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5.1.11

mordisquito reloaded, por @ciruzabalia

Bueno, mira, lo digo de una vez. Yo no lo inventé a Néstor. Te lo digo de una vez, así termino con esta pulseada de buena voluntad que estoy llevando a cabo en un afán mío de liberarte un poco de tanto macaneo. La verdad: yo no lo inventé a Néstor ni a Cristina.


Ellos nacieron como una reacción a tus malos gobiernos. Yo no lo inventé a Néstor ni a Cristina ni a su doctrina. Los trajo, en su defensa, un pueblo a quien vos y los tuyos habían enterrado en un largo camino de miseria.


Nacieron de vos, por vos y para vos. Esa es la verdad. Porque yo no lo invente a Néstor, ni a Cristina. Los trajo esta lucha salvaje de gobernar creando, los trajo la ausencia total de leyes sociales que estuvieran en consonancia con la época. Los trajo tu tremendo desprecio por las clases pobres a las que masacraste, desde el 19 y 20/12 a Puente Pueyrredon, porque pedían un mínimo respeto a su dignidad de hombres y un salario que les permitiera salvar a los suyos del hambre. Sí, del hambre y de la terrible promiscuidad de sus viviendas en las que tenían que hacinar lo mismo sus ansias que su asco.


No. Yo no lo invente a Néstor ni a Cristina. ¡Vos los creaste! Con tu intolerancia. Con tu crueldad. Con la misma crueldad aquella del candidato a presidente, ex presidente, que manejaba impunemente su Ferrari ante los ojos llenos de hambre de millones de compatriotas.


Sí, yo sé que te fastidia que te lo recuerde. Es claro, pero vamos a terminarla de una vez. Porque yo no lo invente a Néstor ni a Cristina. Los trajo la injusticia que presidía el país. Porque a fuerza de hacer un estilo de tanto desmán, termino por parecerte correcto lo más infame. Claro, a vos no te alcanzaba esa injusticia. Tendrías, como un señor que yo conocía y que iba todos los meses a cobrarlo, un puesto de periodista independiente para cubrir sus gastos, que se lo pagaban oficialmente, y un sueldo para salir en el Gran Diario Argentino. Yo me acuerdo de Papel Prensa. Y vos también. Aquella mafia siniestra que se apodero solo para aterrorizar gente y mentir a mansalva. No, si la memoria fastidia. Pero yo no lo invente a Néstor ni a Cristina. Los trajo la estulticia que manejaba el país. Mira, si vos hubieras estado en la Plaza de Mayo como yo y como tantos, en Diagonal Norte, y hubieras visto morir primero a aquellos Compañeros, luego a decenas y hubieras visto golpear a las Abuelas y las Madre por una “gloriosa” institución que nos llena de vergüenza, no hubieras formado nunca más parte de ese partido que integras por amor propio y quizás por ignorancia de tantos hechos delictuosos que son los que empezaron a preparar la llegada de Néstor y Cristina. En un país milagroso de rico, arriba y abajo del suelo, la gente muerta de hambre. Los maestros sirviendo de burla en lugar de hacer llorar porque estaban sin cobrar un año entero. ¡No! ¡Y todo vendido! ¡Y todo entregado!


Yo sé que te da rabia que te lo repitan tantas veces, pero es que entristece también pensar que no lo queres oír. El otro día en un discurso oí que decías refiriéndote a un Gobierno de 1918: “Ya por ese entonces los obreros gozaban… ¿De qué gozaban? ¡Los gozaban!, que no es lo mismo. Y sí, Mordisquito, ¡los gozaban!


La nuestra es una historia de civismo llena de desilusiones. Cualquiera fuese el color político que nos gobernó, siempre la vimos negra. Aspiramos a gozar y al final nos gozaron. ¡Todos! ¡Siempre!


Una curiosa adoración, la que vos sentís por los pajarones, hizo que el país retrocediese cien años. Porque vos tenes la mística de los pajarones y practicas su culto como una religión. Cuanto más pajarón él, más torpe y más crédulo vos. Te gusta oír hablar a la gente que no le entendes nada; la que te habla claro, te parece vulgar. Yo también entre como vos y, ¿por qué no confesarlo?, me sentía más conmovido frente a un pajarón que frente a un hombre de talento. El pajarón tiene presencia, tiene historia, larga, la que casi siempre empieza con un tatarabuelo que era pirata. Yo también me sentía dominado por los pajarones cuando era chico. Ahora, ¡no! Cuando era chico, sí. ¡Pero no ahora, Mordisquito! Sálvate de los pajarones. El fracaso, por no decir la infamia, de los pajarones fue lo que trajo como una defensa a Néstor y a Cristina. Pero no fui yo quien los inventó.


A Néstor lo trajo la injusticia y el dolor de un pueblo que se ahogaba de harina blanca y una vez tuvo que inventar un pan radical dé harina negra para no morirse de hambre. O reinventar el trueque. Tampoco te lo acordabas. ¡Ay, Mordisquito, que desmemoriado te vuelve el amor propio!


Te dejo. Con tu conciencia. ¡Néstor es tuyo! ¡Vos lo trajiste! ¡Y a Cristina también! Por tu inconducta. A mí lo único que me resta es agradecerte el bien enorme que sin querer le hiciste al país. Gracias te doy por Él y por Ella, por la patria que los esperaba para iniciar su verdadera marcha hacia el porvenir que se merece. ¡A mí ya no me la podes contar, Mordisquito! Hasta otra vez, sí. Hasta otra vez.


acá

2.7.10

mordisquito

Estoy acá con mi vieja mirando (escuchando) a Discépolo, riéndonos seguramente de la argentinidad.


10.10.08

ahora las manos se extienden no para pedir limosna, sino para saber si llueve

El periodista Pedro Ochoa, de quien ya hablé con motivo de un fascículo de Homero Manzi de la serie de ídolos populares de Clarín, se hace eco de la corriente Línea Fundadora Emo Peronista ‘Enrique Santos Discépolo’ y me manda por mail el artículo de Discepolín que coronara el tributo al arlequín de esa misma colección. Le comento a Pedro, que sí, que salió, en la contratapa, aunque no sé si editado. Pero que lo leí, lo leí. De todas maneras comparto con ustedes la generosidad de OchoaTango, una contribución más para seguir descubriendo al militante tras uno de los artistas más populares del Siglo XX, Cambalache, problemático y febril.

Mendigos
por Pedro Ochoa

esa elocuencia que las penas dan, Celedonio Flores, Pan

Como Homero Manzi, como Hugo del Carril; para Discépolo la vida y la política eran una misma cosa. Precisamente fue Manzi quien lo describió mejor que nadie a Discepolín, “te duele como propia la cicatriz ajena”, le dijo en el tango que junto con Aníbal Troilo dedicaron a su amigo Enrique.
Discépolo nació en 1901 y vivió y dejó testimonio de épocas difíciles, coronadas con la década del treinta, con sus elecciones anuladas, candidatos proscriptos y fraude electoral, desocupación y ollas populares, el pacto Roca-Runciman y su consecuencia el asesinato del senador Bordabehere en plena sesión del Congreso Nacional. Con el humor que la caracteriza, la prensa inglesa dijo del pacto Roca-Runciman que “por primera vez en los últimos setenta años los estadistas británicos han sido capaces de negociar con potencias extranjeras en un pie de igualdad”.
Cuando Discépolo escribía teatro o canciones no se mantenía ajeno a esta realidad e incluía mensajes políticos en letras como Cambalache o Qué vachaché; incluso letras más individualistas aceptan una lectura social, como Yira Yira, estrenado en septiembre de 1930, el mes de la revolución que derrocó a Yrigoyen. Viceversa, cuando hizo política lo hizo desde el punto de vista del arte. Tanto la política como el arte eran para Discépolo la celebración de la vida a través de la belleza.
Cuando hizo política, decíamos, en sus monólogos radiales del año cincuenta y uno, puso toda su sabiduría de actor y poeta: “se desató el arroyo de la dignidad recuperada y esa correntada se llevó a los mendigos, vos lo sabés; pero no se los llevó para ahogarlos, sino para bañarlos, y llegaron a la costa limpitos, peinados con raya al medio, cantando, no el huainito de la limosna, sino el chamamé de la buena digestión.”
A diferencia de Homero y de Hugo, Discépolo no tenía formación doctrinaria ni definición ideológica, pero ¡vaya si hizo política! No compuso sus monólogos con frialdad profesional; recordemos que no creó un personaje para sus charlas sino que, ya famosísimo, el narrador que declamaba por radio era el propio Discépolo. Transformando las ideas de los guionistas Abel Santa Cruz y Julio Porter hasta hacerlas suyas, Enrique Santos Discépolo, el autor de Esta noche me emborracho, increpaba directamente a cada uno de sus oyentes. Por eso su acción política era de una violencia que hoy sería inaceptable: “¿No me entendés? No me extraña, porque cuando vos no querés entender a vos los pensamientos te rebotan en la cabeza como el jején en el tubo de la lámpara (…) ¡Sé honrado! No me digás que ves mendigos; porque, si los ves, es que me la querés contar, y a mí, no me la vas a contar.” Y cuando, casi promediando el ciclo, empezó a llamar Mordisquito a su interlocutor, no tomó el nombre de su fantasía sino de la firma de una carta que, hasta donde sabemos, realmente le habían enviado. En sus charlas había recursos de elocuencia e histrionismo, sí; pero no ficción.
El objetivo y la justificación de la violencia de su discurso era celebrar la vida: “¿Y ahora los ves? Decime… ¿los ves? ¡Claro que no los ves! ¿Y eso no te conmueve? ¿O es que los extrañás? Porque si los extrañás, ¡estás frito! Ahora las manos se extienden no para pedir limosna, sino para saber si llueve, para ordeñar la vaca llena de leche o el racimo lleno de clarete reserva”. Y siempre haciendo política a través de la belleza: nunca se había visto ni se volvería a ver propaganda política de tanta calidad.
Hoy que los mendigos volvieron a desalojar a los novios de los umbrales y los vemos “famélicos y decepcionados, con la cabeza como un paquete de pelo y debajo del pelo la dignidad en derrota”, el mensaje de Discépolo sigue vigente.

No sé por qué se me ocurre que hoy Mordisquito bien podría ser Ernestito, ya que fue a Florencio Varela y conoció la pobreza y ahora nos la cuenta asombrado. Ay ay ay. Es lo que dice el ya recordado Nicolás Casullo, que catanpeisteo de catanpeist, “el país está viviendo una de las épocas de menor sabiduría, donde amplios sectores medios, sectores culturales, podríamos decir intelectuales, profesionales, viven en una de las épocas de menor sabiduría que yo conozco en mis sesenta años de vida.”

Ernesto Mordisquito, teléfono...

9.10.08

Discepolín, sos el primer emo peronista



Emo

Lo que hace falta es empacar mucha moneda, vender el alma, rifar el corazón, tirar la poca decencia que te queda, plata, plata y plata, y plata otra vez. Así es posible que morfés todos los días, tengas amigos, casa, nombre, lo que quieras vos. El verdadero amor se ahogó en la sopa; la Panza es Reina y el Dinero es Dios. / La indiferencia del mundo, que es sordo y es mudo, recién sentirás. / Pero un frío cruel que es peor que el odio, punto muerto de las almas, tumba horrenda de mi amor, maldijo para siempre y me robo toda ilusión / Dentro de mí mismo me he perdido, ciego de llorar una ilusión. ¡Soy una pregunta empecinada, que grita su dolor y tu traición! / Cuando estén secas las pilas de todos los timbres que vos apretás. / Fiera venganza la del tiempo que le hace ver deshecho lo que uno amó. / ¿Qué no hay ninguna verdad que se resista frente a dos pesos moneda nacional? ¡Vos resultás, haciendo el moralista, un disfrazao sin Carnaval! / Sufre y se destroza hasta entender, que uno se ha quedao sin corazón. / Nací a las penas, bebí mis años, y me entregué sin luchar. / El recuerdo que tendrás de mí será horroroso. / Déjame que llore como aquel que sufre en vida la tortura de llorar su propia muerte. / Vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos. / Vacío ya de amar y de llorar tanta traición. / Sólo sé que la miseria cruel que te ofrecí me justifica, al verte echa una reina. / Y esta noche me mamo bien mamao, pa' no pensar. / Si yo pudiera como ayer querer sin presentir. / Cuando manyes que a tu lado se prueban la ropa que vas a dejar. / Por ser bueno, me pusiste en la miseria, me dejaste en la palmera, me afanaste hasta el color. / ¡Sol de mi vida! Fui un fracasao, y en mi caída busqué echarte a un lao. / ¿Porqué me enseñaron a amar, si es volcar sin sentido los sueños al mar? Si el amor, es un viejo enemigo y enciende castigos y enseña a llorar. Yo pregunto: ¿Por qué? ¡Sí! ¿Por qué me enseñaron a amar, si al amarte mataba mi amor? Burla atroz de dar todo por nada y al fin de un adiós, despertar ¡llorando!

Peronista

Mordisquito ¿A mí me la vas a contar? Bueno, mirá, lo digo de una vez. Yo no lo inventé a Perón. Te lo digo de una vez, así termino con esta pulseada de buena voluntad que estoy llevando a cabo en un afán mío de liberarte un poco de tanto macaneo. La verdad: yo no lo inventé a Perón, ni a Eva Perón, la milagrosa. Ellos nacieron como una reacción a los malos gobiernos. Yo no lo inventé a Perón ni a Eva Perón ni a su doctrina. Los trajo, en su defensa, un pueblo a quien vos y los tuyos habían enterrado de un largo camino de miseria.

Nacieron de vos, por vos y para vos. Esa es la verdad. Porque yo no lo inventé a Perón, ni a Eva Perón. Los trajo esta lucha salvaje de gobernar creando miseria, los trajo la ausencia total de leyes sociales que estuvieran en consonancia con la época. Los trajo tu tremendo desprecio por la clases pobres a las que masacraste, desde Santa Cruz hasta lo de Vasena [se refiere a la Patagonia Rebelde y a la Semana Trágica], porque pedía un mínimo respeto a su dignidad de hombres y un salario que los permitiera salvar a los suyos del hambre. Sí, el hambre y de la terrible promiscuidad de sus viviendas en las que tenían que hacinar lo mismo sus ansias que su asco....No. Yo no lo inventé a Perón ni a Eva Perón. ¡Vos los creaste! Con tu intolerancia. Con tu crueldad. Con la misma crueldad aquella del candidato a presidente que mataba peones en su ingenio porque le pisaban un poco fuerte las piedritas del camino a la hora de la siesta [se refiere a Robustiano Patrón Costas, cuya postulación en la fórmula con Ramón Castillo se malogró con el golpe del 4 de junio de 1943].

Sí, yo sé que te fastidia que te lo recuerde. Es claro, pero vamos a terminarla de una vez. Porque yo no lo inventé a Perón ni a Eva Perón. Los trajo la injusticia que presidía el país. Porque a fuerza de hacer un estilo de tanto desmán, terminó por parecerte correcto lo más infame. Claro, a vos no te alcanzaba esa injusticia. Tendrías, como un señor que yo conocía y que iba todos los meses a cobrarlo, un puesto de ama de cría para cubrir sus gastos, que se lo pagaban oficialmente, y un sueldo para salir con el clan. Yo me acuerdo del clan. Y vos también. Aquella mafia siniestra que salía sólo para aterrorizar gente y mataba una vez a gomazos, otra vez a tiros y a veces con el camión para hacerlo más divertido. No, si la memoria fastidia. Pero yo no lo inventé a Perón ni a Eva Perón. Los trajo la estulticia que manejaba el país. Mirá, si vos hubieras estado en la Semana Trágica como yo y como tantos, en Cochabamba y Barcala, y hubieras visto morir primero a aquellos cinco, luego a cientos, y hubieras visto masacrar judíos por una "gloriosa" institución que nos llenó de vergüenza, no hubieras formado nunca más parte de ese partido que integrás por amor propio y quizá por ignorancia de tantos hechos delictuosos que son los que empezaron a preparar la llegada de Perón y Eva Perón. En un país milagroso de rico, arriba y abajo del suelo, la gente muerta de hambre. Los maestros sirviendo de burla en lugar de hacer llorar porque estaban sin cobrar un año entero. ¡No! ¡Y todo vendido! ¡Y todo entregado! Yo sé que te da rabia que te lo repitan tantas veces, pero es que entristece también pensar que no lo querés oír. El otro día, en un discurso oí que decías refiriéndote a un gobierno de 1918: "Ya por ese entonces los obreros gozaban".

¿De qué gozaban? ¡Los gozaban!, que no es lo mismo. Y, sí, Mordisquito, ¡los gozaban! La nuestra es una historia de civismo llena de desilusiones. Cualquiera fuese el color político que nos gobernó, siempre la vimos negra. Aspiramos a gozar y al final nos gozaron. ¡Todos! ¡Siempre! Una curiosa adoración, la que vos sentís por los pajarones, hizo que el país retrocediese cien años. Porque vos tenés la mística de los pajarones y practicás su culto como una religión. Cuanto más pajarón él, más torpe y más crédulo vos. Te gusta oír hablar a la gente que no le entendés nada; la que te habla claro te parece vulgar. Yo también entré como vos y, ¿por qué no confesarlo?, me sentía más conmovido frente a un pajarón que frente a un hombre de talento. El pajarón tiene presencia, tiene historia larga, la que casi siempre empieza con un tatarabuelo que era pirata. Yo también me sentía dominado por los pajarones cuando era chico. Ahora, ¡no! Cuando era chico, sí. ¡Pero no ahora, Mordisquito! Salvate de los pajarones. El fracaso -por no decir la infamia- de los pajarones fue lo que trajo como una defensa a Perón y Eva Perón. Pero no fui yo quien los inventó. A Perón lo trajo el fraude, la injusticia y el dolor de un pueblo que se ahogaba de harina blanca y una vez tuvo que inventar un pan radical de harina negra para no morirse de hambre. Tampoco te lo acordabas. ¡Ay, Mordisquito, qué desmemoriado te vuelve el amor propio!

Te dejo. Con tu conciencia. ¡Perón es tuyo! ¡Vos lo trajiste! ¡Y a Eva Perón también! Por tu inconducta. A mí lo único que me resta es agradecerte el bien enorme que sin querer le hiciste al país. Gracias te doy por él y por ella, por la patria que los esperaba para iniciar su verdadera marcha hacia el porvenir que se merece.

¡A mí ya no me la podés contar, Mordisquito!

La etapa emo son tangos de Discepolín.

La Peronista, un texto de Discépolo que le robé al compañero Goliardo.

El paso de emo a peronista, o la síntesis, intenté contarla acá, a quien le interese, a Walter le gustó.

La idea de Discépolo como el primer emo peronista, es de Sebastián, amigo de Sirinivasa.

La ilustración del amigo peronista Max Aguirre, grosso como pocos, infiltrado en las filas gorilas de La Nación, con un masterplan secreto.

27.8.08

¡Pronto, Madre de Dios!

No entiendo cómo Sofovich pretende que le reconozcan su genio humorístico cuando anda siempre de mal genio: quien no se ríe nunca difícilmente sepa cómo hacer reír. No entiendo tampoco cómo deciden relacionar a la China con una Fanta y, a ese fin, ponerle gusto a Melón. Cómo Morales Solá, no entiendo, propone mesura política siendo que apoyó a Bussi en la larga noche tucumana. De la misma manera que tampoco entiendo cómo un tipo amargo como no hay dos, Tomás Abraham, y no otro, porque no hay dos, ya lo dije, se queja, en la tele, con su peor cara de culo, de la falta de programas humorísticos en la tele.

Pero lo que me ocupa en esta oportunidad no es lo que no entiendo desde la lógica sino una cosa que es impreciso entender: la fe. Porque la fe anula el entendimiento ya que su fortaleza anida en la negación de la razón como tal. Entonces no es cuestión de andar queriendo entender lo que entender non da. Pero convengamos que la onegé más poderosa del mundo, la Iglesia Católica, que hasta un estado nación ya tiene, te puede poner y sacar santos y demás divinidades como se le antoje de acuerdo a su cada vez más flojito laburo de base. Entonces uno entiende que por más que no crea en Dios quizás sí existió, hace casi dos milenios, Jesús. Sí existió Napoleón o Nerón o Juana Azurduy, ¿por qué no concebir la idea de que Juan El Bautista haya sido un tipo reputado en los territorios que hoy se dirimen no sin paciencia palestinos e israelíes? Y entonces se termina aceptando, forzando las cosas, la existencia de Abraham, no Tomás, y, por qué no, de Moisés, Ikonicoff, también, que realmente existe, aún. Con algo de esfuerzo te aceptás que ciertas figuras emblemáticas, como el traidor de Judas o la abnegada de María Magdalena, no sólo existieron físicamente sino que además actuaron con rasgos de personalidad similares a la de los paradigmas que las trascienden. Pero aunque mistificadas, aumentadas y corregidas sus historias están, las historias están: hay un escriba, un notario, un historiador que reafirma las existencias difusas de estos grandes hombres y mujeres de la historia.

Lo que me llama mucho la atención, y ahora si tratando de entender, no la fe, sino el mito, es la popularidad de una divinidad no inflamada. Porque a Pedro lo infla la iglesia como padre de la misma, y no conocemos un sólo admirador de este santo fundacional, por caso. Nadie dice, ‘Ah, para mí San Pedro les pasa el trapo a todos esos santitos de feria’. Pedro se fosilizó en su rol de encargado del paraíso -no le gusta que le digan portero del cielo-. La figura del Papa, beatífica desde su elección misma, sólo hizo trascender felizmente -siendo generosos- a tres Sumos Pontífices de los más de 400 que ya encabezaron la cúpula de la Iglesia; entre ellos, el anteúltimo, Juan Pablo, Segundo. La virgen sí, como feliz comunión de la deidad consagrada tanto por las cúpulas y como por las bases de la organización, nos hace sospechar de una María en la Puerta de Hierro del Medio Oriente, diciéndole a cada facción proscripta lo que querían escuchar, ‘lo importante es el movimiento’, ‘si llego con los buenos llego con muy pocos’, ‘para eso inventamos el sacramento de la Reconciliación’. El pragmatismo peronista de María estuvo siempre fuera de todo análisis.

Pero el tema son los santos.

Santos que el pueblo creyente elige de la oferta existente y eleva a semidios como Cayetano, San, hay muy pocos. La mayoría de los ídolos populares son, digamos, inventos de la gente.

Descartando a los nombrados Cayetano y María, madre de Dios, ya sea su apellido Luján, San Nicolás o Desatanudos, sin lugar a dudas los santos más venerados en nuestros asolados parajes no son considerados por los claustros del poder como tales: se destacan El Gauchito Gil, Gilda, La Difunta Correa o Evita, Santa. (Hace poco le dieron al menos querido de nuestros protosantos, Ceferino Namuncurá, el postergado escalafón de divinidad, otro error de diagnóstico espiritual sobre el pueblo religioso. Pregúntemele a un pastor brasileño sino.)

Pero el santo trasnacional más increíble, por lo popular, no por lo que se le cree en términos de fe, es sin lugar a dudas San Expedito, un tipo al que sí lo reconocen medianamente los centros concentrados del poder celestial y lo eligen en los más diversos campos del poder territorial de la iglesia romana, en Sicilia o en Ensenada. Estamos hablando del caso inverso, el tipo es santo y popular, la iglesia lo reconoce a penas, pero el tipo no dejó rastros de su existencia, de su lugar en el mundo, de su paso terrenal hacia el destino celestial de los elegidos.

Tanto es así que hay al menos tres historias que cuentan a medias el cómo llego a ser un santo este Expedito, de nombre. Y de las historias ternadas, sólo una hace mención difusa a su pasado mundano. Las otras dos otorgan la divinidad por error, como un cajoneo burocrático en las oficinas de Dios. Llega una encomienda a tal monasterio, a tal seminario, con la expresión Expedito, que significa rápido, se sabe, y las monjas enajenadas de las cosas del día a día desconocen hasta el argot propio del universo postal, y le encomiendan, valga la chanza, a este Expedito su don de santo, Damián. De acuerdo a este involuntario equivoco, que no se llega a entender del todo cómo fue, los avatares de la historia nos privaron, por pura casualidad, de no contar en nuestro panteón popular con San Frágil o con la Sagrada Virgen de la Entrega Contra Reembolso.

Wikipedia, como una novela policial de mala prosa, reduce su biografía a esto: San Expedito es un santo católico. Nada se sabe de su vida. Es la antibiografía del santo de los milagros urgentes. Y quizás en esto radique su éxito. Quizás no, ¡en esto radica su holy celebrity! Voy al punto. Si San Expedito se llamase San Letargo los únicos que lo adorarían serían los relojeros, los becados por el Conicet y los pentatlonistas. En mundos realmente espirituales la variable entre efectividad y divinidad sería de ajuste. Nadie que realmente crea en alguien o algo, lo hace en función de su rapidez. Si le pedimos a San Expedito que ayude a descubrir la vacuna para el sida vamos mal. Su real inutilidad como fast santo quedaría en evidencia. ‘San Expedito que no llueva’, ‘que salga bien la vieja de la angioplastia’, ‘que la nena llegue bien a Mar del Tuyú’; esos son los milagros posibles que San Expedito viene usufructuando desde su silencio de siglos. Si en San Expedito depositamos la necesidad de paz en los Balcanes, un gobierno progresista en China o un pronto acuerdo de la Mesa de Enlace con la Secretaría de Agricultura, podemos sentarnos a ver caer el prestigio del muchacho, de la misma manera que se espera ver pasar el cadáver del enemigo, o el 80 a las 3 de la mañana, con paciencia, la paciencia que a Expedito le falta: para él es todo ya.

Muy estresado estás Expedito, bajá, manzana, te vas a morir de vuelta.

De todas maneras, lo más incomprensible no es tener fe, ni creer en lar vírgenes, los santos, los santos populares o inventados por la gente sencilla. Lo más raro de todo es que creer que San Expedito lee Clarín.

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25.4.08

acquaforte militari

Aguafuertes Castrenses no tiene ningún sentido. Como nombre y como blog. Pero el nombre además es malo. Y encima se presta a confusión, por ejemplo, con este afán mío de postear sin editorializar meto una tapa de la revista Cabildo y me linkean desde un portal filonazi. Hasta que se dan cuenta pasa un montón de tiempo y por largos meses fue la página que más visitas me remitió. Creo que se llamaba La Cruz y La Espada, o algo así. El nombre del blog no me gusta, lo reconozco, por más que tenga un punch, un sucudum, un opa opa. Así que estoy en plan de cambiarle el nombre, en estos días. En eso me andaba y tratando de buscar otro idioma que reemplace al castellano como formula sencilla para desvirtuar el significante sin modificar esencialmente el nombre, en italiano, me arrojó: Acquaforte Militari.

No está mal, pero no me convence tampoco. Mientras sigo pensando qué nombre ponerle, entonces, me despacho con un análisis de la emérita Acquaforte, un tango de 1931 con letra de Juan Carlos Marambio Catán y música de Horacio Pettorossi.

Acquaforte es un tango notable por varios motivos. Yo lo tengo interpretado por Agustín Magaldi, quien fuera competidor con Carlos Gardel por el premio al cantante más popular de aquellos lejanos años 30. Ganó Gardel queda claro, esa competencia. Los años 30 son esencialmente otros años, porque todavía el peronismo no era, ni había sido. Para cuando esta canción surgió Perón cumplía 36 años apenas y Evita festejaba los 12 en Los Toldos, pueblo del interior antes de Perón, con lo que eso significa, sino vean La Hora de los Hornos, de Pino Solanas. De cualquier manera cuando la compañera Eva Duarte pone patas en Retiro, se agacha a apoyar las maletas y mira toda la ciudad como proponiéndose cambiarla rápido, porque no le quedan muchos años de vida, se toma antes la molestia de pasear su histrionismo por las broadcastings de moda. Desde allí, en uno de sus primeros amoríos públicos, envuelve precisamente al bueno de Agustín: la primera de sus víctimas populares. Dato que sólo sirve a efectos ilustrativos.

Magaldi tiene un registro muy gardeliano, en el sentido que se notan los vibratos de la arcaica grabación más un vibrato sensiblón y sentido debido a la interpretación.

José Pablo Feinamann entre estos 3 millones de caracteres que lleva escritos sobre el Peronismo, en la monumental revisión que hace desde Página/12 del partido popular más importante de la historia de América Latina, se toma un parate necesario en la figura protoperonista de Enrique Santos Discépolo. Compara -no sólo en ese fascículo, también en su novela La Sombra de Heidegger- al filósofo alemán con Discépolo. Sindica la figura de Discepolín como la del filósofo del peronismo, y, claro, equipara su alcance al trabajo intelectual que el amante de Arendt le imprimió al nacionalsocialismo de la Alemania por aquellos mismos años. Es fundamental y llamativo el giro del poeta. Pasa de ser el cronista lúcido del existencialismo urbano y de la desesperanza acerca del hombre a, cuando Perón y Eva llegan al poder allá por 1944, a interpretar a Mordisquito, un ocurrente bravucón radial que defendía al General a capa y espada como un canillita de la esperanza y la fe en el futuro de la humanidad. Eso le valdrá un descrédito agresivo de gran parte de la oligarquía en aquellos años de furia antipopular. Feinmann entra a jugar la figura de otro alabado de Natanael desde este blog, el fantástico Homero Manzi, quien renegaba de que el tango ya no es lo que era. José Pablo le pega, le dice, qué querés, querés que el tango vuelva a contar las penurias de una barriada sin calles, donde los ranchos tenían vinchucas, no había futuro, y la única manera de ascender socialmente era la milicia para los hombres y la prostitución para las minas, eh, Homero, vos sos inteligente, y te amamos, y sos tan sensible, no me podés decir eso. Aprendé de Discepolín que fue el mejor de los nuestros en narrar el no future y hoy lo vemos de Arlequín llevando la buena noticia. El mismo no tiene ganas de que el tango vuelva a ser lo que era, y si alguien sabía lucrar con ese knock how era él, vamos, no te gorilices, que ni acuñado ese neologismo está. Discepolín quiere ver mejor al pueblo, quiere la seguridad social, las vacaciones pagas, el aguinaldo, que los hijos de los nadies vayan a la universidad, que coman 4 veces como los ricos, queré lo mismo, Homero.

Algunos años antes de ese maravilloso 1944, 13 años, 1931, se estrenaba Acquaforte. Y su letra es una pintura berniana de lo que era la pobreza en la Argentina. Muy de la escuela discepoliana antes de Perón, compartámosla.

Es media noche, el cabaret despierta, / muchas mujeres, flores y champagne. / Va a comenzar la eterna y triste fiesta / de los que viven al ritmo de un gotán. / Cuarenta años de vida me encadenan, / blanca la testa, viejo el corazón, / hoy puedo ya mirar con mucha pena / lo que en otros tiempos miré con ilusión. / Las pobres milongas, / dopadas de besos, / me miran extrañas, / con curiosidad. / Ya no me conocen, / estoy solo y viejo, / no hay luz en mis ojos, / la vida se va. / Un viejo verde que gasta su dinero / emborrachando a Lulú con su champagne, / hoy le negó el aumento a un pobre obrero / que le pidió un pedazo más de pan. / Aquella pobre mujer que vende flores / y fue en mi tiempo la reina de Montmartre / me ofrece con sonrisa unas violetas / para que alegren, tal vez, mi soledad. / Y pienso en la vida / las madres que sufren, / los hijos que vagan / sin techo, sin pan. / Vendiendo La Prensa, / ganando dos guitas. / ¡Qué triste es todo esto! / ¡Quisiera llorar!

Por eso Discépolo se hizo peronista, para que los hijos de las madres no anden vendiendo, justo, La Prensa, además, y por dos guitas, mientras un viejo verde emborracha a Lulú con champán, con la plata que le negó a un pobre obrero, que le pidió un aumento, para comprar un poco más de pan.

Quería decirlo.