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7.8.08

Estación Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas y López de Osornio

Una audiencia pública convocada para discutir un proyecto que propone llamar Juan Manuel de Rosas a una estación de subte en Villa Urquiza mezcló (…) más de 20 oradores, que se aplaudieron recíprocamente.

Hubo uno sólo que se animó a manifestarse en contra.

Juan Pablo Martínez aclaró que no se opone a darle un reconocimiento a Rosas en algún lugar de la Ciudad, pero pidió que no se haga justamente en Villa Urquiza, porque podría interpretarse como "un acto de revancha" contra quien venció al Restaurador en la Batalla de Caseros.

Su intervención fue coronada con un hondo silencio de la platea rosista, interrumpido enseguida por un grito tan folclórico como pasado de moda: "¡Cipayo!".

Clarín, Jueves 10 de abril 2008.

La Legislatura porteña aprobó esta noche un polémico proyecto que denomina "Juan Manuel de Rosas" a la estación de la línea B de subtes que estará ubicada en la esquina de Triunvirato y Monroe, en Villa Urquiza.

La iniciativa, que había desatado fuertes cruces, obtuvo 39 votos a favor y cinco abstenciones, entre ellas la del ex jefe de Gobierno Aníbal Ibarra (Diálogo por Buenos Aires).

Clarín, hoy.

La figura de Rosas se ha visto asociada con Yrigoyen y con Perón; primero por sus opositores, y luego, orgullosamente, por sus partidarios. Los partidarios del liberalismo económico atacan a Rosas con buenas razones, mientras que rescatan su figura los partidarios de alguna manera de proteccionismo o de nacionalismo.

Lo que debe quedar claro respecto de Rosas no es tanto lo que fue, sino lo que no fue: no fue lo que contaron durante un siglo y medio sus enemigos, no fue la suma de todos los males del país.

Wikipedia.

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2.8.05

plomizo

En la salida de la estación Carlos Pellegrini de la línea B de subterráneos hay una especie de pasadizo jesuítico por debajo del Obelisco. A las mañanas –yo paso tipo 9.30- hay cosas que se repiten. Lo primero con lo que me encuentro es con un cantante callejero símil Víctor Heredia; contra lo que se puede imaginar no era insoportable: con el tiempo llegué a tenerle cierto aprecio y todo. Pero hará unos tres meses este señor de chaleco se trastocó.

Todo comenzó un día que lo sorprendí cantando “que se vengan los chicos de todas partes”. Fue el principio del fin del cariño recóndito. Conjuntamente con eso, empezó todos los días, mientras guitarrea un arpegio mántrico, a dar parrafadas de moralina: “Así es señora, señor. Las cosas por su nombre. El hombre con la mujer. La mujer con el hombre. Porque así nos hizo Dios. Dios no quiere ver al hombre con el hombre…”. O, quizás: “Hay que educar al niño. Mostrarle el camino. Uno tiene que ser el tutor del árbol para que el niño crezca derecho. Para que no nos salga torcido…”. Por estos días no hace otra cosa que eso. Y cada vez va subiendo el tono de intolerancia.

Más adelante hay una casa de ropa para usos belicistas. Un lugar para que te lustren los zapatos, con butacas, como si fuera una peluquería. Una joyería. Un kiosco. Un hippie shop de sahumerios. Y muchos negocios de comida, que, debido a la poca comunicación con la intemperie del pasadizo, siempre llenan de un vaho a fritura el ambiente, tornándolo irrespirable.

Pero este túnel se destaca en el mundo por los negocios donde se venden cosas antiquísimas. Allí se puede encontrar discos de vinilo, diarios del día de nacimiento de uno, libros ineditables, revistas viejas o reproducciones de DNI's de famosos en papel sepia, como el de Gardel en sus tres ediciones que desafían la metafísica (Buenos Aires, Toulouse o Tacuarembó).

Siempre, como nadie vende nada ahí abajo, los dueños de los negocios charlan juntos en el medio del pasillo del túnel de boludeces increíbles. Hoy, estaban discutiendo vaya a saber qué cuando uno refraneó: “Renovarse es vivir”. Fue muy simpático ver al dueño del local de las cosas viejas apersonarse, corriendo con los brazos ejemplares de Caras y Caretas del 1900 y publicidades gráficas de muñecos con alfileres en la cabeza, para contestarle: “Sencillamente, no comparto la frase”.

13.7.05

código civil

Esta mañana un hombre de negocios casi calvo leía con asombrosa lentitud el capítulo treinta del nuevo libro de Dan Brown, La conspiración. Sin tregua, mientras con una mano se agarraba la cabeza como tomándose la fiebre, escudriñaba el texto con precisión de especialista, sentado en un asiento tapizado de plush pomelo rosado; los típicos de la línea B de subterráneos. Desde Medrano hasta Carlos Pellegrini.

Más allá, lo de siempre: un sembradío de personajes inefables leyendo El código Da Vinci, del mismo autor norteamericano.

Alguno quiso dar la nota leyendo un ejemplar de Los mitos de la historia argentina 2 de Felipe Pigna; un loquito: no merece mayor desglose.

Desde que me mudé a Almagro y empecé a viajar todas las mañanas en este medio de transporte lo que más me sorprendió, en relación a los colectivos, es cuanto más leen los pasajeros de subte. Muchas cosas influirán: la clase social es más media (es mass media), el viaje es menos espasmódico y, seguramente, lo que Marilina me explicó: “Del subte cuelgan, intercalados a las argollas, ejemplares de El código Da Vinci; por si alguno se lo olvidó en la casa”, despejando mis dudas y las incógnitas de los que aún se preguntaban el porqué de esta situación incomprensible, de esta fiebre de lectores.

Pesquisando, supe de un convenio de octubre de 2004 rubricado entre Metrovías SA y la editorial Umbriel, “para fomentar la lectura en los pasajeros y así contribuir a la cultura ciudadana”, según reza el contrato en el artículo 2.

Algunas preguntas, sin embargo, siguen sin resolverse.

¿Cómo puede ser que haya gente que no lo hayan leído aún? ¿Lo estarán releyendo?

¿Por qué siguen desanudándose lentamente la corbata cuando descubren que el Santo Grial es en verdad, contra toda lógica, un hijo que Jesús y María Magdalena tuvieron y que la ex meretriz se llevó a París?

¿Les gusta realmente El código Da Vinci? ¿Qué dirán de la prosa de Dan Brown? ¿Leyeron otros libros?

Lo cierto, en todo caso, es, como también dijo Marilina: “Los ávidos lectores si se olvidan el libro, en vez de pedir fuego, les preguntan a los pasajeros contiguos si trajeron su ejemplar, o toman uno de los que están entre aro y aro; y siguen con fruición los enigmas que se esconden detrás de los cuadros del gran Leonardo”.

Yo, los días de apretuje subterráneo, aprovecho para otear las excelentes aventuras de Brown, por encima de los hombros de los falsos ejecutivos de cuentas.