera dime amor, ¿en qué momento de mi largo caminar perdimos eso?
Yo te buscaba en los azules y me enfrentaba a tempestades y ahora no sé si tú exististe o eres sólo un sueño que yo tuve pero es que hay gente que no consigues olvidar jamás? no importa el tiempo que eso dure
Una frase resumió lo diferente de los dos: hoy seguro ya no hay nada y lo que dure amor duró
No se puede ser verdad si yo
Yo te buscaba entre las nubes y me enfrentaba a tempestades y ahora no sé si tú exististe o eres sólo un sueño que yo tuve pero es que hay gente que no consigues olvidar jamás no importa el tiempo que eso dure
No puede ser verdad si yo
Ya no te busco en los azules ni me enfrento a tempestades ya no me importa si me quisiste porque en mi sueño yo te tuve además hay gente que no consigues olvidar jamás no importa el tiempo que eso dure
En un carnaval, Cádiz de la chirigota, de manos que buscan el amor en gotas de mistela. Sobre las caderas de la noche marinera, al titilante brillo del vals del oleaje. En la ensenada azul donde mi amada espera, que amurada a la espuma, de gozo reverbera. Serena barca en la que rema mi reina. Reina de mares, de las finas dagas. Serena barca en la que reina mi amada, que brilla Cádiz de mimbre y damajuanas.
Hay lugares en el mundo, ciudades, excepcionales, que me gustaría visitar. Desde la inquietud me llaman la atención las ciudades más que los accidentes naturales -por llamarlos de alguna manera-; me interesa más lo que el hombre levantó de la nada que una isla all inclusive en el Pacífico. Y de estas, las grandes ciudades, los monstruos, son los que más me gustan. México DF se me hace fenomenal; San Pablo lo vi desde el aeropuerto y me paralicé; Nueva York es uno de los pocos lugares de Estados Unidos al que viajaría contento; Madrid me persuade; Reykiavik es el sitio en el que voy a vivir cuando aprenda a vivir –apropósito les recomiendo esta crónica sin desperdicio de la capital islandesa-.
No conozco casi ningún país, no viajé mucho. Si tuviese plata y tiempo, iría, sin dudar, a Cádiz.
Fue en un carnaval de ese Cádiz chico, azar de siemprevivas, espejo de alondras en sus cielos. Y patria, ese lugar donde el espíritu apacenta entre sueños engarzados en fenicias anclas, o pueblos marineros. O en un paisaje azul de pájaros y oteros. Serena barca en la que rema mi amada, reina de mares de las finas dagas. Serena barca en la que reina mi amada. Santa María, puerto de lindas damas.
Las frases, cuándo no, son de una canción de Manolo García, que retrata con pulso de poeta algunas de estas ensoñaciones de Cadi, es decir, la ciudad “en pie” más antigua de occidente, quiero decir, lo más viejo que nos da el tiro de la historia que se mantiene latente. Se ubica al sur de España. Es una ciudad insular –un tómbolo- comunicada con un corredor de sedimentos, no con la península ibérica, sino, con otra ciudad, San Fernando, de la que Manolo también nos habla, pero que no me adentraré en esta oportunidad. Cádiz no sólo son las capas de sedimentos minerales que la conformaron sino, lo más interesante, sedimentos culturales de las más variadas y pujantes civilizaciones de la antigüedad. Hace 3.100 años el pueblo marinero y mercantil más famoso, el fenicio, hizo de Cádiz un sitio de paso y las anclas de sus barcos la engarzaron hacia posteridad. Más adelante los romanos tomarían el territorio, hasta la avanzada árabe, que cubriría la España toda.
Pasaron fenicios, romanos y árabes. Y así las cosas mezquitas, catedrales, iglesias menores y un sueño de ultramar –entre el Atlántico y el Mediterráneo- convergieron en esta ciudad de fábula, mítica, famosa por sus carnavales, por sus pescados, por su variedad de pájaros, y por su latido cultural. Cádiz es una ciudad andaluza, y como tal, el flamenco y sus variaciones se encuentran representados en tierras gaditanas –originalmente, en latín, Cádiz era conocida como Gades-. Alegrías, tangos, tanguillos y bulerías, entre las macetas, silban en Cádiz.
Entre sus artistas contemporáneos más importantes se cuenta a la exquisita cantaora Niña Pastori. Alejandro Sanz, por su parte, fue criado por ahí, frente al continente negro, al sur del no tan sur. Juntos hicieron una semblanza fantástica de esta ciudad, Cádiz, en la que Alejandro demuestra que sería un músico de ligas mayores si se tomase en serio y en dónde la Niña se luce en ese decir melancólico tan suyo.
Debo reconocer que me gusta mucho Alejandro Sanz. Debo reconocer que inclusive le digo Ale, como si fuera mi amigo, con quien discuto de política. Pero más allá de su anticomunismo epidérmico lo quiero porque es un tierno, y porque escribe grandes canciones, y es compositor y pianista y parece un buen tipo. Corazón partio tiene destino de clásico desde antes de grabarse y seguramente será traducida a muchos idiomas, tal su perfección. Y otras muchas lindas canciones como la hermosa Eso, la delicada Amiga Mía, la brutal Aprendiz, la romántica El alma al aire o la onírica Regálame la silla donde te esperé, como algunos ejemplos de sus variadas maneras de abordar el discurso amoroso. Pero quiero detenerme en un tema sencillamente sobresaliente que se llama Siempre es de noche, en el que da una clase de narrativa al servicio de la canción.
Antes de meterme de lleno hay algo que siempre quiero decir y me olvido: no entiendo por qué las canciones son transcriptas como si fueran poemas. Si una canción no es un poema. Y muchas canciones, más que poemas, son cuentos, son recortes, son enumeraciones. Entonces por qué forzar la forma del poema si la canción no tiene ese relato. No sé si me explico. La mayoría de las canciones no tiene ni la métrica que justifique la forma de la poesía. Bueno, Siempre es de noche es el caso típico del relato que merece ser más prosa que otra cosa y que al encolumnarlo en decasílabos –siendo bueno- pierde su fuerza narrativa. Así que me tomo el atrevimiento de reescribir la canción, puntearla como a mí me gusta, agregarle signos de pregunta, comillas y toda la industria de caracteres existentes, para hacer de esta canción un cuento corto magistral. Y a su vez, arriesgado, original y sencillo.
Hay en Siempre es de noche cosas no dichas, un comienzo que se apropia de ideas de estilo clásico de la canción romántica, pero para resignificarlas con un ingenioso recurso. Veamos…
“Cuéntame cómo va cayendo el sol. Mientras hablas pensaré: ¡qué guapa estas!, ¡qué suerte ser la mitad del cuento de un atardecer!, que observo al escucharte, porque mis ojos son tu voz.
“Acércate, que cuando estamos piel con piel, mis manos te dibujaran, tu aroma me dirá tu edad. Junto a ti, unidos sin saber por qué, seguramente se me note el resplandor de una ilusión. Porque a tu lado puedo olvidar que para mí siempre es de noche, pero esta noche es como un atardecer, si logras que a la vida se asome, tus ojos sean los que brillen… ¡y la luna que la borren! Que en mi eterna oscuridad, el cielo tiene nombre: tu nombre. ¡Qué no daría yo por contemplarte aunque fuera un sólo instante!”
Este monólogo meloso hasta el hartazgo esta puesto en boca no de Alejandro sino de un ciego. Un no vidente que le pide a una mujer, que podría ser su guía, su tutota, su lazarilla, que le cuente cómo son las cosas que él no puede ver. Pero que estando con ella las puede ver por primera vez. Con momentos interesantes, como el cielo tiene nombre: tu nombre. Sigue.
“Hace frío. Es tarde y tienes que volver. Que hay alguien que te espera, seguro. Una vez más el tiempo se nos fue. ¿Volverás? Dime sí mañana volverás. Como lo has hecho cada tarde, para contarme como muere el día.”
Acá pone al ciego apelando a la interlocutora, su enamorada, y aparece la historia secreta de la mujer que lo guía. Al decir volverás mañana, como lo has hecho cada tarde, nos deja entender que la mina no estuvo de casualidad contándole como muere el día, sino que hubo al menos más de dos reuniones a tal fin. Pero pasa que el tipo se enamoró de ella, y sabía que al confesarlo la relación acabaría. Y más aún desconociendo qué era de la mujer fuera de esos encuentros (que hay alguien que te espera, seguro). Y, sí, los encuentros se interrumpirán definitivamente, pero el no puede ser infiel a sus sentimientos. Es un ciego fiel.
Acá Ale cortá el relato, que sin todos estas capitulaciones que hice, al escucharlo por primera vez, cualquier oyente relacionaría con una historia del cantante en primera persona, mechada con un par de metáforas menores acerca de eso que uno es ciego hasta que se enamora y ahí ve cosas que antes no veía. Toda una batería de lugares comunes.
Pero atentos, no por casualidad puse los párrafos anteriores entre comillas, son textuales, ahora Sanz dice:
Y se marchó, ella se alejó de él. Pero como en las cartas, dos puntos, posdata, se me olvidaba, no me presente: sólo fui testigo por casualidad, hasta que de pronto él me pregunto: “Era bella, ¿no es verdad?” “Más que la luna”, dije yo, y el sonrió.
Acá tenemos la genialidad máxima de la canción. El reproduce la charla del ciego, hace un corte y pone un par de verbos para que veamos la acción (marchó, alejó). Ya no son reproducciones del discurso de un enamorado, ahora tenemos una situación, un contexto y una espacialidad. Yo me lo imagino a Ale tomando una Margarita en un bar, acodado a una barra, la mirada puesta en el vidrio detrás de las botellas de licor, oteando de reojo a la pareja. La mujer y el hombre de frente a un ventanal, ella contándole cómo es un atardecer, y Ale con los oídos bien abiertos a la conversación, exprimiéndola, y quizás ya pensando en transformarla en canción. Y de pronto, dice, como si fuera un olvido natural, disculpen muchachos, cometí un error, no me presenté: sólo fui testigo por casualidad. Recién en ese momento nos damos cuenta que Alejandro no es el protagonista sino el que cuenta el relato. Y resignifica todo. Y no nos lo cuenta en off, como un historiador o un locutor, lo cuenta como ocasional espectador. Que posteriormente es incluido en la acción que contaba desde afuera. El tipo, aún ciego, siente la presencia definitiva de Sanz, como sólo los ciegos saben hacerlo, y le pregunta, retóricamente, “Era bella, ¿no es verdad?” Nótese que él ciego ya habla en pasado sobre la chica porque sabe que no la va a volver a ver, sabe que al confesar su amor el final de la relación no tiene restauración posible. Y Alejandro, un codo en el mostrador de estaño, mirándolo por primera vez al hombre sin inhibiciones, sin usar el reflejo del espejo, se guarda la mejor frase para él, Más que la luna: se autoreproduce textualmente. Y el sonrió, nos cuenta: sonrió porque sabía que era verdad, que el estaba enamorado de ella porque no se podía equivocar. Y después Ale, cierra la canción con una reflexión propia acerca del acontecimiento.
“Nunca mas sé hará reproches por intentar amanecer. No volverá a perderse en la noche, porque su alma hoy brilla con más fuerza que un millón de soles. Pero, en su eterna oscuridad, a veces se le oye a voces: “¡Qué no daría yo por contemplarte aunque fuera un sólo instante!”
Un conjunto de buenas intenciones del músico sobre el señor ciego y desdichado que se completa en el regocijo de haber sentido un gran amor incomprendido. Aunque flote intermitentemente ese deseo que no será nunca: verla; la vida sólo por poder mirarla un instante como artilugio para poder ser feliz.