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9.2.06

la leyenda del anillo y el jarrón

- ¡Qué hermoso jarrón! ¿Debe ser costosísimo?

- Efectivamente, es una pieza única de la dinastía Ming; perteneció a una noble familia de Pekín allá por 1359.

***

El local de la calle Libertad era, como casi todos los locales de compro oro, pequeño. La vendedora con sus dedos regordetes sobre el mostrador de vidrio, muy cortésmente atendió a Madre con su pelo lacio perfectamente peinado al medio. ¿Qué necesita?, preguntó como quien está pensando en otra cosa, quizás sumergida en el volátil recuerdo sus recientes vacaciones en carpa junto a su novio en Tandil.

Vengo a valuar estas joyas, preciso venderlas, le contesto Madre con dulce tono, sin que se noten las costuras de su discurso pergeñado previamente en el taxi -había buscado minuciosamente estas palabras, elegidas entre miles para aparentar que sabía qué estaba haciendo, que ya lo había hecho otras cien veces-. Espéreme un segundo, le dijo con respeto la gentil dama, acomodándose la cabellera detrás de sus amplias orejas.

No tuvo tiempo de girar sobre sí para dar un vistazo general al negocio cuando el dueño de la joyería, un hombre macizo de unos 60 años de ascendencia armenia, estiraba su mano para estrechársela; ese gesto milenario que denota confianza para una transacción comercial.

La invitó a pasar a su despacho: un cuarto de dos metros cuadrados, cuidadamente decorado, donde jamás entró la luz del sol. La alfombra roja, algunas reproducciones de los más famosas obras de Pierre-Auguste Renoir sobre el sobrio color pastel del empapelado y un escritorio art decó extenso y macizo de roble daban un marco majestuoso, digno de un amante de la ornamentas y la suntuosidad.

Una a una, con orgullo aristocrático, Madre fue sacando las reliquias; el hombre, con gesto adusto de quien ha visto todo tipo de collares, anillos y brazaletes examinaba las piezas, mientras le ponía nombre a los nobles elementos y precisaba su cuantía. Antes de sacar el objeto más preciado, un anillo adornado con un valiosísimo diamante, Madre, buscando una pausa que acentúe su conocimiento, su idóneo juicio, posó sus ojos en el delicado jarrón.

***

Entró como una tromba el pequeño local, gambeteó a la señorita de dedos rechonchos con inexplicable destreza y -sin escuchar sus indicaciones- en un santiamén entró al despacho. Antes que el hombre pronuncie palabra, Madre le increpó con el jarrón entre los las manos, con el envión suspensivo de quien meterá un lateral en el área chica: “Si no me devovés el anillo de mi vieja te hago bosta contra el piso la dinastía min’, la china, el congo belga y todo oriente, armenio sorete.” Con la respiración entrecortada el hombre metió su mano en el bolsillo delantero derecho de vaqueo, sacó del bolsillo el preciosísimo objeto y epilogó: “Dejá eso ahí, agarrá este anillo choto y tomátelas, loca de mierda.”

20.7.05

19.19 - 19.50

19.39
“¿Subís?”, me pregunta la señora del 1º E, mientras con dificultad mete al perro y la silla de ruedas en el angosto ascensor del edificio. “No; subo por la escalera, gracias”, dudo y apretó el botón rojo de la luz del edificio y zanco de a dos escalones, apurándome para llegar al primer piso antes que ella.

19.28

“¡Me olvidé de comprar queso rayado!”, pienso antes de doblar en Guardia Vieja.

19.48

“Cuando se es grande y achacosa, se tiene que tener más cuidado; no es tu caso, sos muy jovencito”, dice finalmente la señora del perrito, entorna la silla y enfila hacia el fondo del pasillo.

19.40

“Era una señora grande y debía de tener osteoporosis”, me explica la mujer del 1º E mientra le abro una de las puertas del ascensor. Me dice cosas a mí y le dice cosas a su perro a la vez; trata de salir con la silla de ruedas, infructuosamente. Le pregunto si me dice eso de los huesos “por la ambulancia que está abajo”. Me responde que sí: que una mujer grande, en la carnicería, tuvo un accidente, y que “la vinieron a buscar los del Cipec”.

19.35

Estaba apurado por entrar a casa. Venía Marilina a comer y aún tenía que ordenar el monoambiente. Habíamos quedado que venía a las 20. Antes de subir por la rampa empinada del edificio veo un revuelo en la carnicería de al lado y un móvil del SAME en la puerta y mucha gente cuchichiando expectante de algo. No me puedo sumar, no tengo mucho tiempo, sólo atino a caminar más lento para pispiar: no descubro nada, no sé qué pasó. “Bueno, sin queso, qué importa”, digo para mí.

19.49
Prendo de vuelta el botón rojo porque, antes que la señora llegue a su puerta, en mitad del pasillo, se nos cortó la luz. Igual debe estar acostumbrada a eso, se entretiene mucho siempre charlando. Más de una vez la sorprendí parada.

19.19
"Cebolla, fideos, carne: tengo –pienso-; me falta vino… puré de tomates… algo sin alcohol para Marilina… ‘…eres mi gran soldado, si abrazas el cielo, me quedare a tu lado, para llenarte de calor dururú ru ruru…’ ¿Qué es esto? 7up ¡H20! ¿Será agua…? ¡No!, es tipo Ser, lima limón finamente gasificada… Vale 10 centavos más que la Ser y la Villa del Sur; para probarla está bien... ‘…para quedarse sola dururururú dururulaas historias… nananananananaa…’”

19.43
¿Pero qué le pasó?, pregunto. “Se le cayó una media res en la cabeza”, revela la señora lisiada del 1º E. Y se ríe.

14.7.05

abstinencias

Los fumetas no son como los yonquis*. Un yonqui te pasa el dinero, toma su basura y se va. Pero los fumetas no hacen las cosas así. Esperan que el trafica prenda uno y se siente a conversar su media hora para venderles dos dólares de yerba (...)

En 1937, la yerba fue puesta bajo la Ley de Narcóticos Harrison. Las autoridades de narcóticos dicen que es una droga que causa adicción, que su uso es dañino para la mente y el cuerpo, y que empuja a quienes la usan a cometer crímenes. Aquí están los hechos: la yerba, con toda seguridad, no es una droga adictiva. Puedes fumar yerba por años y no vas a experimentar ninguna incomodidad si tu abastecimiento desaparece de repente (...)

La yerba no daña la salud, en general. De hecho, muchos usuarios declaran que te da apetito y que actúa como un tónico para el sistema. No conozco de ningún otro agente que provoque ese estímulo para el apetito. Puedo fumarme una aguja y disfrutar de un vaso de jerez de California y un guiso casero (...)

La yerba no inspira a nadie para cometer crímenes. Nunca he visto a nadie ponerse desagradable bajo la influencia de la yerba. Los fumetas son un grupo sociable. Demasiado sociable para mi gusto. No puedo entender por qué la gente que reclama que la yerba provoca crímenes no va más allá y demanda la prohibición del alcohol. Todos los días hay borrachos que delinquen, y que no habrían cometido ese delito estando sobrios (...)

Se ha dicho mucho sobre el efecto afrodisíaco de la yerba. Por alguna razón, a los científicos no les gusta admitir que exista algo así como un afrodisíaco, así que la mayoría de los farmacologistas dicen que "no hay evidencia que apoye la idea popular de que la yerba posee propiedades afrodisíacas". Yo puedo decir que la yerba es un afrodisíaco y que el sexo se disfruta más bajo la influencia de la yerba que cuando no lo estás. Cualquiera que haya fumado buena yerba puede corroborar esta afirmación (...)

Una cosa más sobre la yerba. Un hombre bajo la influencia de la yerba es completamente incapaz de conducir un auto. La yerba confunde tu sentido del tiempo y de las relaciones espaciales. Una vez, en Nueva Orleans, tuve que estacionarme al lado del camino y esperar a que se me pasara el efecto. No podía calcular las distancias, ni sabía cuándo doblar o poner los frenos (...)

Fragmentos del libro Yonqui, de William Burroughs, el que dispara al ex wtc.

* Yonqui (Junkie) es una palabra que se usa peyorativamente en los Estados Unidos de Norteamérica para denominar a un adicto a la morfina; el libro es el relato del autor de su larga vivencia bajo los efectos de esta droga -legal, siempre y cuando sea recetada-. En estos fragmentos, a partir de su experiencia académica en dopajes varios, y desde la impunidad que le otorga que el libro sea de 1953, da algunas reflexiones acerca de la marihuana y sus efectos, que vistas hoy son llamativas.

acidodesoxirribonucleico

Centrarse sólo en los aspectos psíquicos de las depresiones es reduccionismo; centrarse sólo en los aspectos biológicos es reduccionismo. (...) Los éxitos de la biología molecular han generado un triunfalismo arrogante y la convicción de que la genética puede explicar la condición humana e incluso modificarla al grito de “dadme un gen y moveré el mundo”. Los sujetos serían así robots torpes, sometidos a las órdenes de una molécula maestra cuyo objetivo es la autorreplicación. (…) Hay genes para justificar cada aspecto de nuestras vidas (…): genes para la salud y la enfermedad, para la criminalidad, la violencia, la orientación sexual “anormal” y hasta el “consumismo compulsivo”. (…) A los neurogenetistas curiosamente ni se les ocurre buscar las “causas” genéticas de la xenofobia, el racismo, la delincuencia de guante blanco o la corrupción. (…) Los sujetos no son espíritus libres restringidos solamente (…) por los determinantes socioeconómicos. Pero tampoco son máquinas replicadoras de ADN. Son efecto de una interacción constante entre lo biológico y lo social a través de la cual se construye la historia. (…) La depresión no existe. Sólo existen los deprimidos.

Por Luis Hornstein, del libro Las depresiones.

12.7.05

paz hospitalaria

Casi no recuerdo mi infancia: recreo un todo de felicidad y algunas particularidades intrascendentes: un zapato furtivo en la fuente de Mataderos, mi tía y ese complejo habitacional gris del futuro, que no llegó hace rato, y no mucho más. Sin embargo rememoro con una extraña alegría cuando iba al médico con mi mamá, indefectiblemente, y con mi hermano, Agustín, a veces.

No sé por qué me daba esa rara felicidad visitar galenos.

Estoy hablando de la primera infancia, de cuando todavía iba al turno tarde, de cuando las mañanas empezaban a las 10, de cuando los otoños tenían colores de otoño, de cuando miraba Mazinger-Z, Astroboy o los Thundercats antes de ir al colegio.

Ir al médico implicaba entonces levantarse muchísimo antes. Se necesitaba ir al centro -una hora de viaje- y, en la mayoría de los hospitales, había que estar bien temprano. Desperezarse cuando el sol no había salido aún; cuando la tele sólo transmitía en todos los canales un círculo con la hora y la temperatura y barras de colores de fondo y un disco de Manolo Galván.

Era una experiencia en sí misma despertarse tan temprano.

Cuando me tocaba ir al IAPI, un sanatorio que según dicen quedaba en la calle Arenales, mamá me compraba, a veces, en una juguetería de la vuelta, algún ejemplar de una serie de libros ilustrados para niños del tipo “quisiera ser grande”. Uno que recuerdo especialmente es “Quiero ser futbolista”.

De la clínica de la obra social de Hacienda, que estaba hasta hace nada en Rodríguez Peña y Lavalle, recuerdo que tras los chequeos médicos comía medialunas en los cafés aledaños, como premio al ayuno obligado. Desayuno.

Pero lo que más me impresionaba de todo era la sensación de sencilla y rara armonía que me trasmitía el doctor -o la doctora- cuando me ponía el estetoscopio, frío como el invierno, en la espalda, mientras repetía “respirá hondo por la boca”, para, al segundo, ordenar suavemente: “Largá”.

Ese sentimiento de linda y extraña paz lo sentí además con algún sacerdote durante los momentos de confesión. Váyase a saber por qué.

Mamá siempre estaba más solícita, y más suelta del bolsillo, con Natanael enfermo –entonces no respondía a ese nombre-; los caprichos eran un plus que también debe influir positivamente en la balanza de la rememoración de la felicidad hospitalaria.